El timbre del receso resonó en todo el Instituto Central de Eryden, extendiéndose como un eco metálico que hacía vibrar cada rincón del edificio. Las puertas de las aulas se abrieron con brusquedad, y enseguida los pasillos se vieron invadidos por una corriente de estudiantes que avanzaban con pasos apresurados, empujándose unos a otros, llenando el aire con un murmullo incesante de voces y risas nerviosas.
Algunos corrían hacia la cafetería, buscando los mejores asientos antes de que se llenara; otros se quedaban dispersos en los pasillos, apoyados contra las paredes o sentados sobre las escaleras, compartiendo rumores, comentando lo ocurrido los últimos días o simplemente disfrutando del bullicio propio de la hora libre. La mezcla de aromas a comida, desinfectante y metal de las rejas se intensificaba en el ambiente, como un recordatorio constante de que aquel instituto no era como cualquier otro.
En medio de esa marea de pasos y voces, Meissa decidió apartarse. No tenía ganas de enfrentar miradas curiosas ni de escuchar las mismas preguntas disfrazadas de chismes que ya la habían agotado en los días anteriores. La cafetería, abarrotada y vigilada, no era un lugar donde pudiera relajarse. Tampoco los pasillos, donde los comentarios se deslizaban como cuchillas escondidas entre palabras.
Por eso, sin decirle nada a nadie, giró en dirección contraria a la mayoría y se dirigió hacia el campo de deportes.
Allí, el ambiente era completamente distinto. El silencio, apenas roto por el murmullo lejano de las conversaciones que venían desde los edificios principales, le ofreció un respiro. El campo estaba vacío, desierto bajo la luz intensa del sol que caía con fuerza sobre la hierba bien cuidada y sobre las gradas metálicas que reflejaban destellos plateados.
Meissa avanzó despacio, disfrutando del contraste. El aire allí se sentía más libre, menos cargado. Caminó hasta la grada más baja, se acomodó en uno de los escalones y, tras soltar un largo suspiro, sacó su cuaderno. El simple gesto de abrirlo ya le traía calma.
La punta del lápiz se movió con suavidad, primero como un garabato, luego con más precisión. En el centro de la hoja comenzó a delinear un círculo perfecto, un contorno limpio que pronto tomó forma de luna llena. Había algo hipnótico en ese símbolo, algo que la atraía una y otra vez. La luna, aunque solo existiera en el papel, parecía irradiar un brillo propio que la envolvía, alejándola de todo lo demás.
El roce del grafito sobre el papel llenaba el silencio. Su respiración se acompasaba al ritmo del dibujo. Por un momento, fue como si el mundo entero se redujera a ese trazo.
—Siempre dibujas cuando quieres escapar del ruido, ¿verdad?
La voz masculina, grave y cercana, quebró el instante como una piedra lanzada sobre el agua. Meissa dio un sobresalto, apretando el cuaderno contra sí mientras giraba rápidamente.
Allí, apenas a unos pasos, se alzaba la figura imponente de Kaisser. Su sombra se proyectaba sobre ella, alargándose por la grada bajo la luz del sol. El contraste entre la claridad del día y sus ojos dorados era tan fuerte que parecía que esos ojos brillaban con luz propia, como brasas encendidas en medio de un fuego invisible. Su postura era relajada, con las manos en los bolsillos, pero la intensidad de su mirada transmitía algo mucho más profundo.
—¿Desde cuándo me espías? —preguntó Meissa, intentando sonar irónica mientras alzaba una ceja.
Kaisser esbozó una leve sonrisa, y en ella apareció apenas un destello de colmillos, un recordatorio de lo que era en realidad.
—No te espío —respondió, con voz tranquila—. Solo te observo… desde hace mucho tiempo.
La frase la desconcertó. Durante un segundo, Meissa no supo si se trataba de una broma extraña o si hablaba en serio. Quiso ocultar su sorpresa con frialdad.
—¿Qué significa eso?
Kaisser bajó la mirada hacia el cuaderno, donde la luna llena recién dibujada parecía reclamar protagonismo. Su expresión se volvió más seria, casi melancólica.
—Que ya nos conocíamos antes de todo esto. Antes de muros, antes de talismanes, antes de que supieras siquiera que existían vampiros y lobos caminando entre humanos.
Meissa lo miró con escepticismo, frunciendo el ceño.
—Lo dudo mucho. Estoy segura de que recordaría haberte visto.
El joven lobo negó suavemente con la cabeza. Sus ojos brillaron con un matiz de nostalgia.
—No me recuerdas porque entonces yo no era como ahora. Era más pequeño… y mucho más vulnerable.
La curiosidad se encendió en Meissa, aunque todavía no quería admitirlo.
—¿Qué estás tratando de decirme?
Kaisser dio un paso más cerca. Su sombra la envolvió casi por completo, y se inclinó lo suficiente para que su voz se convirtiera en un murmullo grave, cargado de un peso que parecía atravesar el tiempo.
—Tenías ocho años. Había confusión en la ciudad… un cachorro de lobo apareció entre las calles y la gente se asustó. Los ciudadanos creyeron que era un monstruo. Querían matarlo antes de que pudiera transformarse.
Las palabras la golpearon como un eco lejano que removía algo dormido en su memoria. Los ojos de Meissa se abrieron con sorpresa. De pronto, un recuerdo borroso comenzó a agitarse en su mente: voces gritando, piedras lanzadas contra un rincón oscuro, un pequeño animal acorralado contra una pared. Y ella, una niña aún más pequeña, interponiéndose entre la multitud y el cachorro, con lágrimas en los ojos y la voz quebrada gritando que no le hicieran daño.
—Yo… lo recuerdo —susurró, llevándose una mano a la boca—. Nadie quería escucharnos. Decían que un lobo en la ciudad era peligroso… que había que acabar con él.
Kaisser asintió lentamente, sin apartar la vista de ella.
—Ese cachorro era yo, Meissa.
El aire entre los dos pareció detenerse. Un silencio absoluto, tan denso que incluso el canto de los pájaros alrededor pareció desvanecerse. El corazón de ella dio un vuelco, como si de pronto todo el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.