Habían transcurrido muchos días desde que Oreyet se encerró en la soledad de su montaña sombría. Kamir acudía a verle de cuando en cuando, mas siempre era despedida con excusas, como si un velo invisible apartase sus pasos de los de él.
—Oreyet, ¿qué es lo que te acontece? —preguntábale ella, con voz llena de anhelo.
—Nada, en lo absoluto —respondía él, indiferente, oculto tras su muralla de silencio.
El tiempo se hizo largo para Kamir. La vastedad del paisaje era ahora su única compañía. A veces jugaba con los cachorros o velaba por los hijos de Orefiyet; mas su corazón clamaba por la bulliciosa presencia de Oreyet, antaño tan cercano y ahora como un extraño.
«No entiendo qué es lo que sucede», se repetía en sus pensamientos. «Antes, siquiera venías a saludarme; ahora finges dormir para no mirarme». En su mente también moraba, día tras día, la imagen de Morel. Preguntábase sin descanso cómo estaría su hermano, pues habían pasado jornadas enteras desde que pidiera a Oreyet el permiso de verle. Hoy, como en los diez días anteriores, encaminó sus pasos a la montaña para suplicar una vez más:
—¿Puedes llevarme a ver a Morel por un solo día?
Sabía ya cuál sería la respuesta: «Estoy cansado, voy a dormir». Mas su terquedad era firme como roca, y Oreyet conocía bien aquella necedad que, tarde o temprano, acabaría doblegando hasta la más dura resistencia.
—¡Su majestad! —clamó con alegre voz—. He venido a suplicarle lo mismo que en los últimos diez días: ¡déjeme ir a ver a...!
—Sí —dijo él, cortante.
Un rayo de júbilo iluminó el rostro de Kamir.
—¿En serio? —sonrió, incrédula.
—Mas antes —replicó Oreyet, grave—, debes saber que no lo hallarás como antes, pues el tiempo no pasa en vano.
—¿De qué hablas? Han sido sólo diez días desde la última vez que lo viste.
Entonces rió él con amargura, como quien contempla un secreto oscuro.
—Diez días han sido aquí... mas allá han transcurrido diez años.
El asombro estremeció a Kamir.
—¡Eso es imposible!
—Toma esto, y calma tu espíritu —dijo, tendiéndole la flor de una planta extraña.
—¡No! ¡No quiero! ¡Dime que esto es una burla!
—Cómetela y entonces lo sabrás.
La terquedad de Oreyet era tan férrea como la suya, y Kamir lo sabía bien. Sin más protesta, arrebató la flor y la tragó de un bocado.
—Escucha con atención —dijo él, con voz sombría—. Hace diez días descubrí el pacto que sellaste con Draiker. Hace diez días supe que guardas algo en tu poder que no te pertenece, un collar que no es de tu padre sino de tu madre.
—Te equivocas, eso sí me pertenece.
—Entonces, ¿no niegas todo?
—No, mas déjame explicarlo...
—¿Explicarlo? ¡Me mentiste, Kamir! Mis recuerdos, los torciste con engaños, para que yo diera muerte a Draiker.
—¡Él lo deseaba! Era su destino, y nada podía cambiarlo. Si tú no lo hubieras hecho, los hijos de Orefiyet lo habrían cumplido. Pero ahora que eres Alfa, ese destino puede tornarse en otro...
—¡Calla! —rugió Oreyet—. No lo hiciste por mí, sino por ti. Siempre temiste que mis palabras se cumplieran, que acabara contigo como lo dije desde el inicio.
—¡Sí, lo temía! Tenía miedo, mucho miedo. Pero Draiker sabía que moriría: sólo adelantó lo inevitable.
—¿Y qué de Orefiyet? —clamó Oreyet, airado—. ¡Él no merecía su suerte! Fue Kimiri quien lo corrompió.
—Tú anhelabas su muerte desde antes de conocerme. Ese no es mi pecado. Deseabas ser Alfa, y yo cumplí mi parte del pacto.
—¿Entonces para ti todo fue sólo un trato?
—Si tanto te hiere, expúlsame de este mundo, y no volveremos a vernos —dijo Kamir con fría mirada, aunque su corazón se desgarraba en silencio.
Un silencio pesado se alzó entre ambos, y en sus ojos no hubo arrepentimiento alguno, sino un abismo insondable.
—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó ella—. ¿Quitarme el collar que Draiker me dio, el collar de mi madre?
—¿Por qué habría de arrebatarte aquello que costó más que nuestra confianza? —respondió él, con pena en la voz.
De pronto, Kamir sintióse desfallecer; un cansancio pesado la vencía. Oreyet la sostuvo antes de que cayera.
—Esta falta no quedará impune. Mientras aquí pasaban diez días, yo detuve el tiempo de este mundo; mas allá fueron diez años los que corrieron.
—¿Cómo... cómo pudiste? —murmuró ella, casi sin fuerzas.
—Así Morel sabrá lo que es ser traicionado por quien más ama, el sentirá lo que yo sentí, y se que te dolerá por que él si te importa. Me pregunto qué pensará Morel de su hermana, que nunca acudió a verle en diez largos años, ya quiero ver cual será su venganza o su perdón.
Y mientras Kamir cerraba los ojos, una lágrima oscura, teñida de sangre, descendió por su rostro. Su corazón se hizo añicos, como si mil cuchillos lo traspasaran.
Cuando despertó, hallóse en una tierra lejana, bajo la sombra de un gran árbol. Junto a ella estaban sus pertenencias: el collar de su madre, la argolla de su padre... y también el colibrí de oro que Oreyet le había regalado, como si silenciosamente dijera " adios".
Y allí lloró Kamir como jamás había llorado, pues el camino hacia atrás estaba perdido para siempre, y sólo le restaba mirar hacia adelante, hacia un futuro incierto y solitario, mientras que Oreyet volvía a su hogar sin dudar, sin mirar atrás con un pensamiento decidido y un corazón dividido.