Orígenes de Sangre. El Clan Oculto

Capítulo 19 – Cruce de Miradas

La noche se había vuelto silenciosa después de que la gran puerta del muro se cerrara. El aire estaba cargado de un misterio casi palpable, y la luz de la luna se filtraba entre las copas de los árboles cercanos, dibujando sombras alargadas sobre el suelo. Meissa, aún con el corazón latiendo fuerte, giró el anillo que brillaba tenuemente en su dedo. El resplandor carmesí se apagó en cuanto lo deslizó fuera de su mano, y en un suspiro regresó a su forma humana. Su piel perdió el pálido brillo artificial, los colmillos se desvanecieron y su respiración volvió a sentirse natural, acompasada con el murmullo distante del viento entre los árboles y el susurro lejano de la ciudad que dormía.

—Supongo que debo devolvértelo —dijo, tendiéndole el anillo a Darius, su voz apenas un hilo que parecía mezclarse con el susurro de la noche.

Él lo tomó con delicadeza, sus ojos oscuros reflejando algo que Meissa no logró descifrar: una mezcla de cautela, orgullo y un sutil aprecio que se asomaba detrás de la intensidad de su mirada.

—Ese anillo nunca había estado en manos de alguien fuera del clan —murmuró—. No lo olvides, Meissa.

Ella sonrió con timidez, un rubor leve asomando a sus mejillas bajo la luz de la luna.
—Gracias por confiar en mí… y por mostrarme tu mundo. Prometo seguir investigando lo que pueda sobre la fruta de luna de sangre. Tal vez encontremos una pista real.

Darius la observó en silencio por un momento. Luego inclinó la cabeza en señal de gratitud, un gesto breve pero lleno de significado.
—Y yo te agradezco por ayudarme con el libro. Quizás esa leyenda tenga más verdad de la que pensamos.

Ambos se quedaron quietos bajo la luz tenue de la luna, el tiempo pareciendo detenerse a su alrededor. Cada sombra, cada sonido lejano, cada parpadeo de las luces de la ciudad humana al otro lado del muro parecía amplificar la sensación de que aquel instante era único y frágil. Finalmente, Meissa se despidió con un gesto sutil y caminó hacia la ciudad humana, con la sensación de que el lazo entre ambos se había vuelto un poco más fuerte, una conexión silenciosa pero innegable que ninguna distancia podía romper.

A la mañana siguiente, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Los pasillos del instituto estaban repletos de estudiantes de las tres razas, divididos por las rejas de hierro que aún permanecían firmes y vigiladas, como un recordatorio constante de las fronteras que no debían cruzarse. Cada sector del edificio estaba cuidadosamente resguardado para evitar conflictos, y el murmullo de los estudiantes se mezclaba con el eco metálico de las puertas y la luz tenue que entraba por los ventanales altos.

En clase, Meissa intentaba concentrarse en sus apuntes, pero su mente seguía regresando a lo sucedido la noche anterior. El recuerdo del distrito vampírico, las frutas rojas colgando de los árboles oscuros, y el peso del anillo en su dedo se mezclaban con sus pensamientos, cada imagen grabada con una claridad que la sorprendía. La sensación de haber cruzado un límite prohibido aún flotaba en su pecho, como un murmullo constante que le recordaba que nada volvería a ser igual.

Llegó la hora del receso y, como de costumbre, todos se dirigieron a la cafetería. El ambiente estaba cargado de murmullos, conversaciones y el entrechocar de bandejas, creando una sinfonía caótica que contrastaba con la calma de la noche anterior. Los humanos ocupaban su sector, los lobos el suyo y los vampiros el propio, cada grupo inmerso en sus propias rutinas y costumbres, mientras Meissa caminaba entre ellos con una mezcla de curiosidad y cautela.

Meissa se sentó junto a Lariza y Sonya, aunque apenas probó su comida. Algo la obligó a levantar la mirada… y ahí estaba él. Darius, sentado en la parte del sector vampírico, hablaba con sus dos amigos, pero de pronto sus ojos se encontraron con los de ella. Fue un instante breve, una chispa silenciosa, pero suficiente para que un escalofrío recorriera a Meissa, un estremecimiento que mezclaba miedo, intriga y emoción contenida.

Incapaz de sostener aquella tensión, la chica bajó la mirada, se levantó de su asiento y murmuró una excusa rápida a sus amigas. Caminó hacia la salida de la cafetería, con el corazón latiéndole cada vez más fuerte, cada paso resonando en el suelo como un tambor que marcaba el pulso de su ansiedad.

Darius se percató de inmediato. Disimuladamente se puso de pie, ignorando las miradas curiosas de otros vampiros, y salió tras ella. Su andar era silencioso pero decidido, cada movimiento calculado para no llamar la atención, como un depredador que se mueve con precisión bajo la luna.

El aire fresco del campo de deportes la recibió cuando finalmente salió del edificio. Meissa respiró profundo, tratando de calmarse, sintiendo cómo el viento jugaba con su cabello y la envolvía con su frescura. No entendía por qué se sentía tan nerviosa: ¿acaso era miedo, intriga o algo más? Cada fibra de su cuerpo parecía vibrar con la presencia de Darius, con la mezcla de misterio y seguridad que emanaba de él.

Entonces escuchó pasos detrás de ella. La brisa los hizo más audibles, más cercanos, y su corazón se aceleró de nuevo.
—¿Huyendo de mí? —La voz de Darius cortó el silencio, grave y tranquila, llevando consigo una autoridad natural y un matiz de diversión contenida.

Meissa se giró lentamente, encontrándolo de pie a pocos metros. La brisa movía su cabello oscuro, y sus ojos, tan intensos como la noche misma, parecían leerla por completo, adentrándose en sus pensamientos y emociones más íntimas.

Ella tragó saliva, pero levantó la barbilla con firmeza, intentando que su postura transmitiera seguridad, aunque su corazón latiera desbocado.
—No estoy huyendo. Solo necesitaba aire.

Darius esbozó una media sonrisa mientras avanzaba hacia ella, cada paso seguro y medido, llenando el espacio entre ellos con una tensión que era a la vez eléctrica y silenciosa.
—Curioso… yo también.



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En el texto hay: destino, sombras, sobrenatural

Editado: 05.07.2026

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