La Torre Kensington se alzaba sobre el distrito financiero de la City como un monumento al poder y a la precisión. Sin embargo, en la oficina de la presidencia, en el último piso, el caos reinaba en el aire.
Eran las tres de la tarde. Las pantallas financieras parpadeaban con gráficos en rojo y fluctuaciones del mercado europeo, pero Alastair Kensington no estaba mirando los indicadores. Sostenía un vaso de cristal con whisky entre las manos mientras miraba fijamente hacia la ventana, donde la niebla de Londres empezaba a cubrir los rascacielos.
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde la reunión en la residencia Sinclair. Cuarenta y ocho horas en las que el rostro de Victoria, firme, distante y respaldada por Julian Vance y sus padres, se reemitía en bucle dentro de su cabeza.
El sonido del teléfono intercomunicador interrumpió el silencio.
—Señor Kensington… —la voz de su secretaria sonaba alterada, con un temblor inocultable—. Lord Sterling y los miembros del comité ejecutivo están en el pasillo. Exigen verlo de inmediato.
Antes de que Alastair pudiera responder, las dobles puertas de cristal templado de la oficina se abrieron de golpe.
Lord Sterling entró encabezando a cuatro de los directores principales del grupo. Sus rostros no expresaban la severidad habitual; expresaban una furia contenida e indignación.
—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo, Alastair? —escupió Sterling, arrojando una pila de periódicos financieros sobre el escritorio de caoba.
Alastair no se inmutó. Giró lentamente la cabeza y tomó un sorbo de su bebida.
—Estoy trabajando, Sterling. Algo que deberías estar haciendo tú en lugar de irrumpir en mi despacho.
—¡¿Trabajando?! —exclamó otro de los directores, un hombre veterano de la banca—. ¡Aprobaste la venta con pérdidas del paquete accionario de la cadena hotelera en Francia a mitad de precio solo para bloquear una inversión del grupo Vance! ¡Perdiste catorce millones de libras en una sola transacción sin consultar al comité!
Alastair apretó los dientes. La mención del apellido Vance encendió de inmediato la llama hirviente de sus celos.
—Era un movimiento estratégico para restar liquidez a su fondo —respondió Alastair con voz fría y ronca—. Vance está intentando expandirse en el sector inmobiliario de París. Si le cortamos el acceso a esa cadena, tendrá que desviar capital.
—¡A nadie le importa la expansión de Vance en París! —rugió Sterling, apoyando las manos en el escritorio e inclinándose hacia él—. Estás usando los activos de Kensington Financial como si fueran fichas de juego en una venganza personal. Desde que tu esposa te dejó, has perdido el juicio.
Las palabras resonaron en la habitación como una bofetada. «Desde que tu esposa te dejó».
Alastair se puso de pie bruscamente. El vaso de cristal golpeó la mesa con fuerza, derramando el líquido ámbar sobre los documentos. Sus ojos grises, inyectados en sangre, se clavaron en Sterling con una ferocidad casi salvaje.
—Mide tus palabras, Sterling —amenazó Alastair con la voz temblorosa de rabia—. No vuelvas a mencionar a mi esposa en esta mesa.
—Es la verdad, Alastair —intervino el director financiero con voz más pausada pero implacable—. La prensa amarillista está publicando hoy que la Sra. Kensington solicitó formalmente la separación de bienes y que cuenta con el apoyo total de la familia Sinclair. Las acciones del grupo cayeron un cuatro por ciento esta mañana por la inestabilidad que transmite tu vida privada.
—No voy a permitir que destruyas el patrimonio que tu padre construyó por un capricho de orgullo —sentenció Sterling, sacando un documento oficial de su maletín de cuero—. Hemos convocado una junta extraordinaria de accionistas para el viernes por la mañana. Se someterá a votación la suspensión temporal de tus funciones como CEO y la congelación de tus facultades de firma.
Alastair sintió cómo el aire se volvía espeso en la oficina. El imperio que había dirigido con mano de hierro, el lugar donde su palabra era ley absoluta, se estaba desmoronando a su alrededor.
—No tienen el porcentaje de votos suficiente para apartarme —dijo Alastair, intentando mantener la compostura, aunque el pulso le latía desbocado en las sienes.
—Lo teníamos hasta esta mañana —corrigió Sterling con una sonrisa amarga—. Pero Lord Sinclair, como tenedor del ocho por ciento de los títulos preferentes, acaba de alinear su voto con el nuestro. Tu suegro nos dio su respaldo total para removerte.
El golpe fue definitivo. Alastair dio un paso atrás, sintiendo que el suelo se hundía bajo sus pies. Arthur Sinclair, el hombre que durante cuatro años había sido su aliado estratégico, lo estaba apuñalando por la espalda a pedido de Victoria.
Sin decir una sola palabra más, Sterling y los directores se giraron y abandonaron la oficina, dejando la puerta abierta tras de sí.
Alastair se quedó solo en medio de la inmensidad del despacho. Miró sus manos temblorosas. El hombre que se creía invencible, el magnate que humillaba a su esposa y presumía de sus amantes por todo Londres, acababa de descubrir que sin Victoria a su lado, su imperio no era más que un castillo de naipes a punto de desplomarse.
Tomó la botella de whisky y la estrelló contra el ventanal de cristal, escuchando el estallido sordo del vidrio mientras la furia y el arrepentimiento amenazaban con volverlo loco.
Esa misma noche, a las afueras de Londres, en una elegante casa de campo en Surrey rodeada de jardines iluminados por la luna, el ambiente era absolutamente opuesto.
Victoria caminaba por el salón de estar de la propiedad familiar de Julian, vistiendo un cómodo jersey de lana blanco y sosteniendo una taza de té caliente entre sus manos. A través del gran ventanal, se observaba la calma del campo inglés bajo la llovizna.
Julian se acercó a ella por detrás, llevando una manta de lana sobre los hombros y colocándosela con delicadeza sobre la espalda.