Orión: la leyenda Orestes, príncipe de Caenus

Capìtulo 13

Mientras el hijo de las estrellas disfrutaba del paisaje desde el palacio de Manwa, sus compañeros aún permanecían en casa de Astrid. Los viajeros intentaban evitar a toda costa pensar en lo peor, pero sus esfuerzos por lograrlo eran en vano. Ya habían pasado varios días y no tenían señales de Orestes, así que, decidieron emprender su viaje al día siguiente. 

—¿Por qué no regresamos al Monte Torriden? —sugirió Batbayar —Tal vez esté en peligro.

Cuando los viajeros se levantaron de sus lugares en el césped, el transmisor de Astrid sonó. La mujer se apresuró a responder pues, podía tratarse del príncipe. 

—¡Señores! el hijo de las estrellas apareció —alertó Astrid al responder la llamada. 

Rápidamente, los viajeros se amontonaron detrás de la joven y escucharon a Orestes decir que estaba en el palacio de Manwa y, que en unas horas saldría camino a la aldea de Mapelion para reunirse con ellos. Los tres hombres se miraron entre sí frunciendo el ceño, y al unísono preguntaron cómo había llegado y por qué estaba en ese remoto lugar. 

Orestes les comentó que era una larga historia y se las contaría al llegar a la aldea. Allí, el hijo de las estrellas cortó la transmisión y los hombres finalmente se tranquilizaron al saber de Orestes y que estaba bien. 

Pocas horas más tarde, Orestes y sus compañeros se prepararon para viajar. Tinia les propuso enviarlos con un hechizo que los haría llegar a Mapelion en tan solo dos minutos. Mientras la mujer los enviaba, Azane, en silencio desde la planta alta del palacio observaba en silencio. 

—¡Cuidense! —habló Tinia despidiéndose de los nómadas —los esperan muchas aventuras. 

Cuando ya los viajeros desaparecieron del salón, Azane habló con desdén —No entiendo, ¿por qué ayudar a Orestes? Es Orión, puede defenderse solo. No veo la necesidad de darle una mano a quien claramente destruirá nuestro mundo. 

—Cuida tus palabras, hermana —demandó Tinia —no sé de donde sacaste esa idea errada de que Orestes acabará con Caenus. Él es uno de los cuatro guardianes supremos de nuestra raza, protector de aldeanos, hijo de las estrellas, esencia misma de Orión. 

A lo que Azane respondió tajantemente —un acosador de doncellas, cazador impulsivo, problemático, desquiciado, pedante, irritante, insufrible. 

—¡Azane! —gritó Tinia con fuerza —estás describiendo a un Orestes que ya no existe. Además, ¿por qué siempre hablas mal de las personas? 

Azane regresó a su habitación como de costumbre y allí permaneció encerrada mientras respiraba profundo, calmando poco a poco su ira debido a la imprudencia de su hermana. En simultánea, Orestes, Horana, Beramir, Fenix y los caninos habían llegado a Mapelion. 

En aquella aldea, los habitantes eran de piel blanca y cabellera dorada o pelirroja, tenían cierta similitud con los vikingos en la Tierra. Los viajeros habían caído en una pradera a varios kilómetros de los fiordos caenusianos. 

Beramir, al ver que estaba en uno de los lugares que tanto anhelaba conocer, corrió por varios metros seguido de Sirio y Proción. Orestes y Horana veían al niño ser tan feliz. La brisa desordenaba la cabellera abundante y oscura de Beramir. El chico adoraba estar en el lugar, y aprovechaba el viento para desordenar aún más su cabello. 

—¿Lo ves como a un hijo? —cuestionó Horana —es un buen niño. 

Orestes suspiró —a pesar del poco tiempo que tengo de conocerlo le tengo mucho cariño. Voy a cuidarlo y educarlo si él me lo permite. 

—Beramir te admira, será un honor para él ser tu aprendiz. 

En ese momento, el niño regresó con ellos y se disculpó —ya corrí bastante, lamento haberlos retrasado. No volverá a pasar, lo juro. 

—A lo que Orestes respondió —está bien, tienes derecho a jugar. —luego miró alrededor y dijo —ahora, vamos a la aldea. 

Los viajeros caminaron hacia el Este, dirección en la que se encontraba la aldea de Mapelion. Al llegar, vieron a los habitantes trabajar como de costumbre; vendiendo telas y bordados, pescadores con sus canastas llenas, etc.

Como Orestes ya sabía el camino, se dirigió a casa de Astrid seguido de sus acompañantes. Luego de tantos días, los nómadas volvieron a reunirse. 

—Pensábamos volver a buscarte, creíamos que habías muerto —dijo Gael muy emocionado. 

—¿Qué fue lo que ocurrió? —intervino Akira. 

—Si, queremos saber —comentó Batbayar. 

Orestes se echó en el césped seguido de los demás, incluyendo al padre de Astrid. Allí, el príncipe narró lo que vivió desde que se separó de sus amigos hasta que conoció a Beramir. Luego, le pidió al chico que cantara el resto hasta el palacio de Manwa. 

Beramir contó la historia de la manera más épica y emocionante posible, sin descartar ningún detalle. Gael, Batbayar, Akira, Astrid y el herrero escucharon con atención. Sus rostros expresaban asombro, estaban estupefactos, anonadados sobremanera, pues, se dice que, quien logra salir vivo de la Selva Negra se considera una leyenda. 

—Entonces, pequeño Beramir —habló el padre de Astrid —eres oficialmente el compañero más joven del príncipe Orestes. Debes sentirte muy honrado. 




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