Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 11 – Ecos del Pasado

El viento seguía soplando suavemente en el parque, y Meissa permanecía sentada frente a Darius, con el muro como testigo mudo. La noche estaba tan clara que la luna parecía iluminar solo para ellos. El resplandor plateado caía sobre el césped húmedo, sobre las ramas que se mecían apenas y sobre las piedras del muro, que devolvían el brillo como si fueran guardianes antiguos observando en silencio. El ambiente estaba impregnado de una calma extraña, una calma que pesaba, como si en cualquier momento algo pudiera quebrarla.

—Aún no me acostumbro a la idea —dijo Meissa, rompiendo el silencio que hasta entonces solo había estado acompañado por el crujido de las hojas arrastradas por el viento—. Vampiros viviendo entre nosotros, caminando bajo el sol con esos talismanes… y sobreviviendo sin una sola gota de sangre humana, sino con sangre falsa que llaman Sangre Carmesí.

Mientras hablaba, su voz sonaba firme, pero en el fondo llevaba impregnada una mezcla de incredulidad y fascinación. Era como si sus propias palabras trataran de convencerse de que todo aquello era real, aunque parte de ella aún lo sintiera como un sueño extraño.

Darius bajó la mirada hacia el suelo, el rostro parcialmente cubierto por la sombra que proyectaba el muro. Sus dedos rozaban distraídamente el anillo en forma de rosa que llevaba siempre, como si aquel objeto guardara secretos que nadie más conocía. El gesto parecía automático, una costumbre adquirida en momentos de tensión o de pensamientos demasiado profundos.

—No es tan simple como parece. —Su voz fue suave, pero cargada de un matiz amargo—. Esa sangre falsa que mencionas… no es más que un sustituto. Un alivio pasajero. No nos quita el hambre, solo la engaña.

Meissa frunció el ceño, observándolo con atención. Había sinceridad en su tono, pero también un peso invisible que se percibía en sus palabras.

—Entonces, ¿cómo lo soportan? —preguntó ella, con la curiosidad sincera de quien quiere comprender lo que hasta ese momento parecía un misterio insondable.

Él dejó escapar una risa amarga, corta, sin alegría. El sonido retumbó en el silencio del parque como un eco de algo roto.

—Con disciplina. Y con miedo. —Sus ojos se entrecerraron apenas, y por un instante se vislumbró un destello rojo en su mirada—. Porque si uno de los nuestros cayera en la tentación… el pacto con los humanos se rompería. Y eso sería el fin de todo lo que hemos construido.

Hubo un silencio cargado después de esas palabras. El aire mismo parecía haberse vuelto más denso. El murmullo del viento dejó de ser un simple sonido y se transformó en un acompañamiento inquietante a la confesión de Darius. Meissa lo miró con curiosidad y cierta compasión, como si al fin entendiera que detrás de esa calma arrogante que proyectaba había una carga que pocos podrían soportar.

—Debe ser difícil vivir con esa carga —murmuró ella, casi con un suspiro.

Darius levantó los ojos. En ellos brilló un destello distinto, más íntimo, como si estuviera a punto de compartir algo que no debía, algo que había permanecido guardado mucho tiempo en las profundidades de la memoria.

—Existe una historia… —dijo en un tono más bajo, como quien revela un secreto a medias—, una leyenda antigua que los ancianos solían contar. Habla de la Fruta de Luna de Sangre.

Meissa inclinó la cabeza, intrigada, el corazón latiéndole un poco más rápido. La forma en que él lo dijo, con ese énfasis apenas perceptible, le indicó que no era un simple cuento, aunque intentara disfrazarlo como tal.

—¿Fruta de Luna de Sangre? —repitió, degustando las palabras, como si el sonido de ellas mismas despertara un eco lejano en su interior.

—Dicen que florece una vez cada cien años, bajo la luna más roja del siglo. —Darius hablaba con voz lenta, casi hipnótica, mientras sus ojos parecían mirar algo que estaba mucho más allá de aquel muro—. Y que su néctar puede dar a un vampiro la fuerza de mil generaciones sin necesidad de una sola gota humana. —Una sonrisa tenue, casi irónica, curvó sus labios—. Pero claro, son solo cuentos. Nadie ha visto jamás esa fruta.

Meissa no pudo evitar estremecerse. La idea le pareció tan imposible como aterradora.

—¿Y si no fuera un mito? ¿Y si existiera de verdad? —preguntó con voz temblorosa, aunque firme, como si en el fondo ella misma quisiera creer en aquella posibilidad.

Darius la observó detenidamente, con esa intensidad que siempre parecía atravesarla y desnudar sus pensamientos más ocultos.

—Entonces cambiaría todo. —Su voz se volvió más grave—. Seríamos libres. Y podríamos seguir consumiendo la Sangre Carmesí otros siglos más.

Las palabras quedaron flotando en el aire, tan densas como el mismo silencio. Meissa desvió la mirada hacia la luna, que en ese momento parecía más grande, más cercana, como si escuchara aquella conversación prohibida. Imaginó aquella fruta imposible: un fruto rojo y brillante, latente como un corazón. Parte de ella sabía que no era solo un cuento… que quizás el destino la pondría tarde o temprano frente a esa verdad, aunque ni ella misma supiera cómo o cuándo.

La noche se estiró un poco más en su quietud, hasta que las estrellas parecieron parpadear con impaciencia. Ninguno de los dos habló de nuevo, como si las palabras ya no fueran suficientes para llenar lo que se había revelado.

La mañana siguiente, el Instituto Central de Eryden retomaba su rutina con la falsa calma de siempre. Estudiantes caminaban por pasillos separados por rejas, fingiendo que todo era normal. Pero los rumores seguían flotando como un humo invisible: comentarios susurrados, miradas cargadas de sospecha, el peso de lo que se había visto en la cafetería días atrás.

Darius avanzaba por el pasillo de los vampiros con paso firme y silencioso, como un depredador seguro de sí mismo. Sin embargo, su mente aún regresaba al parque, a las palabras que había compartido con Meissa y al eco de aquella leyenda que jamás debería haber revelado.



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En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 13.03.2026

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