En mi casa siempre se ha dicho que los hombres de la familia Rafael amamos de una sola forma: hasta las últimas consecuencias y sin mirar el arcén. Crecí escuchando la leyenda de mis padres, una paya de buena familia y un merchero que estuvo a un paso del calabozo, dos mundos que chocaron y terminaron fundiéndose en un abrazo que dura ya veinticinco años.
Yo heredé el nombre de mi viejo, sus andares de chulo y ese brillo de oro que llevo en los dedos y al cuello con el orgullo del que sabe de dónde viene. Siempre pensé que la vida era como un motor bien engrasado: control, velocidad y las ideas claras. En los polígonos de Málaga yo marcaba las reglas junto a mis hermanos de la calle, la panda que jamás me dejaba tirado. Para nosotros todo era un reto, una timba, una carrera ilegal en mitad de la noche para ver quién la tenía más larga.
Hasta que entró ella en la nave.
Ella, la psicóloga con ojos de gata que venía de la zona alta de la ciudad, un mundo de trajes planchados donde a los míos nos llamaban «kinkis» y «neandertales». Lo que empezó como una chulería entre colegas, una apuesta de bar para bajarle los humos a una niña bien, terminó metiéndoseme debajo de la piel como el humo del neumático quemado. No sabía que el orgullo de un mestizo puede ser una trampa mortal cuando juegas con el corazón, ni que el despecho de la calle es capaz de prenderle fuego a lo único que de verdad te importa.