Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 7 – Sombras y Secretos

La oficina de la directora Selene Wood era un lugar intimidante, y no necesitaba ser enorme para imponer respeto. No era un salón cargado de lujos ni un despacho con adornos innecesarios, sino un espacio donde el silencio era tan denso que parecía una entidad en sí misma. Las paredes, altas y cubiertas de madera oscura, estaban forradas con estantes repletos de libros antiguos, algunos con lomos agrietados por el paso de los años y otros sellados con símbolos que parecían vibrar si uno los observaba demasiado tiempo. Había documentos apilados con un orden impecable, cajas metálicas cerradas con candados que invitaban al misterio, y pergaminos cuyo olor a polvo y tinta impregnaba el aire.

El centro del lugar lo ocupaba un escritorio de madera tan pulida que el reflejo de quienes se acercaban quedaba atrapado en la superficie como si fuese un espejo velado. Todo estaba colocado con precisión: una pluma de tinta negra en su soporte, un reloj antiguo de péndulo que marcaba cada segundo con un sonido grave, y una lámpara de cristal que apenas iluminaba con una luz cálida pero suficiente para crear sombras alargadas en las paredes. Aquella combinación de orden y penumbra hacía sentir a cualquiera que estaba bajo observación constante, como si la misma oficina fuese un testigo de todo.

Frente a ese escritorio se encontraban Darius, Kaisser y Rayan. Ninguno estaba sentado. La directora no les había ofrecido sillas, y aun si lo hubiera hecho, era dudoso que alguno se atreviera a relajarse en su presencia. Permanecían de pie, rígidos, como tres soldados convocados a un juicio inminente, sabiendo que las excusas eran inútiles.

Selene Wood, sentada tras el escritorio, parecía una estatua tallada en mármol. Recta, erguida, con las manos unidas sobre la superficie brillante, sus ojos grises recorrían a cada uno de ellos como si los diseccionara. No necesitaba pronunciar palabra ni levantar la voz: su sola mirada era suficiente para que la sala pareciera encogerse, empujándolos hacia una obediencia silenciosa.

Cuando por fin habló, su tono fue sereno pero implacable.

—Lo que ocurrió en el campo no es un simple altercado escolar.

Su voz se deslizó como un filo helado, sin necesidad de elevarse para cortar el aire.

—Es un síntoma. Y los síntomas, cuando se ignoran, se convierten en enfermedades que arrasan todo a su paso.

El peso de aquellas palabras cayó sobre los tres como una sentencia.

Rayan, incapaz de contenerse, apretó la mandíbula hasta que los músculos se marcaron en su rostro. El silencio lo estaba asfixiando, y la rabia, siempre hirviente, encontró salida. Golpeó con el puño cerrado contra su muslo, haciendo retumbar el eco en la oficina.

—¡Ellos empezaron! —exclamó con furia contenida—. ¡Los vampiros y los lobos no pertenecen aquí!

Selene levantó la mano apenas unos centímetros, y aquel gesto simple bastó para callarlo. No necesitó palabras; el mensaje fue claro: una sola interrupción más y su voz quedaría enterrada en consecuencias que ni él estaba dispuesto a imaginar.

—Lo que me preocupa —continuó ella, con calma glacial— no es quién empezó. Lo que me preocupa es quién será lo bastante estúpido para terminarlo con sangre.

Sus ojos, metálicos, se clavaron primero en Darius. El vampiro sostuvo la mirada con desdén, su sonrisa ladeada intacta, como si todo aquello fuese un juego demasiado aburrido para tomárselo en serio. Luego Selene giró su atención hacia Kaisser. El lobo, a diferencia del vampiro, no sonrió. Sus labios se curvaron en un gruñido bajo, dejando asomar apenas la punta de sus colmillos, un reflejo de la rabia que luchaba por mantener bajo control.

—Y sé —añadió la directora— que ustedes dos tampoco están libres de culpa.

Darius arqueó una ceja, incapaz de reprimir su tono burlón.

—Solo estábamos… jugando, directora.

Su voz arrastraba ironía, como si estuviera probando hasta qué punto podía tensar la cuerda sin que se rompiera.

Kaisser soltó un resoplido, mostrando los dientes en un gesto cargado de desprecio.

—Jugar no es nuestra palabra para esto —gruñó, y el timbre de su voz llenó la sala con una vibración animal.

La directora se levantó entonces, despacio, como si cada movimiento estuviera calculado. Caminó alrededor de ellos con pasos medidos, y el eco de sus tacones sobre la madera marcaba un compás inquietante. Los tres jóvenes, pese a sus diferencias, sintieron la misma sensación: estaban siendo acechados.

—Escúchenme bien —dijo con firmeza, sin necesidad de levantar el tono—. Este instituto es el último experimento de paz que nos queda. El último.

La palabra “último” quedó suspendida, grave, como si encerrara siglos de intentos fallidos.

—Si fracasa aquí, si ustedes fallan en mantener a sus razas bajo control, Eryden volverá a ser un campo de guerra. Y yo no lo permitiré.

Se detuvo justo detrás de ellos. Ninguno se atrevió a girarse. Su voz descendió en un susurro afilado, pero cada sílaba los atravesó como una daga helada rozando el oído.

—Tendrán una sola advertencia. Una. La próxima vez, no habrá castigo escolar… habrá consecuencias.

El silencio posterior fue tan pesado que el tic-tac del reloj de péndulo se volvió ensordecedor. Cada uno de los tres reaccionó a su manera: Rayan apretó los puños con rabia contenida, su respiración agitada lo traicionaba; Kaisser emitió un gruñido bajo, apenas audible, como un animal acorralado que aún se resiste a someterse; Darius, en cambio, inclinó la cabeza con una reverencia teatral, exagerada, que convertía la obediencia en burla.

La reunión terminó tan abruptamente como había empezado. Selene los despidió con un gesto seco, y sin más, los tres se dieron media vuelta y salieron de la oficina. Ninguno cruzó palabra, ni siquiera una mirada. Era como si el contacto visual entre ellos pudiera encender de nuevo la chispa que la directora acababa de sofocar. Cada uno tomó una dirección distinta por el pasillo, alejándose como lobos, vampiros y humanos que, aun bajo el mismo techo, jamás caminarían juntos.



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En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 24.02.2026

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