Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 16 – Más allá del Muro

El murmullo del bosque parecía desvanecerse mientras Meissa y Darius permanecían en el bosque, el libro aún entre ellos como un testigo silencioso. El aire se había vuelto más denso, cargado de un silencio expectante, como si hasta los pájaros hubieran decidido callar para no interrumpir aquel momento que parecía suspendido en otra dimensión. Habían hablado de la fruta de Luna de Sangre, de leyendas y secretos que parecían envolverlos en un hilo invisible, pero poco a poco el tema giró hacia algo más tangible: el muro, esa barrera que siempre había marcado un límite, una frontera que separaba mundos enteros y que, sin embargo, ejercía sobre ellos un magnetismo innegable.

—¿Nunca te has preguntado qué hay del otro lado? —preguntó Darius, con un destello en los ojos, un brillo inquietante que parecía contener tanto curiosidad como peligro. Su voz era baja, casi un susurro, pero se expandió entre los árboles como un eco prohibido.

Meissa lo miró fijamente, intentando leer en esa mirada lo que había más allá de sus palabras. Sabía que la pregunta no era banal, que ocultaba un trasfondo mayor, un deseo latente que pocas veces se permitía expresar.

—Claro que lo he hecho —respondió ella con sinceridad, sin apartar los ojos de él—. Desde niña he soñado con verlo todo… los sectores que están prohibidos. La ciudad de los lobos, la ciudad de los vampiros. Todo aquello que nos dijeron que no debía ser visto. Pero ya sabes lo que dicen: los muros no están para saltarlos.

Su voz tembló levemente al final, no por miedo, sino por la intensidad de la confesión. Desde pequeña había sentido que esos muros no eran simples construcciones, sino jaulas disfrazadas de protección.

Darius sonrió con ironía, como si aquellas palabras despertaran en él un eco similar de rebeldía. Sus labios se curvaron apenas, pero sus ojos, rojos y profundos, ardieron con un fuego difícil de disimular.

—Eso lo dicen los que no tienen el valor de mirar más allá —dijo con calma, pero cada sílaba cargaba una provocación, como si quisiera retarla, empujarla hacia un borde del que sabía que no podría retroceder.

Ella arqueó una ceja, intrigada y, a la vez, divertida por el atrevimiento. Había algo en su manera de hablar que siempre la arrastraba, que la obligaba a pensar en cosas que nunca se hubiera permitido por sí sola.

—¿Y tú qué propones? —replicó con una mezcla de burla y seriedad—. ¿Que vaya y toque las puertas de tu sector para que me devoren viva?

El vampiro no respondió de inmediato. Su silencio fue más elocuente que cualquier palabra. Bajó la mirada un instante hacia su propia mano, donde brillaba tenuemente un anillo de plata. Era un talismán en forma de rosa oscura, cuyos pétalos afilados recordaban a espinas de metal forjadas con un propósito más grande que la simple estética. Lo giró lentamente en su dedo, como si dudara, como si en su interior hubiera una lucha entre lo que debía y lo que quería hacer.

Finalmente, en un gesto que le pareció casi solemne, lo sacó y lo extendió hacia ella. El brillo frío de la plata reflejó un destello de la luna que se filtraba entre los árboles.

—Con esto, podrías entrar —dijo con voz firme, mirándola a los ojos—. Pasarías desapercibida. Nadie sospecharía que eres humana.

Meissa lo observó con asombro, con los labios entreabiertos y el corazón golpeando con fuerza en su pecho. Aquel objeto parecía mucho más que un simple anillo. Era una llave, una promesa, una condena. No se atrevió a tomarlo de inmediato.

—¿Quieres que me disfrace de vampira? —preguntó, casi en un susurro, como si temiera que el bosque mismo pudiera escucharla.

—No es un disfraz —aclaró Darius con seriedad, su voz cargada de un matiz solemne—. El anillo te cubrirá con un manto de nuestra esencia. Tu piel se volverá más pálida, tus ojos se oscurecerán y hasta tus colmillos se dejarán ver. Mientras lo lleves, serás una de nosotros.

El aire entre ambos se tensó. Meissa tragó saliva, intentando procesar lo que eso significaba. El solo hecho de pensarlo la estremecía, un escalofrío recorrió su espalda como una caricia helada, pero, al mismo tiempo, la idea la llenaba de una emoción vertiginosa, como si estuviera a punto de dar un salto al vacío.

—¿Y si me descubren? —preguntó, con voz apenas audible.

Darius dio un paso más cerca, tan cerca que ella pudo sentir el frío característico que emanaba de su presencia. No era un frío desagradable, sino uno que parecía reclamar el calor ajeno para sí, un contraste que le erizó la piel.

—Yo estaré contigo —respondió en un tono grave, decidido—. Nadie se atreverá a tocarte.

El silencio que siguió fue roto solo por el canto lejano de un búho, un sonido que reforzó la atmósfera de misterio y presagio. El corazón de Meissa latía como un tambor desbocado, cada golpe resonando en su cabeza como si le recordara que aún estaba viva, que aún podía elegir. Finalmente, con una respiración entrecortada, extendió la mano y aceptó el anillo.

Apenas lo deslizó en su dedo, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, desde las manos hasta los pies. La piel se le erizó, el corazón golpeó con fuerza, y de pronto el mundo pareció cambiar de tonalidad. Sus ojos reflejaron un carmesí tenue, su piel se volvió traslúcida bajo la luz lunar y sintió, con sorpresa y miedo, la presión de unos colmillos que apenas asomaban bajo sus labios.

—Increíble… —susurró, tocándose la boca con cuidado, como si temiera romper el hechizo.

Darius sonrió, satisfecho, pero también consciente de lo que aquello implicaba. Había dado un paso peligroso al entregarle ese anillo, y, sin embargo, no se arrepentía.

—Bienvenida a mi mundo, Meissa.

Juntos caminaron hacia el muro. El corazón de la joven palpitaba con una fuerza brutal, como un tambor que anunciaba el inicio de una guerra. Cada paso se sentía como un desafío a todas las reglas que le habían inculcado desde la infancia. Estaba cruzando una línea prohibida, y lo sabía.



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En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 19.06.2026

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