Era ya el mediodía, y el sol se alzaba en su cenit, bañando el mundo de los dragones con su luz dorada. En la majestuosa montaña del Alfa, las criaturas aladas se congregaban, rindiendo homenaje a Orefiyet, el futuro señor de las alturas. Draiker, con su imponente figura, transportaba a Oreyet oculto entre sus fauces. Aprovechando la distracción del asombroso espectáculo, se deslizó hacia la cueva que le servía de refugio y, con un gesto de ternura, lo depositó en su interior. No se atrevió a mirarlo; en su mente, un torbellino de pensamientos y emociones se entrelazaba, pero por el momento, no había necesidad de verbalizarlos.
Con el paso del tiempo, Oreyet despertó, confuso, sus ojos se adaptaron a la oscuridad de la cueva mientras buscaba respuestas sobre cómo había llegado hasta allí. Su padre, en un giro inesperado, no lo había abandonado, como era su costumbre. ¿Por qué lo había recogido? La pregunta resonaba en su mente como un eco incesante, y la única respuesta que podía concebir era que lo había hecho para humillarlo aún más. Así, el resentimiento comenzó a consumirlo, llenando su corazón de ira y autodesprecio por haber fracasado.
Con desesperación, Oreyet golpeó su cabeza contra el suelo, intentando ahuyentar los horribles pensamientos que lo asediaban. La rabia que ardía en su interior se manifestaba en su estómago, revuelto y agitado, como si deseara liberarse de la tormenta que lo consumía. El fuego interno crecía, lacerando su pecho, y ya no pudo contenerse más. Con un rugido desgarrador, comenzó a incinerar la cueva, dejando escapar las llamas que brotaban de su ser. Durante varios minutos, el fuego devoró todo a su alrededor, hasta que, exhausto, se vio obligado a expulsar lo que había comido, el vómito manando de su ser como una representación de su desdicha. Sin embargo, la rabia persistía, y, en un frenesí, se mordió las colas hasta desgarrarlas, buscando una liberación que nunca llegaba. ¿Cómo deshacerse de esos sentimientos tan intensos, pero tan confusos? ¿Cómo llorar si ni siquiera sabía cómo hacerlo?
Con el festín ya concluido, los dragones regresaban a sus respectivas moradas en las montañas distantes. Pronto, el cielo comenzaría a llorar, al igual que el interior de Oreyet, que, lentamente, se acercó a la cueva de su padre. Se detuvo en la entrada, sin saber qué palabras pronunciar si Orefiyet estaba dentro. De repente, dio media vuelta y salió corriendo.
—¡Oreyet! —gritó una voz profunda que resonó desde el interior de la cueva. Lentamente, Oreyet se volvió, y allí estaba su padre, acercándose con paso firme. Ambos se encontraron frente a frente, y Oreyet, avergonzado, bajó la mirada. Finalmente, las palabras que brotaron de su boca fueron un eco de su dolor.
—Lamento no traerte el honor que prometí, padre —murmuró, su voz temblando de vergüenza.
Draiker no respondió, solo lo tomó del cuello y lo alzó, como lo hacía cuando era un cachorro. Oreyet no luchó, no protestó, y no se preocupó por adónde lo llevaba. Volaron juntos a través del vasto cielo, hasta llegar al rincón más oscuro y remoto del mundo de los dragones. Al aterrizar suavemente en un prado seco, Oreyet sintió una inquietud creciente en su interior. Sin embargo, antes de que pudiera formular una pregunta, una figura se acercó: era Orefiyet, quien los aguardaba.
—¿Qué hace aquí el perdedor? —se burló Orefiyet, acercándose con desdén.
—Grrr —gruñó Oreyet, pero su padre los separó con un movimiento firme.
—Basta. Esta noche no quiero peleas —dijo Draiker, desgarrándose una parte de su áspera piel y untando su sangre en Oreyet, sanando todas sus heridas.
Los tres dragones caminaron en silencio por el hermoso campo de capullos de flores, sin pronunciar una sola palabra. Se sentaron juntos, contemplando la luna llena que iluminaba el paisaje, hasta que Draiker rompió el silencio.
—Nuestra unión es más que la sangre que corre por nuestras venas —dijo, mientras con sus colas movía las flores, liberando su polen. Con un gesto protector, cubrió a Oreyet y Orefiyet con sus alas, asegurándose de que el polen no escapara de adentro donde estaban ellos, y así, los dos cayeran en un profundo sueño.
Al despertar, Oreyet y Orefiyet se encontraron en el mundo de los hombres, y un susurro en el viento resonó en aquella pequeña isla, proclamando:
—Solo uno de ustedes volverá, solo el más digno regresará. El que lleve la sangre de su hermano en sus patas, solo él entrará y podrá enfrentarme para ser el único alfa.