Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 8 – Cruces en la Cafetería

La mañana en Eryden no comenzó con el murmullo habitual de un día cualquiera, sino con gritos. Desde temprano, el aire de la ciudad parecía vibrar con una tensión acumulada que por fin encontraba un cauce. En la plaza central, frente al edificio del consejo, decenas de habitantes se habían reunido para protestar.

Las voces se entrelazaban en un coro caótico de reclamos, que parecía crecer con cada minuto. Había pancartas improvisadas, telas desgarradas convertidas en estandartes de inconformidad, y rostros enrojecidos por la indignación. Algunos agitaban sus manos con furia, otros se mantenían firmes, inmóviles, como si solo su presencia fuese suficiente para dejar clara su postura.

—¡Queremos seguridad, no experimentos! —vociferaba una mujer de cabello despeinado, sujetando con fuerza la mano de su hijo pequeño, como si en cualquier momento alguien pudiera arrancárselo. Su mirada era dura, pero el temblor de su voz revelaba un miedo más profundo que la rabia.

—¡Cada especie en su lugar, como debe ser! —rugía un hombre corpulento desde el centro de la multitud. Su garganta parecía desgarrarse con cada palabra, y la vena de su cuello palpitaba con furia contenida.

El eco de aquellos gritos rebotaba contra los muros de piedra de la plaza, mezclándose con el olor metálico de la humedad y el humo de antorchas encendidas en medio del día. La multitud se movía como una sola criatura, viva y peligrosa, que respiraba odio y ansiedad en cada exclamación.

En medio de esa marea humana, sobre una tarima improvisada con tablones de madera y refuerzos metálicos, el alcalde mantenía la frente erguida. Su figura, aunque firme, delataba la presión con cada arruga marcada en su rostro. El sudor le perlaba la sien pese al aire fresco de la mañana, y sus manos apretaban con fuerza los bordes del atril.

Cuando habló, su voz se proyectó gracias a los cristales de energía que el consejo usaba para amplificar los discursos. Era un tono firme, calculado, como el de alguien que sabía que cualquier quiebre podía ser su perdición.

—Ciudadanos de Eryden —comenzó, dejando que el murmullo inicial se apagara poco a poco—, los muros nos han mantenido divididos durante siglos. Han sido una barrera, sí, pero también una prisión. Nos protegieron, pero también nos condenaron a la desconfianza y al miedo.

Hizo una pausa breve. La multitud respondió con un oleaje de exclamaciones: algunos aplaudieron, otros lo abuchearon, y otros simplemente cruzaron los brazos con gesto desafiante.

—Este instituto mixto —continuó, elevando aún más la voz— es un primer paso hacia un futuro distinto. Un futuro donde nuestros hijos no se miren como enemigos, sino como compañeros.

La plaza vibró. Un murmullo de desaprobación recorrió el espacio, mezclado con aplausos aislados que parecían perderse como gotas de agua en un mar embravecido. Era evidente que la ciudad estaba dividida en dos mitades irreconciliables, y por primera vez, el alcalde sintió sobre sus hombros el peso de ese muro invisible que ni siquiera su discurso parecía capaz de derribar.

El aire estaba tan cargado de tensión que resultaba difícil respirar. Y mientras los gritos crecían, nadie pudo advertir que, entre las sombras de los edificios más cercanos, ojos atentos observaban aquella escena, como depredadores aguardando el desenlace de una presa.

El ambiente en el Instituto Central de Eryden no era muy distinto al de la plaza. Los rumores llegaban más rápido que cualquier noticia oficial, y lo ocurrido en el centro de la ciudad había calado en los pasillos antes de que terminara la primera clase.

Las lecciones de la mañana transcurrieron en una extraña quietud. No era silencio, sino un murmullo bajo, constante, como un enjambre de pensamientos que nadie se atrevía a exteriorizar. Los estudiantes cruzaban miradas furtivas, algunos llenas de miedo, otros cargadas de desafío. Los profesores, por su parte, fingían normalidad, aferrándose a libros y pizarras como si la rutina pudiera contener lo que hervía debajo.

Pero era inútil. El aire estaba impregnado de tensión, tan denso que parecía que con cada respiración se tragaba un trozo de desconfianza.

Y entonces llegó la hora del almuerzo.

La cafetería, que solía ser un espacio bullicioso, se había convertido en un reflejo perfecto de la nueva realidad. Un solo salón, vasto y luminoso gracias a los ventanales altos, pero partido en tres mundos irreconciliables. Las rejas de hierro oscuro, altas y sólidas, dividían el espacio con una frialdad que recordaba a los barrotes de una prisión.

En el sector de los humanos, las mesas largas estaban repletas de platos humeantes y bandejas con comida caliente: guisos de carne, pan fresco, sopas espesas y jugos de colores vibrantes que desprendían un aroma hogareño. El murmullo de conversaciones intentaba sonar despreocupado, pero el miedo en las miradas delataba lo contrario.

Al otro extremo, los hombres lobo devoraban raciones de carne apenas cocida, ensangrentada todavía, acompañada de bebidas oscuras y amargas. Su sector estaba impregnado por el olor metálico de la sangre y la grasa caliente, un contraste que incomodaba incluso a la distancia. Las risas graves y los gruñidos ocasionales se mezclaban con el sonido de huesos partiéndose bajo colmillos ansiosos.

Y en el sector intermedio, los vampiros. Sus mesas eran más sobrias, casi ceremoniales. Sobre ellas, copas metálicas brillaban con un líquido espeso y escarlata: la famosa Sangre Carmesí. Desde lejos parecía vino, pero su aroma denso y dulzón lo delataba. Los vampiros bebían despacio, saboreando cada gota, como si en ello hubiera un ritual.

Fue en ese escenario donde Meissa entró junto a Lariza y Sonya. La joven tomó asiento, pero sus ojos no estaban en su comida ni en la conversación. Desde el momento en que cruzó la puerta, había buscado entre la multitud, y lo encontró.

Darius.

Él estaba recostado con la elegancia insolente que parecía natural en su especie. En su mesa, dos vampiros permanecían a cada lado como sombras constantes, atentos y silenciosos. Darius sostenía su copa metálica con los dedos largos y pálidos, girándola lentamente como si el tiempo estuviera de su lado. No parecía tener prisa por beber; parecía disfrutar más del juego de los reflejos carmesí contra el metal.



#3850 en Fantasía
#1430 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 24.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.