El silencio gélido de las calles acompañaba cada paso de Meissa y Darius. Cada sombra parecía alargarse sobre el empedrado húmedo, y el eco de sus propios pasos reverberaba con un ritmo que la hacía sentir como si estuviera cruzando un espacio atemporal. El libro, envuelto en un trozo de tela oscura, descansaba en las manos de la chica como un secreto que ardía en llamas, tan vivo que parecía marcar el pulso de la noche misma.
A cada esquina que doblaban, Meissa no podía dejar de mirar el entorno. Las farolas antiguas chisporroteaban con llamas azuladas, proyectando destellos que bailaban sobre las paredes cubiertas de enredaderas negras, cuyas hojas parecían susurrar secretos al viento. Los balcones de hierro estaban cubiertos de filigranas que reflejaban la luz de manera fantasmal, y el aroma del ambiente era una mezcla inusual: dulce, casi metálico, con un toque de humedad que recordaba a las piedras y al musgo de la ciudad vieja.
Darius hablaba poco, pero en su andar transmitía seguridad. Cada movimiento suyo parecía medir el espacio, cada sombra que cruzaba a su lado parecía someterse a su control. Era como si cada calle, cada rincón de la ciudad, le perteneciera y conociera sus secretos mejor que cualquiera. Meissa lo observaba con fascinación, notando cómo su postura emanaba autoridad sin necesidad de palabras, y cómo su aura parecía extenderse más allá de lo visible.
De pronto, dos figuras se materializaron entre los callejones estrechos, emergiendo de la penumbra con movimientos sigilosos. Sus pasos eran tan ligeros que apenas resonaban sobre el empedrado. Meissa se tensó al instante, un escalofrío recorriéndole la espalda. Reconoció por la postura de Darius que eran amigos cercanos de él, aquellos que lo acompañaban en la escuela y que ahora parecían surgir de la noche misma.
—Darius —dijo uno de ellos, un joven de cabello azabache y mirada penetrante, con un brillo que parecía evaluar a cada intruso—. ¿Quién es ella?
El otro, de porte más robusto y sonrisa apenas insinuada, ladeó la cabeza con curiosidad, su mirada midiendo cada gesto, cada respiración.
—No la hemos visto antes. ¿Es nueva en el clan? —preguntó con cierto tono de desconfianza.
El corazón de Meissa se detuvo por un instante. Su respiración se aceleró, y temió que el anillo no fuera suficiente para protegerla. Cada fibra de su ser estaba alerta, consciente de que bastaba un descuido para que todo terminara de forma catastrófica. Sin embargo, Darius reaccionó con la calma imponente de un líder, erigiéndose con seguridad y transmitiendo autoridad con cada palabra.
—Es mi prima lejana —respondió sin dudar, con un tono firme y autoritario—. Llegó hace poco del distrito del norte. Aún se está acostumbrando al cambio, y no necesita que la molesten.
Los dos vampiros se miraron entre sí, intercambiando gestos de desconfianza. Uno de ellos frunció el ceño, como evaluando la credibilidad de la declaración de Darius.
—Curioso. Jamás escuchamos de parientes tuyos —murmuró, y su voz llevaba un filo de sospecha.
—Y así debe seguir siendo —cortó Darius, con una chispa de amenaza en los ojos—. ¿Acaso tengo que dar explicaciones de mi sangre?
El silencio cayó como un peso entre ellos, pesado y opresivo, cargado de tensión. Finalmente, los dos vampiros bajaron la mirada, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto y reconocimiento de la autoridad de Darius.
—Por supuesto que no. Disculpa, Darius —dijeron al unísono, aunque sus miradas seguían evaluando a Meissa.
Se alejaron sin más, desapareciendo entre las sombras de los callejones, pero Meissa sintió sus miradas clavadas en su espalda hasta que doblaron la esquina. Solo entonces soltó el aire que había estado conteniendo, un suspiro que mezclaba alivio con la sensación de peligro superado.
—Eso estuvo cerca —susurró, llevándose una mano al pecho, como intentando recuperar el ritmo de su corazón.
Darius la miró con una media sonrisa, su expresión mezcla de diversión y advertencia.
—Relájate. Mientras uses ese anillo, nadie sospechará lo que eres. Pero tienes que recordar: aquí, una mentira puede salvar tu vida.
El recorrido continuó, y la ciudad parecía transformarse ante sus ojos. Cada callejón estaba impregnado de magia antigua y misterio. Darius decidió llevarla al corazón del distrito, donde los puestos de comida se alineaban en una plaza iluminada por antorchas mágicas que emitían un resplandor rojo y azul al mismo tiempo. El lugar estaba lleno de aromas extraños, una mezcla de hierbas desconocidas y líquidos que humeaban, y los murmullos de los vampiros formaban un murmullo constante, como un río invisible de vida nocturna.
No había carne, ni panes, ni vegetales como en la ciudad humana. En su lugar, había frascos con líquidos rojizos, burbujas oscuras que parecían moverse por sí mismas, y, sobre todo, una fruta que llamó poderosamente la atención de Meissa. Era una manzana oscura, de un rojo profundo como sangre coagulada, con vetas negras que recorrían su piel con un patrón casi hipnótico. Los vendedores la ofrecían con manos enguantadas, y los vampiros que la compraban la mordían con devoción, como si se tratara de un manjar sagrado.
—¿Qué es eso? —preguntó Meissa, deteniéndose frente a un puesto y observando cada detalle con los ojos abiertos de par en par.
Darius tomó una de las frutas y se la mostró de cerca, pasando sus dedos por su superficie con delicadeza, como si tocarla fuera un acto de veneración.
—La llamamos manzana de la mordida sangrienta. Aunque entre nosotros es más común decirle manzana de sangre eterna.
Meissa arqueó una ceja, intrigada.
—¿Una fruta… que sabe a sangre?
—Más que eso —respondió él, mientras pasaba el pulgar sobre la superficie rojiza—. Hace siglos, cuando los primeros vampiros nacieron en Eryden, no podían sobrevivir sin humanos. Para evitar guerras interminables, usaron magia prohibida: mezclaron gotas de sangre humana con un ritual de la luna y lograron que un árbol diera fruto. Así nació esta manzana. Desde entonces, se cultiva en los alrededores del distrito, alimentando a nuestro pueblo y evitando que los humanos fueran nuestra única fuente de sustento.