El segundo día de clases amaneció cargado de murmullos, como si las paredes mismas del Instituto Central de Eryden se hubieran despertado conscientes de la tensión que lo envolvía. Aunque los horarios se desarrollaban con aparente normalidad, la atmósfera resultaba sofocante, tan densa que podía respirarse en cada pasillo, en cada esquina, en cada mirada desconfiada que se cruzaba entre estudiantes de razas diferentes.
Los pasillos estaban iluminados por luces frías que parecían resaltar el contraste entre unos y otros. El eco de los pasos se mezclaba con los cuchicheos nerviosos, y cada sonido parecía amplificarse más de lo normal, como si la escuela estuviera diseñada para no dejar escapar ni una sola palabra, ni un solo gesto.
Meissa caminaba entre Lariza y Sonya, sus inseparables amigas. Cada una representaba un contraste necesario para ella. Lariza era de carácter fuerte, con un espíritu volcánico, siempre dispuesta a discutir con cualquiera que se atreviera a provocar a sus cercanos. Su voz tenía ese filo que podía cortar el aire y su postura transmitía una seguridad casi contagiosa. Sonya, en cambio, era todo lo contrario: más reservada, cuidadosa, pero con una mirada analítica que parecía diseccionar el mundo a su alrededor. Nada escapaba a sus ojos, siempre atentos, como si fueran dos espejos que guardaban secretos y los devolvieran más tarde en forma de comentarios agudos.
—No me gusta esto —murmuró Sonya, doblando junto a ellas hacia el corredor central, desde donde podían ver los otros sectores separados por rejas—. Siento que en cualquier momento alguien va a saltar por encima de esas rejas.
Su voz sonó baja, pero cargada de una inquietud genuina. Sus dedos jugueteaban con el borde de su libreta, un tic nervioso que delataba lo que intentaba ocultar.
—¿Y qué? —replicó Lariza, alzando el mentón con un gesto desafiante—. Si intentan meterse con nosotras, no pienso quedarme callada.
La mirada de Lariza ardía con esa chispa habitual que siempre aparecía antes de un enfrentamiento. Era como si, en el fondo, ella buscara en cada provocación la excusa perfecta para demostrar que podía defenderse.
Meissa sonrió apenas, aunque sus pensamientos estaban lejos, muy lejos de la conversación. Había pasado gran parte de la noche con la mente atrapada en un recuerdo que no lograba sacudirse: aquella mirada roja que se había cruzado con la suya el día anterior. No era solo la intensidad del color lo que la perturbaba, sino la sensación de reconocimiento, como si ese par de ojos ya la hubiera encontrado mucho antes de que ella los buscara. Era un recuerdo inquietante, pero no en el sentido de un temor paralizante, sino de algo que la mantenía alerta, expectante, con el presentimiento de que aquello no había sido un accidente.
El murmullo de voces elevadas, cargadas de agresividad, interrumpió sus pensamientos como un relámpago en medio de una noche silenciosa. Alzando la vista, notó un alboroto más adelante, en el pasillo humano. Un grupo de chicos del equipo de fútbol había formado un círculo, lo bastante grande como para bloquear el paso de los demás. Reconoció de inmediato a Rayan, el capitán del equipo, con su postura arrogante y la manera en que su voz dominaba la escena.
Rayan siempre había tenido un don para imponerse, pero no era por respeto ni admiración, sino por el peso de su carácter dominante. Solía conseguir lo que quería mediante empujones, burlas o comentarios sarcásticos que herían más que los golpes. Y ahora estaba en el centro del círculo, con los brazos abiertos, gritando con furia.
—¡No deberían estar aquí! —su voz retumbó, señalando hacia el otro lado de las rejas, donde algunos vampiros caminaban con calma aparente—. ¿Acaso vamos a fingir que no son monstruos?
El aire se congeló unos segundos. Algunos estudiantes humanos murmuraron en aprobación, asintiendo con rostros tensos; otros, en cambio, bajaron la mirada, incómodos, incapaces de contradecirlo, pero tampoco de apoyarlo abiertamente.
Del otro lado del enrejado, un vampiro de cabello oscuro y rostro afilado se detuvo. La frialdad en su semblante era tan evidente que contrastaba con la tensión del ambiente. Sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa burlona, como si las palabras de Rayan no fueran más que un entretenimiento pasajero.
Alzó la mano, dejando que la luz del día hiciera brillar el anillo plateado en su dedo. La rosa tallada resplandeció bajo el sol como una burla silenciosa.
—Sin este talismán, tal vez tendrías razón —dijo con voz grave, profunda, que atrajo la atención de todos los presentes—. Pero gracias a él puedo caminar entre ustedes sin problema. ¿No será que lo que te molesta es que, aun con tus músculos, siempre serás más débil que yo?
La provocación fue directa, calculada, como una flecha lanzada al corazón del orgullo humano. Y surtió efecto inmediato.
Un murmullo de risas surgió entre los vampiros cercanos, algunos de ellos incluso dejaron escapar comentarios susurrados que no llegaron a entenderse, pero que hicieron enrojecer a más de un estudiante humano. Rayan, con el rostro tensándose de ira, apretó los puños tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos.
—¡Atrévete a decirlo otra vez! —rugió, lanzándose hacia adelante y golpeando con fuerza las rejas que lo separaban del otro sector. El metal vibró con un estruendo que resonó por todo el pasillo, atrayendo más miradas, tanto de estudiantes como de profesores que empezaban a acercarse.
Antes de que la situación pudiera escalar aún más, una figura se interpuso desde el lado de los hombres lobo. Alto, de hombros anchos, con el colgante en forma de garras brillando sobre su pecho, uno de ellos avanzó hasta quedar frente a las rejas. Sus ojos dorados centellearon con malicia mientras sus labios se curvaban en una mueca que no era precisamente una sonrisa.
—Dejen de discutir como niños —gruñó, su voz profunda retumbando como un eco en la garganta de un depredador—. Si quieren una pelea, hagan algo útil y enfréntense en el campo.