Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 6 – La Voz de la directora

El rugido de los hombres lobo chocaba con las burlas de los vampiros y los gritos de enojo de los humanos. El campo de deportes se había transformado en una olla de presión a punto de estallar. La tensión estaba tan cargada en el aire que parecía imposible respirar sin inhalar rabia, orgullo y miedo. Colmillos expuestos, miradas rojas encendidas y puños apretados convertían la tarde en un escenario digno de una guerra anunciada. Nadie parecía dispuesto a retroceder, nadie parecía recordar que, al fin y al cabo, seguían siendo estudiantes dentro de un instituto.

Los humanos del equipo de fútbol formaban una línea improvisada, como si estuvieran a punto de iniciar un partido que ya no tenía reglas ni árbitros. El polvo del suelo, removido por sus pasos, se levantaba como humo alrededor de sus piernas tensas. Al frente estaba Rayan Holt, capitán del equipo, con los músculos endurecidos bajo la camiseta y la mandíbula tan apretada que sus dientes parecían rechinar de pura rabia contenida. Sus ojos claros centelleaban con determinación y furia, como si aquella no fuera solo una pelea estudiantil, sino una cuestión de honor y dominio.

—¡No vamos a dejarnos pisotear por parásitos ni por bestias! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, y su voz fue respaldada por el rugido de aprobación de sus compañeros.

La proclamación resonó como un latigazo, y el eco se mezcló con las voces del público que observaba desde las gradas. Algunos lo vitoreaban con entusiasmo, otros murmuraban con desconfianza, pero nadie podía negar que su grito había sido como el disparo inicial de una carrera inevitable.

En el otro extremo, los hombres lobo se removieron inquietos. Sus gruñidos crecieron en intensidad, resonando en el aire como tambores de guerra. Algunos dejaron que los colmillos asomaran bajo la piel humana, recordando a todos que apenas necesitaban un instante para convertirse en algo mucho más peligroso que simples muchachos enfadados. Otros mostraban con orgullo las cicatrices que marcaban sus brazos y cuellos, trofeos de enfrentamientos pasados que hablaban de fuerza y supervivencia. Kaisser, imponente, era el centro de aquella tormenta contenida. Sus músculos parecían vibrar bajo la piel, su pecho se expandía con respiraciones profundas que buscaban sofocar la ira, y aun así todo en él gritaba que estaba a un paso de dejarla salir. Era como una fiera encadenada que sabía que las cadenas estaban a punto de romperse.

Y en el centro, casi como si hubieran nacido para ocupar ese lugar intermedio, los vampiros observaban con una calma peligrosa. Sus ojos rojos brillaban como brasas encendidas en medio del atardecer, y sus sonrisas arrogantes cortaban el aire como cuchillas invisibles. No necesitaban mostrar colmillos para intimidar; bastaba la forma en que permanecían erguidos, tranquilos, como si todo aquello fuera un espectáculo planeado para su entretenimiento. Darius estaba entre ellos, con las manos escondidas en los bolsillos y un porte que irradiaba superioridad. Observaba con desdén, como quien mide con exactitud cuánto tardaría en aplastar a sus enemigos si decidiera moverse. No necesitaba hablar: su mera presencia era una amenaza latente, un recordatorio de que el poder no siempre gritaba… a veces solo observaba, paciente.

El aire se volvió insoportable. La multitud de estudiantes que miraba desde las gradas no sabía si huir o quedarse paralizada. Había quienes se inclinaban hacia adelante, fascinados por el espectáculo, y quienes retrocedían, buscando la salida con rostros pálidos de miedo. Algunos humanos intentaron empujar a sus compañeros hacia atrás, murmurando que aquello estaba yendo demasiado lejos, que no podían permitir que la sangre corriera en un campo que se suponía neutral.

Meissa estaba entre ellos, y la tensión la golpeaba en el pecho como un martillo. Sentía que podía alargar la mano y palpar la electricidad invisible que unía a los tres bandos, un hilo tirante a punto de quebrarse. Sus amigas permanecían a cada lado: Lariza con una expresión excitada, como si asistiera al inicio de una historia que había esperado toda su vida; Sonya, en cambio, con el rostro contraído por el miedo, mordiéndose el labio y abrazándose a sí misma en un intento inútil de encontrar calma.

El rugido de los lobos subía de tono. Los humanos reforzaban su postura. Los vampiros reían suavemente, como si disfrutaran la desesperación ajena. Y justo en el instante en que la primera chispa parecía a punto de convertirse en incendio, una voz desgarró el aire.

—¡BASTA!

El grito no fue humano. No pertenecía a ningún pulmón común ni a ninguna garganta mortal. Era un sonido que contenía autoridad pura, que retumbó con tanta fuerza que se sintió en la tierra misma bajo los pies de los presentes. Frío, imponente, inapelable. Fue un rugido más poderoso que los de los lobos, más cruel que las burlas de los vampiros, más firme que los gritos de los humanos. El sonido reverberó en cada rincón del campo, apagando risas, gruñidos y proclamas por igual. Incluso el viento, que hasta entonces había acariciado el polvo del suelo, pareció detenerse, como si la naturaleza también reconociera a la dueña de aquella voz.

Todas las cabezas giraron hacia la entrada del campo.

La directora Selene Wood avanzaba con paso firme. Y en ese momento, bastó verla para que las respiraciones se contuvieran. Era alta, delgada, con un porte elegante que no necesitaba adornos ni exageraciones. Su figura proyectaba un poder silencioso, algo que no dependía de músculos ni de colmillos, sino de una esencia que parecía más antigua que los mismos muros del instituto. Llevaba el cabello negro recogido en un moño severo, cada hebra en su lugar como si el desorden no tuviera derecho a tocarla. Y sus ojos… sus ojos eran un gris metálico, tan fríos y penetrantes que daban la sensación de desnudar hasta el alma de quien se atreviera a mirarlos.

Nadie sabía con exactitud a qué linaje pertenecía. Algunos aseguraban que era humana, pero no había humano capaz de imponer silencio a vampiros y lobos con un solo grito. Otros decían que provenía de una raza extinguida, algo que ya no existía en ningún rincón del mundo conocido. Lo único seguro era que las tres razas —humanos, vampiros y lobos— la respetaban. O tal vez la temían.



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En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 24.02.2026

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