Orgullo Roto

CAPÍTULO 14: La Tempestad en Surrey

La lluvia torrencial caía de manera inclemente sobre la autopista A3, golpeando el parabrisas del deportivo negro de Alastair Kensington. Con los nudillos blancos apretados contra el volante y los ojos inyectados en sangre, Alastair aceleraba a más de ciento sesenta kilómetros por hora a través de la noche oscura.

El alcohol en su sangre y la humillación que ardía en sus entrañas eran una combinación destructiva. Había pasado las últimas horas viendo cómo la junta de su propia empresa se preparaba para despojarlo del mando, todo con el aval explícito de Lord Sinclair. Y mientras él se hundía en el abismo de la soledad, Victoria descansaba plácidamente en Surrey, en la finca privada de Julian Vance.

—No voy a permitirlo... —murmuró Alastair con la voz quebrada por la rabia y el llanto contenido—. No vas a borrarme de tu vida tan fácil, Victoria.

A las once de la noche, las ruedas del deportivo derraparon sobre el gravamen de la entrada principal de la finca Oakridge, en Surrey. El rugido del motor retumbó en la tranquilidad del campo, interrumpiendo la paz de la propiedad.

Alastair bajó del coche sin importarle la lluvia helada que en pocos segundos le empapó el traje y el cabello. Avanzó con pasos pesados y tambaleantes hacia el porche de madera y comenzó a golpear la puerta principal con el puño cerrado.

—¡Victoria! —gritó Alastair con una desesperación salvaje que resonó en medio del vendaval—. ¡Victoria, sal de ahí! ¡Sé que estás adentro!

Dentro de la residencia, la calidez de la chimenea se vio interrumpida por el escándalo exterior. Victoria, que leía plácidamente un libro junto a Julian, se puso de pie de golpe. Sintió una punzada de angustia helada en el estómago al reconocer esa voz.

—Es Alastair... —susurró ella, pálida.

Julian se levantó de inmediato, colocando una mano firme sobre el hombro de Victoria.

—Quédate aquí —dijo Julian con una calma implacable que transmitía una autoridad absoluta—. No tiene ningún derecho a irrumpir en mi propiedad. Yo me encargaré de esto.

—Julian, ten cuidado —pidió Victoria, tomándolo de la manga del abrigo—. Está fuera de control.

Julian le dedicó una leve mirada reconfortante, caminó hacia el recibidor y abrió la pesada puerta de roble.

Alastair estaba ahí, bajo la lluvia, empapado, con la corbata desabrochada y la mirada perdida de un hombre que lo ha perdido todo. Al ver a Julian en el umbral, Alastair dio un paso al frente intentando empujarlo.

—Muévete, Vance —rugió Alastair—. Vine por mi esposa.

Julian no cedió ni un solo centímetro. Su imponente figura bloqueó el paso por completo, mirando a Alastair desde arriba con profunda compasión y desprecio.

—Ella ya no es tu esposa, Kensington —respondió Julian con voz baja, firme y cortante como el hielo—. Y estás cometiendo un delito grave al invadir mi casa en este estado. Da media vuelta y vete antes de que llame a la policía de Surrey.

—¡Victoria! —volvió a gritar Alastair, tratando de mirar por encima del hombro de Julian hacia el interior iluminado—. ¡Por favor, escúchame! ¡Sé que fui un imbécil, pero no puedes quedarte con él! ¡Te está usando para destruirme!

En ese momento, Victoria apareció en el pasillo, envuelta en una elegante túnica de lana. Se detuvo a dos metros de la puerta, protegida por la presencia de Julian, y miró al hombre con el que había compartido cuatro años de su vida.

Ver a Alastair Kensington —el magnate intocable, el hombre que no le dedicaba ni una mirada al llegar a casa— suplicando bajo la lluvia como un mendigo emocional fue una visión desgarradora. Pero para Victoria, ya no había vuelta atrás.

—Vete a casa, Alastair —dijo Victoria con una voz tan serena que amortiguó el sonido de la tormenta—. Mírate... te has convertido en todo lo que decías odiar. No tienes dignidad.

—Victoria... —Alastair se congeló al escucharla. Su voz se volvió un hilo rasposo y suplicante—. Ven conmigo. Te juro que mañana mismo me retiro de la empresa. Nos iremos de Inglaterra si quieres. Empezaremos de nuevo... pero no me dejes solo.

—Tuviste cuatro años para empezar de nuevo conmigo —respondió ella, mirando sus ojos desorbitados—. Durante cuatro años te pedí una sola noche, un solo gesto de cariño, y solo recibí tu desprecio y tus infidelidades. Ahora que aprendí a estar sin ti, vienes a reclamar lo que nunca te importó cuidar.

—Te amo... —sollozó él, cayendo torpemente de rodillas sobre el césped mojado del porche, con las manos abiertas hacia ella—. Te amo, Victoria.

Victoria cerró los ojos por un segundo, respiró hondo y tomó la mano de Julian, entrelazando sus dedos con los de él frente a los ojos de Alastair.

—Llegas tarde, Alastair. El hombre que me ama, el hombre que me respeta y me cuida está al lado mío esta noche. Tú solo eres el fantasma de un error que ya superé.

Julian miró a Alastair una última vez desde la altura.

—La próxima vez que intentes acercarte a Victoria, la orden de restricción será ejecutada de inmediato. Que tengas un buen viaje de regreso a Londres, Kensington.

Julian cerró la pesada puerta de roble, dejando fuera el sonido del viento, la lluvia y los gritos ahogados de Alastair en la oscuridad.

Dentro de la casa, la paz volvió a reinar. Victoria se apoyó contra el pecho de Julian, sintiendo el latido constante y seguro de su corazón. Julian la abrazó con fuerza, besando suavemente la coronilla de su cabeza.

Afuera, arrodillado en el barro de Surrey bajo la tormenta, Alastair Kensington lloró desconsoladamente hasta quedarse sin voz, entendiendo finalmente que el orgullo te da imperios, pero te deja muriendo de frío en la más absoluta soledad.




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