Oreyet y Orefiyet

Capitulo 42 - Cuando el fuego y el hielo se encontraron

En soledad quedaron los dos herederos, Oreyet y Orefiyet. Nada poseían, salvo el aire que respiraban, y aun este parecía ajeno a ellos. Permanecieron un tiempo en silencio, contemplando un paisaje extraño y sin nombre, como si la tierra misma hubiera olvidado a sus hijos.

Fue entonces que Orefiyet se detuvo, inmóvil como estatua antigua, pues la verdad ya se había deslizado en su mente. Oreyet, en cambio, vagaba con la mirada, escudriñando cada rincón y llamando con voz creciente el nombre de su padre.

—¡Calla! —tronó Orefiyet, con un rugido seco.

—¿Qué sucede, hermano? —preguntó Oreyet, con inquietud—. ¿Cómo puedes mantenerte tan sereno? ¿Qué sabes que yo ignoro?

—No está del todo claro... —respondió Orefiyet, hastiado—. Mas lo cierto es que nos ha expulsado. Nos ha abandonado.

—¿Abandonado? ¿Por qué? ¿Qué pretende?

—Porque así es la tradición de los Alfarremkay —dijo, con amargura—. Cuando las crías crecen, el Alfa las destierra. Está en nuestra sangre buscar un dominio propio, y eso amenaza al señorío del Alfa, que todo lo quiere para sí.

—Pero yo no reclamo nada... No deseo tierras ni reino alguno.

—Ja... y sin embargo crecerías, y tu sombra se proyectaría sobre su corona.

—Pero...

—¡Basta! —cortó Orefiyet, con voz grave—. No escucharé más tus lamentos. Avanzaremos hacia el mar...

TIEMPO PRESENTE:

Oreyet aún se resistía a creerlo, aunque en lo más profundo de su ser ya lo había presentido. Algo en su carne, en sus huesos, sabía la verdad desde antes de oírla. Mas aquella amarga reflexión fue quebrada por una voz que descendió sobre ellos como trueno sobre valle:

—¿Por qué no le muestras lo demás...?

—¿Quién eres? —clamó Oreyet, exigiendo que el intruso se mostrara.

De entre las sombras emergió entonces una figura espectral. No era bestia ni hombre, sino un espíritu, uno de los antiguos que caminaron por el mundo cuando este aún era joven. Los dragones lo conocían como uno de los primeros de su estirpe, tan viejo como la misma raza Alfarremkay: el Guardián del Alma, señor del orden invisible de los espíritus de los mortales.

—Viejo dragón... ¿por qué apareces ahora, sin anuncio? —preguntó Oreyet.

—He venido a saludar al nuevo Alfa: el gran Oreyet, hijo de Draiker el Piadoso.

—¿Piadoso? —escupió Oreyet—. Ese monstruo no era distinto a mí.

—Lo comprenderás en su momento. Ahora lo importante es mostrarte la verdad.

—¿Qué verdad? ¿Y por qué habrías de decírmela? ¿Qué ganas tú con ello?

—Gano el impedir que brujo o hechicero alguno se alce sobre todos otra vez.

—¿Brujo? ¿Hechicero? Hablas de Kamir, ¿verdad?

—Ella te mintió. Te arrancó recuerdos y puso otros en su lugar. Si Orefiyet no quiere mostrarte lo que fue, yo lo haré. Y además... te revelaré lo que Draiker prometió a Kamir a cambio de traicionarte.

El corazón de Oreyet se mantuvo firme, su rostro no mostró temor ni flaqueza, mas la curiosidad lo mordía como fiera hambrienta. Entonces notó algo: el hizarry ya no pendía en su sitio. El viejo dragón, sin más palabras, lo envolvió con sus colas, y de su cuerpo brotaron púas que se hundieron en la cabeza de Oreyet. Una tela hecha de luz de almas le cubrió los ojos, y en ella comenzó a ver lo que jamás había visto.

PASADO

El tiempo retrocedió hasta aquel instante en que Oreyet y Orefiyet disputaban. Allí estaba Orefiyet, con Kimiri a su lado —a quien ya había nombrado su amo—, intentando convencer a Oreyet de unirse a ellos.

—Hermano... —dijo Orefiyet, con dolor—. Sabía que padre me despreciaba, pero no esperaba eso de ti.

—Acabemos con él ahora —intervino Kimiri, impaciente.

—¡Espera! —replicó Orefiyet—. Es mi hermano; juré protegerlo. Oreyet, ven con nosotros. Kimiri te dará un hogar; ya no vagarás sin tierra. Formarás parte de algo mayor...

—¡No! —rugió Oreyet—. Me niego a servir a nadie. Olvida que soy tu hermano. Olvídame para siempre. No volveremos a vernos, pero te juro que el día que regrese será para reclamar el título de Alfa... y matarte.

—Ya lo veremos —dijo Orefiyet, abalanzándose, aunque sin la voluntad real de herirlo.

Pero Oreyet sí la tenía. Con un golpe rápido atrapó el cuello de su hermano entre sus fauces, cerrando con fuerza mortal. Orefiyet luchó, retorciéndose, hasta que Kimiri tuvo que intervenir sintiendo parte de su dolor que lo forzó a usar su magia. Grandes ramas surgieron, extrayendo el agua de su interior para formar una burbuja alrededor de la cabeza de Oreyet, mientras otras perforaban sus ojos para llenarlos de agua.

Oreyet, cegado y ahogándose, soltó la presa. Retrocedió a ciegas, sin notar el precipicio. Y así cayó, golpeado por las rocas del río.

—¡Oreyet! —gritó Orefiyet, desesperado.

—No —dijo Kimiri, con voz fría—. Quiere matarte para tomar tu lugar. Debemos prepararte. Es más grande y fuerte que tú.

Orefiyet dudó, pero Kimiri posó una mano sobre su hocico y otra sobre su frente. El hizarry le atravesó, derramando sangre y cerrando heridas al instante, mientras el sueño lo vencía.

Muy lejos, el río arrastraba el cuerpo destrozado de Oreyet. La sangre corría de su cráneo abierto, y apenas respiraba. Fue a dar a un campo de flores, donde cayó exhausto. Allí, una masa descomunal cayó sobre él, destrozando lo que quedaba de su cuerpo y arrancándole todo recuerdo de su hermano.

A la orilla de una cascada lo halló Kamir, quien lo sanó y sembró en él recuerdos nuevos.

Pero el viejo dragón llevó su visión aún más atrás, hasta el día en que Kamir vio por primera vez a Draiker

El recuerdo prosiguió...

Kamir estaba sola, o al menos eso creía. La niebla en aquel paraje era densa como muro, y el rumor de una cascada cercana era el único sonido que rompía el silencio. Entonces, de entre las sombras, surgió una figura colosal: un dragón cuya piel parecía forjada en la noche y cuyos ojos ardían con un fulgor primitivo.




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