El recorrido por el distrito vampírico había dejado a Meissa con la mente agitada. Cada rincón, cada sombra, cada susurro que rondaba las calles parecía esconder un secreto mayor al anterior. Cada paso que daba resonaba con un eco sutil, como si las piedras mismas susurraran historias de tiempos remotos y oscuros. Aun así, la fascinación había eclipsado el miedo: por primera vez, había visto un mundo que hasta ese momento solo existía en rumores y leyendas. Los edificios góticos se alzaban con torres que tocaban un cielo que parecía siempre crepuscular, y cada ventana emitía una luz tenue que dibujaba sombras imposibles sobre el empedrado.
Sin embargo, mientras caminaban de regreso hacia la muralla que separaba los territorios, Darius alzó la mirada hacia el cielo oscuro, sus ojos reflejando un brillo carmesí que se mezclaba con la penumbra de la noche. Una campanada profunda resonó a lo lejos, seguida por un eco metálico que retumbó por todo el distrito, reverberando en los muros de piedra y haciendo vibrar las puertas cerradas de las antiguas casas.
Meissa se detuvo, el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Qué fue eso? —preguntó con voz temblorosa, sus ojos recorriendo cada callejón, cada rincón oscuro.
Darius frunció el ceño, su rostro tenso bajo la luz de las farolas mágicas.
—Es la señal. La puerta está por cerrarse.
Ella se tensó, mirando alrededor con nerviosismo creciente.
—¿La puerta? ¿Quieres decir… la que conecta con la ciudad humana?
Él asintió con calma, aunque en sus ojos brillaba cierta urgencia, un destello de preocupación que ella solo alcanzaba a percibir en momentos como este.
—Exacto. El muro tiene un mecanismo controlado por los guardias del clan. Se cierra todas las noches a la misma hora, para evitar que vampiros no registrados crucen hacia la ciudad humana y causen problemas. Una vez que se bloquea, nadie puede pasar hasta la mañana siguiente.
El corazón de Meissa dio un brinco, golpeándole el pecho con fuerza.
—¿Y cuánto tiempo tenemos? —preguntó, el miedo mezclándose con la adrenalina.
—Diez minutos, tal vez menos —respondió él, acelerando el paso con movimientos precisos y seguros.
La muchacha lo siguió con el libro apretado contra el pecho. Las calles parecían aun tranquilas, como si los habitantes del distrito no notaran la señal que había resonado en toda la ciudad. La luz azulada de las farolas parecía danzar sobre sus rostros, proyectando sombras que se movían al compás de sus pasos.
—¿Y qué pasa si alguien se queda atrapado aquí? —preguntó Meissa, sintiendo un nudo en la garganta.
Darius la miró de reojo, sus ojos cargados de advertencia.
—Si eres humano… probablemente no vivirías para contarlo.
El silencio que siguió fue pesado, casi tangible, envolviendo a ambos en una tensión que parecía adherirse a su piel. Meissa apretó los labios y mantuvo el paso, obligándose a no mostrar miedo. Aunque la idea de quedar varada en el distrito vampírico la aterraba, se negaba a que Darius lo notara, consciente de que cualquier señal de debilidad podría complicar la situación.
Llegaron finalmente al muro. Era imponente: de piedra negra, con símbolos tallados que brillaban débilmente con un resplandor carmesí, como si la propia muralla estuviera viva, reconociendo a quienes se acercaban. Frente a la gran puerta metálica, cuatro guardias del clan esperaban con armaduras oscuras y lanzas forjadas en acero negro. Sus rostros eran severos, sin emoción alguna, y sus miradas parecían penetrar cualquier secreto.
Uno de ellos levantó la voz apenas los vio acercarse, su tono resonando como un trueno en la quietud de la noche.
—¡La puerta está a punto de cerrarse! ¡Nadie más puede pasar!
Meissa se detuvo en seco, con el corazón golpeándole las costillas como un tambor de guerra. Los guardias la miraban fijamente, como si pudieran atravesar el anillo que la protegía y descubrir lo que era en realidad, cada mirada un filo invisible que amenazaba con desvelar su secreto.
Pero Darius avanzó sin vacilar, erguido y seguro.
—Ella está conmigo.
Los guardias intercambiaron miradas tensas. Uno de ellos dio un paso al frente, la lanza reflejando la luz carmesí de los símbolos del muro.
—Darius, las órdenes del líder son claras. Nadie más cruza una vez que la señal ha sonado.
—¿Y desde cuándo mis órdenes valen menos que las suyas? —replicó Darius con firmeza. Su voz era cortante, autoritaria, cargada de un peso que parecía imposible de contradecir—. Soy su hijo. Tengo el derecho de abrir y cerrar esta puerta siempre que lo desee, y lo saben.
El ambiente se tensó al máximo. Por un instante, Meissa pensó que los guardias se interpondrían, pero finalmente se hicieron a un lado con un movimiento rígido, bajando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Hazlo rápido, príncipe —gruñó uno de ellos, el eco de sus palabras resonando en la muralla.
Darius posó la palma de su mano sobre los símbolos tallados en la puerta. Estos comenzaron a brillar con una luz roja más intensa, como si reconocieran su sangre y respondieran a su linaje. Con un crujido metálico profundo, la gran puerta se abrió lentamente, revelando la oscuridad del otro lado del muro, un espacio que parecía contener el aire de un mundo paralelo, cargado de misterio y peligro.
Meissa lo siguió con pasos apresurados, la respiración agitada por la mezcla de adrenalina y miedo. Sentía las miradas de los guardias clavadas en su espalda, como cuchillas listas para atravesarla si llegaban a descubrirla. Cada paso hacía que su corazón se acelerara, cada sonido parecía amplificarse, desde el roce de sus botas sobre el empedrado hasta el murmullo de la brisa nocturna.
Al cruzar, Darius extendió una mano para ayudarla a bajar del último escalón de piedra, un gesto que combinaba fuerza y cuidado.
—Llegamos justo a tiempo —dijo, su voz firme y segura.
Ella lo miró, aún con el corazón acelerado, y una mezcla de alivio y temor se reflejaba en su rostro.
—Si no fueras tú, no lo habría logrado… ¿verdad?