La tensión del almuerzo no se disolvió del todo con el sonido del timbre. Al contrario, se extendió como humo espeso que se negaba a disiparse, impregnando cada rincón del instituto. Era como si las palabras no dichas y las miradas cargadas de resentimiento se hubieran quedado suspendidas en el aire, siguiendo a los estudiantes mientras volvían a sus clases.
Meissa lo supo en cuanto salió de la cafetería. Cada paso que daba por los pasillos le parecía más pesado que el anterior, como si caminara entre ecos invisibles. A su alrededor, los murmullos se multiplicaban: algunos cuchicheaban su nombre, otros lo mezclaban con los de Darius y Rayan, y la mayoría bajaba la voz cuando ella pasaba, incapaces de disimular su curiosidad.
El destino decidió poner a prueba su paciencia de inmediato. Camino a su clase de Historia, se encontró con una escena que hizo que su corazón diera un vuelco.
Rayan y Darius estaban frente a frente, separados únicamente por las rejas que dividían el corredor. El pasillo estaba casi vacío; solo un par de alumnos se asomaban desde la distancia, demasiado conscientes de que estaban presenciando algo prohibido. El silencio era tan denso que incluso el golpeteo de los zapatos de Meissa contra el piso retumbó con un eco metálico.
Rayan bloqueaba el paso con los brazos cruzados, sus hombros tensos como cuerdas a punto de romperse. La mandíbula le temblaba ligeramente, y la rabia contenida se le escapaba por la mirada dura que no apartaba de Darius. El vampiro, en cambio, permanecía inmóvil, con esa calma inquietante que lo envolvía siempre. Tenía las manos relajadas a los costados, el rostro apenas iluminado por la penumbra del corredor y la media sonrisa que parecía burlarse del mundo entero.
—No te acerques a ella otra vez —gruñó Rayan, su voz baja pero cargada de veneno—. No es de tu mundo, y tú lo sabes.
Darius inclinó apenas la cabeza, como quien observa un detalle irrelevante en un cuadro que ya conoce de memoria. Sus ojos rojos se encendieron con un destello juguetón, aunque su tono se mantuvo ligero.
—Curioso… —respondió con suavidad—, porque no la escuché decir que fuera del tuyo tampoco.
El comentario cayó como una chispa en medio de pólvora. Rayan apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Cada músculo de su cuerpo pedía a gritos estallar, pero la reja que se erguía entre ellos era la única barrera que lo contenía. Durante un segundo, Meissa pensó que ignoraría la advertencia de la directora y saltaría sin importarle las consecuencias.
El recuerdo de aquella amenaza, sin embargo, lo frenó. Sabía que una pelea más significaría la expulsión, y aunque su orgullo ardía, no estaba dispuesto a perderlo todo. Así que se limitó a sostener la mirada de Darius, fulminándolo como si quisiera atravesarlo con la rabia que no podía descargar con golpes.
—No juegues conmigo, vampiro —escupió, con la voz tensa—. Meissa no es un experimento para tus caprichos.
Darius no respondió de inmediato. Sus labios apenas se curvaron en una sombra de sonrisa, como si aquella amenaza no le provocara más que un ligero entretenimiento. Entonces, sin cambiar el ritmo, dio un paso al costado y retomó su camino, con la elegancia de quien nunca se siente derrotado. Su silencio fue más desafiante que cualquier palabra.
Rayan quedó atrás, con el pecho agitado y la respiración desacompasada. No había vencido, pero tampoco había retrocedido. Y en su mirada quedaba claro que aquello era solo el principio.
Cuando Meissa se enteró de lo ocurrido, su paciencia llegó al límite. Estaba cansada de que su nombre se convirtiera en un campo de batalla, de escuchar cómo se lanzaban advertencias y amenazas como si ella fuera un trofeo en disputa. Decidida, buscó el momento oportuno y, con Lariza y Sonya a su lado, encaró a los dos sin titubeos.
El pasillo estaba lleno de estudiantes que se dirigían a sus clases, pero el murmullo habitual se apagó en cuanto ella alzó la voz.
—¡Basta! —exclamó, con una firmeza que cortó el aire como una espada—. Ni tú, Rayan, ni tú, Darius, tienen derecho a decidir por mí.
El silencio que siguió fue absoluto. Rayan bajó la mirada, el gesto endurecido por una mezcla de vergüenza y frustración. Su voz, cuando habló, sonó quebrada.
—Meissa… solo quiero protegerte…
Ella negó con la cabeza, sus ojos firmes, brillando con la misma valentía que tantas veces la había sostenido.
—No necesito un guardián. Y mucho menos un dueño.
Las palabras cayeron con un peso que ninguno de los dos pudo ignorar. Rayan dio un paso atrás, herido por dentro, y se obligó a callar.
Darius, en cambio, sonrió. Había algo en su expresión que descolocaba a todos: no era burla, ni arrogancia, sino una genuina admiración.
—Eso me gusta de ti —murmuró, lo bastante bajo para que solo ella lo escuchara.
Meissa lo ignoró. O al menos fingió hacerlo, aunque su corazón dio un vuelco que no quiso admitir.
La tarde se apagó lentamente, y con ella la ciudad de Eryden fue quedando en silencio. Cuando cayó la noche, cada raza había regresado a su sector, obedeciendo las estrictas reglas que mantenían la frágil paz. El muro se alzaba en medio, imponente e infranqueable bajo la luz plateada de la luna. Sus sombras parecían alargarse como guardianes silenciosos, recordando a todos cuál era su lugar.
Meissa, sin embargo, no podía dormir. Daba vueltas en la cama, inquieta, con la mente saturada por las discusiones, las miradas y las palabras que no se atrevía a analizar. Finalmente, incapaz de soportar el encierro, tomó una chaqueta ligera y salió de su casa.
Sus pasos la llevaron hasta el parque cercano al muro. El aire nocturno estaba impregnado del aroma fresco de los árboles, y el viento agitaba las ramas suavemente, como si también quisiera susurrarle secretos. Se sentó en un banco de madera, con la vista fija en las luces rojizas que brillaban al otro lado de la frontera. La distancia parecía corta, pero a la vez infinita.