Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 14 – Sombras en la Sangre

La tarde había caído sobre Eryden con un aire extraño, como si la ciudad entera respirara más lenta, aguardando un secreto que estaba por revelarse. El cielo se teñía con un matiz rojizo que parecía presagio, y las nubes, alargadas como cicatrices, permanecían quietas, observando desde lo alto el movimiento apresurado de los ciudadanos. Las farolas comenzaban a encenderse poco a poco, arrojando destellos amarillentos que apenas lograban disipar la penumbra que iba creciendo en los callejones.

Tras despedirse de Lariza y Sonya, Meissa tomó un desvío que la condujo hacia el corazón de la ciudad: la antigua biblioteca central. Había algo en aquel lugar que la llamaba, como un susurro en la memoria, una sensación de que allí, entre sus muros cargados de historias, podría hallar alguna respuesta al torbellino de dudas que la acompañaba desde su encuentro con Darius.

El edificio, de piedra gris y ventanales altos, parecía un guardián de siglos de conocimiento. Las gárgolas en su fachada, erosionadas por la lluvia y el tiempo, miraban hacia la calle como centinelas inmóviles, y las puertas, de madera oscura, se alzaban con un peso solemne que imponía respeto. Cuando Meissa empujó una de ellas, un crujido profundo resonó como un lamento antiguo, y de inmediato escapó hacia el exterior un aroma denso: papel envejecido, polvo acumulado y un rastro tenue de cera consumida. Para otros, aquello sería sofocante, pero para ella era un perfume extraño y acogedor, como si el aire mismo estuviera cargado de secretos que aguardaban ser descubiertos.

Caminó entre los pasillos interminables, iluminados tenuemente por lámparas que chisporroteaban. Sus dedos, al rozar los lomos de los libros, parecían captar un pulso vivo, un murmullo de voces olvidadas. El eco de sus pasos se mezclaba con el crujido de la madera, y cada sombra que se deslizaba entre los estantes al moverse la hacía girar con cierta inquietud, aunque no encontraba a nadie más en aquel silencio solemne.

Se dirigió directamente a la sección de mitología y leyendas, donde los tomos más viejos se apilaban en estantes que apenas resistían el peso del tiempo. Muchos tenían cubiertas rotas, páginas amarillentas y olor a humedad, como si el pasado se negara a soltar sus fragmentos. Fue allí donde sus ojos se detuvieron en un ejemplar encuadernado en cuero negro, cuyo título, escrito en letras doradas apenas legibles, rezaba: Relatos Antiguos de Eryden y sus Alrededores.

El libro pesaba más de lo que aparentaba, como si llevara consigo la carga de las verdades que ocultaba. Meissa lo sostuvo con ambas manos y se dirigió a una mesa apartada, junto a una lámpara de aceite que ardía con una llama inestable. La luz bañaba la mesa en un resplandor anaranjado, arrojando sombras que se estiraban hacia el suelo como dedos inquietos.

Con un suspiro, abrió el tomo y comenzó a hojearlo. Al principio, encontró solo historias repetidas, fábulas que había escuchado antes: relatos de lobos bajo la luna, de vampiros condenados a vagar en la oscuridad eterna, de humanos que erigían muros con desesperación para protegerse de aquello que no comprendían. Las palabras parecían danzar en un lenguaje poético, cargado de advertencias y metáforas.

Pero tras varias páginas, sus ojos se detuvieron en un fragmento apenas legible, escrito en un dialecto arcaico que exigía esfuerzo para descifrarlo. La tinta, desvanecida por el paso de los siglos, aún conservaba la fuerza de su advertencia:

“Cuando la luna de sangre caiga sobre los cielos, florecerá el fruto prohibido.
Solo aquellos que lo encuentren beberán fuerza y poder,
más pagarán un precio eterno.”

Meissa frunció el ceño, inclinándose hacia la página como si quisiera arrancarle más respuestas.

—Fruto prohibido… Luna de Sangre… —susurró, apenas audible, como si temiera que las paredes pudieran oírla—. ¿Realmente existe?

Su corazón comenzó a latir más rápido, golpeando contra su pecho con un ritmo que le impedía respirar con calma. La descripción coincidía con lo que Darius le había revelado en aquel encuentro nocturno. No era una invención para manipularla, ni un cuento para asustarla. Había registros, aunque ocultos y velados por el misterio, suficientes para sembrar en ella una mezcla de temor y esperanza.

Cada palabra que leía abría más preguntas: ¿qué precio era ese del que hablaban los antiguos?, ¿dónde florecía aquel fruto prohibido?, ¿cómo era posible que nadie lo hubiera visto en siglos? Cerró los ojos un instante, apoyando la frente en su mano, intentando ordenar el torbellino en su mente. Una parte de ella deseaba creer que eran solo símbolos, metáforas que los antiguos habían usado para dar lecciones. Pero otra, más fuerte, más instintiva, sabía que detrás de esas líneas se escondía una verdad. Y esa verdad la arrastraba inevitablemente hacia Darius.

Mientras tanto, en el sector de los vampiros, la tensión tenía un rostro muy distinto.

En una sala amplia y sombría, iluminada apenas por candelabros de hierro que proyectaban un resplandor rojizo, Darius se mantenía de pie frente a un trono tallado en obsidiana. Las columnas, altas y agrietadas, parecían sostener un techo demasiado pesado, y el aire estaba cargado de un silencio denso, solo roto por el chisporroteo de las llamas. En el trono, con porte imponente, se encontraba su padre: Lord Valerius Veyron, líder indiscutible del clan vampírico de Eryden.

La mirada de Valerius, de un rojo encendido, era un fuego contenido. Sus ojos parecían atravesar no solo la voluntad, sino el alma misma de quien se atreviera a enfrentarlo. El silencio que se extendió tras su presencia era tan opresivo que cada segundo se sentía eterno.

—Me han llegado rumores, Darius —comenzó Valerius, con voz grave, una voz que retumbaba en las paredes como un trueno contenido—. Rumores de que has estado relacionándote con una humana.

Darius no respondió de inmediato. Sus manos permanecían a los costados, los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se tornaban blancos. Su mirada estaba fija en el suelo, pero en su interior un torrente de pensamientos lo agitaba: recuerdos de Meissa, de su risa, de sus ojos que no temían, de la calma que encontraba en su presencia.



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En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 13.03.2026

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