Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 9 – Miradas y Sombras

El murmullo de la cafetería había crecido hasta convertirse en un océano de voces contenidas. No era solo ruido: era un oleaje vivo, hecho de miradas, de respiraciones contenidas y de cuchicheos que parecían estallar en cada rincón del salón. Humanos, vampiros y hombres lobo observaban sin disimulo lo que ocurría junto a la reja central. El aire se había vuelto tan denso que se podía cortar con un cuchillo, cargado de expectativa y desconfianza.

Meissa y Darius parecían atrapados en un diálogo silencioso que nadie se atrevía a interrumpir. La multitud, aunque fingía comer o hablar, tenía la vista fija en ellos, como si de ese instante dependiera el destino de toda la cafetería.

El rostro de ella reflejaba valentía, la misma que la había llevado a atravesar un bosque oscuro sin quebrarse, la misma que ahora la sostenía firme frente a los ojos rojos de un vampiro. Sus manos descansaban tensas a los costados, y aunque el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho, no dejó que el miedo se asomara en su expresión. Había aprendido que mostrar debilidad frente a ciertas miradas era como ofrecer la garganta a un depredador.

El de él, en cambio, destilaba diversión y un interés difícil de ocultar, como si acabara de descubrir un secreto que solo él estaba autorizado a conocer. Sus labios curvados en una sonrisa mínima y sus ojos intensos transmitían algo que rozaba entre el juego y la amenaza. Darius no solo la miraba; la estudiaba, como un coleccionista que encuentra una pieza inesperada que rompe con todas sus reglas.

—Eres distinta —dijo Darius, apenas en un susurro, pero lo suficientemente alto como para que Meissa lo oyera—. Los humanos suelen temblar cuando los miro así.

El sonido de su voz atravesó el bullicio como un filo helado. La frase no fue un grito, ni una amenaza, pero todos los que estaban cerca pudieron sentir su peso. Era la declaración de alguien que sabía el poder que ejercía y se sorprendía, casi divertido, de que aquel poder no estuviera funcionando con ella.

Meissa arqueó una ceja y dejó escapar una sonrisa desafiante, apenas perceptible, pero lo bastante clara como para que los presentes se removieran incómodos.

—Tal vez es que nunca han sabido mirarte de frente.

Las palabras flotaron en el aire como un desafío imposible de ignorar. Un murmullo recorrió la cafetería, como si todos hubieran sentido un golpe invisible. No era común que un humano contestara a un vampiro de ese modo, y menos aún a uno como Darius. Era un atrevimiento que rozaba lo imprudente, pero en los labios de Meissa sonaba como una verdad que no admitía réplica.

Alrededor, los estudiantes contenían la respiración, sabiendo que eran testigos de un cruce prohibido. Los humanos se debatían entre admiración y miedo, los vampiros observaban con un interés frío, y los hombres lobo gruñían apenas, como si la escena tuviera un trasfondo que solo ellos podían interpretar.

Entre la multitud, los ojos de Kaisser se entrecerraron. El líder de los hombres lobo observaba cada gesto, cada sonrisa apenas insinuada, y sus colmillos presionaron contra su labio inferior. No dijo nada, pero su silencio pesado era un presagio de tormenta. Su cuerpo tenso transmitía una amenaza muda, como si solo esperara una provocación mínima para desatarse.

El momento se quebró de pronto.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

La voz llegó como un trueno desde la entrada de la cafetería. Fue tan repentina y tan cargada de rabia que todos voltearon al mismo tiempo, como si una sola cuerda invisible los hubiera obligado a girar. El silencio que siguió fue aún más sofocante.

Meissa sintió cómo el suelo se le movía bajo los pies. Reconoció de inmediato esa voz, esa manera de irrumpir con la fuerza de una tormenta.

Era Rayan.

El chico avanzaba con paso decidido, la camiseta del equipo de fútbol arrugada y el cabello revuelto, como si hubiera corrido hasta allí sin preocuparse por su aspecto. Sus ojos estaban clavados en Meissa con una mezcla de celos y rabia contenida, una expresión que desnudaba emociones que no podía controlar. A su alrededor, algunos de sus compañeros lo seguían con miradas expectantes, como si aguardaran un espectáculo inevitable.

—Meissa —dijo su nombre con una dureza que la incomodó—, no deberías perder el tiempo aquí.

El ambiente se tensó de inmediato. El murmullo, que había disminuido con su llegada, volvió a crecer en un rumor inquieto. Lariza y Sonya se miraron nerviosas, comprendiendo que aquello podía desbordarse en cualquier instante, mientras los vampiros que acompañaban a Darius se pusieron de pie, alertas como perros guardianes dispuestos a saltar.

Darius, sin embargo, no se movió. Permaneció tranquilo, casi disfrutando de la tensión que crecía en el aire. Se limitó a sonreír, con esa calma peligrosa que lo caracterizaba, una calma que resultaba más intimidante que cualquier amenaza abierta.

—¿Y tú quién eres para decidir con quién puede hablar? —preguntó, sin apartar la vista de Rayan.

La frase cayó como un trozo de hierro candente sobre la multitud. Los murmullos explotaron de inmediato, más intensos, más cargados de morbo. La cafetería entera ardía de expectación, como si todos esperaran ver el choque frontal entre dos mundos opuestos.

Meissa apretó los puños. No estaba dispuesta a convertirse en un trofeo disputado en público, ni en el detonante de una pelea absurda. El orgullo le ardía en el pecho, pero también la vergüenza de estar en el centro de todas las miradas. Dio un paso atrás, apartándose un poco de ambos, como quien se niega a ser atrapada en la red de otro.

—Basta —dijo con firmeza—. Esto no es un circo.

Su voz fue lo bastante clara y cortante para que, aunque los murmullos continuaran, el enfrentamiento no pasara a más. El eco de sus palabras resonó como una bofetada invisible que recordó a todos que había límites.

Rayan la miró con un gesto amargo, los labios apretados en una línea dura. Había rabia en su mirada, pero también un dejo de herida, como si lo que acababa de ocurrir lo hubiese dejado expuesto. Luego lanzó una última mirada de advertencia a Darius, cargada de odio mudo, antes de girar sobre sus talones y marcharse de la cafetería.



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En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 24.02.2026

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