Oro y adrenalina

1 Mirada de gata

​El sol de Málaga caía a plomo sobre las chapas de la nave del polígono, pero dentro el ambiente estaba fresco gracias al aire acondicionado de la oficina. Mi padre y yo llevábamos la compraventa de coches más potente de la costa; manejábamos desde utilitarios para el día a día hasta Mercedes y Porsche de importación que costaban una fortuna. También montábamos los mejores tinglados de tuning y carreras de la provincia, aunque yo tenía prohibido ponerme tras el volante para competir. Mi padre, el gran Rafael, no quería verme correr. Respetaba su palabra a rajatabla; bastante había sufrido él en su juventud como para darle yo más quebraderos de cabeza.
​Me limpié las manos de grasa con un trapo, haciendo sonar los dos anillos de oro de mi mano derecha. Llevaba también el cordón grueso al cuello, reluciendo sobre la camiseta negra ajustada. Yo no ocultaba mi sangre. Mi madre, Alma, era paya, pero mi padre era merchero de los de antes, y a mí las raíces me tiraban. En el polígono todos sabían quiénes éramos: gente de palabra, legales para los negocios, pero con los que era mejor no buscarse un problema.
​—Rafa, muévete un poco, anda —me soltó Javi, mi colega de toda la vida, entrando a la oficina con un refresco en la mano—. Acaba de aparcar ahí fuera un pedazo de BMW de los que huelen a parné del bueno. Se bajan unos señores con una cara de estirados que no pueden con ella. Y viene una gachí con ellos que está para pararle el pulso a cualquiera.
​Salí de la oficina arrastrando los pies con cierta chulería, acomodándome la cadena. Al llegar a la zona de exposición, vi al trío. El padre vestía náuticos y camisa de marca; la madre, con aire aristocrático y joyas finas. Pero la chavala... Dios, la chavala era otra cosa. Tenía unos ojos verdes que te atravesaban, el pelo castaño suelto y un aire de sabelotodo que imponía. Javi no mentía: era una pija de la zona alta de Málaga, pero desprendía un magnetismo que me tensó el cuerpo al instante.
​—Buenas tardes —dijo mi padre, saliendo a recibirlos con su habitual planta. Aunque los años le han pintado canas, él sigue imponiendo respeto con solo mirarte—. ¿Buscaban algo en concreto?
​El padre de la chica miró la nave de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis anillos y en el cordón de mi padre. Esbozó una sonrisa de suficiencia que me encendió la sangre.
​—Buscamos un vehículo utilitario de alta gama para nuestra hija —soltó el hombre, con una voz engolada—. Acaba de terminar sus estudios de Psicología en la universidad y necesita algo seguro para ir a las clínicas. Nos han dicho que aquí manejan buen género, aunque... veo que el ambiente es un tanto "peculiar".
​—El género es el mejor de Andalucía, caballero —respondí yo, dando un paso al frente y clavándole mis ojos oscuros—. Y el ambiente es de gente trabajadora. Si quiere el coche, lo paga y se lo lleva. Los comentarios sobre la fachada se los puede ahorrar, que aquí no venimos a pedirle el carné de pureza a nadie.
​El padre se puso tenso como un muelle, y la madre le agarró del brazo, escandalizada, murmurando por lo bajillo algo sobre «costumbres neandertales» y «calaña de kinkis». Mi padre estuvo a punto de mandarlos a paseo, pero la chavala dio un paso al frente, poniéndose entre nosotros.
​—Papá, por favor, basta ya —le cortó Valeria, con una voz dulce pero firme que dejó a su progenitor mudo. Se giró hacia mí, mirándome de arriba abajo con esos ojos de psicóloga, analizándome sin un ápice de miedo—. Lo siento. Mis padres son... un poco de la vieja escuela. Yo soy Valeria.
​—Rafael —contesté, manteniendo la postura pero suavizando el tono al ver que la pija tenía agallas—. Y no pasa nada, tranquila. Aquí estamos curados de espantos.
​—¿Tienen algún Audi o Mercedes descapotable que no sea demasiado antiguo? —preguntó ella, clavando sus ojos verdes en los míos, con una seguridad que no me esperaba en una universitaria.
​—Para ti tenemos el mejor Audi TT blanco de importación que ha pisado Málaga —le solté, devolviéndole la mirada con una sonrisa de lado—. Está al fondo. Si quieres, dejamos a los señores descansando en los sofás de la oficina con el aire acondicionado y te lo enseño yo mismo. Así le echas un ojo sin que te vigilen el aprobado.
​Valeria miró a sus padres, que seguían refunfuñando, y luego me miró a mí. Una chispa de diversión cruzó sus ojos.
​—Me parece una idea fantástica. Papá, mamá, esperad aquí. Sé perfectamente lo que busco.
​Los padres se quedaron en los sofás guardando las distancias, pero no se atrevieron a replicar ante la firmeza de su hija. La guié hacia la parte trasera de la nave, donde los deportivos brillaban bajo los focos. Caminaba a mi lado con paso elegante, y el olor de su perfume caro se mezclaba de una forma jodidamente adictiva con el aroma a cuero y motor del taller.
​—Así que psicóloga, ¿no? —le solté mientras nos acercábamos al coche blanco—. Vas a tener trabajo conmigo, porque según tus padres soy un caso perdido.
​Valeria soltó una risa limpia, suave, que me dio un vuelco en el pecho.
​—No creo en los casos perdidos, Rafael. Solo en personas que se protegen detrás de demasiadas cadenas de oro. Aunque admito que el coche es una preciosidad.
​Se acercó al Audi, acariciando el capó con sus dedos finos. Me apoyé en la puerta del conductor, cruzándome de brazos y mirándola de frente.
​—El coche está impecable, como tú —le solté sin rodeos, bajando el tono de voz—. Si te lo quedas, te prometo que el mantenimiento te lo hago yo en persona. Sin costes. Solo para asegurarme de volver a ver esos ojos verdes por el polígono.
​Valeria se sonrojó levemente, pero no apartó la mirada. Se inclinó hacia mí, quedando a escasos centímetros de mi pecho, desafiante.
​—¿Eso viene incluido en el contrato, o es una costumbre de tu calaña? —me lanzó la puyita, pero con una sonrisa juguetona en los labios que me encandiló.
​—Es una atención de la casa para las clientas que saben defenderse solas —le respondí, acercándome un poco más, sintiendo el calor de su respiración—. Piénsatelo. El coche es tuyo cuando quieras.
​Intercambiamos los números de teléfono con la excusa de enviarle los papeles técnicos del Audi. Cuando sus padres la llamaron desde la entrada, impacientes por salir de allí, Valeria me dedicó una última mirada de complicidad por encima del hombro. El encuentro había empezado con puyas por culpa de los señores, pero la pija se marchaba de la nave habiéndole tomado la matrícula al kinki, y yo me quedé allí, con los anillos de oro quemándome en las manos de las ganas que tenía de volver a verla.
​El almuerzo en casa fue el jaleo de siempre. Vivíamos todos en el mismo edificio: mis abuelos maternos abajo, en la planta baja, y nosotros —mi padre, mi madre, mi hermana Vera y yo— arriba. Eso hacía que las comidas familiares fuesen diarias y ruidosas. Mi hermana Vera, que a sus diecisiete años ya apuntaba maneras con el carácter de la familia, no paraba de quejarse por los exámenes del instituto mientras mi madre, Alma, servía el arroz.
​Se echaba de menos a Rocío, que antes vivía con nosotros pero se había emancipado hacía poco con Rodri, su pareja. Y también a Ismael. También como Rocío, hijo de mi padre, de una relación anterior con su exmujer, Alba. Ella tuvo su custodia durante años, pero en cuanto Ismael tuvo edad para decidir por sí mismo, plantó cara y dijo que quería mudarse con nuestro padre y estar con nosotros. Vivió bajo nuestro techo como un hermano más hasta que también se independizó hace un tiempo con su pareja, Saray. Con todos ellos en la mesa, el ambiente siempre era aún más vivo, pero ahora nos tocaba a los cuatro mantener el tipo.
​Mi padre bromeaba con mi abuelo materno sobre fútbol mientras yo me mantenía en un segundo plano, saboreando la comida pero con la mente puesta en unos ojos verdes que no conseguía quitarme de la cabeza. Sabía que si mi madre me miraba fijamente más de dos segundos, me iba a calar la distracción con su intuición, así que en cuanto terminamos el café, me levanté de la mesa de un salto.
​—Bueno, familia, yo me voy moviendo —dije, dándole un beso en la mejilla a mi madre, a mi abuela y un tirón de pelo cariñoso a Vera.
​—¿Te vas ya para la nave, hijo? —me preguntó mi padre, sabiendo que aún quedaba tarde por delante.
​—No, voy a dar una vuelta primero. Quiero pasar a ver a la abuela un rato antes de que empiece el jaleo en el circuito esta noche.
​Mi padre asintió con una sonrisa cómplice. Sabía perfectamente que su madre, mi abuela paterna, me tenía el seso sorbido y que yo por ella entraba en el fuego si hacía falta.
​Me subí al coche y conduje hacia el barrio donde ella vivía. Mi abuela paterna era una merchera de la cabeza a los pies, de las que habían pasado lo suyo en los años duros y conservaban una sabiduría que no venía en los libros que se empollaba la psicóloga. Para ella, yo era el rey del mundo. Desde que era un mico me había consentido todo, y ahora que era un hombre, seguía mirándome como si fuera su mayor orgullo.
​Aparqué en la puerta de su casa y no me dio tiempo ni a llamar al timbre; la puerta se abrió antes de que levantara la mano. Allí estaba ella, con sus faldas largas, el pelo recogido en un moño tirante que dejaba ver unos pendientes de oro antiguos y esa mirada brillante que no se apagaba con los años.
​—¡Pero bueno, mi niño carnal! —exclamó con los brazos abiertos, y la cara se le iluminó de una manera que me hizo sonreír de lado al instante—. Estaba yo diciendo: «A que viene mi Rafaelito a verme hoy». Entra, entra para acá, que te he preparado unos dulces de los que te gustan.
​Me agaché para darle un abrazo fuerte, aspirando ese olor tan suyo a canela, a limpio y a hogar.
​—¿Cómo estás, abuela? —le pregunté mientras pasábamos al salón, una estancia pequeña pero impecable, llena de fotos familiares donde mi padre, mis hermanas, Ismael y yo ocupábamos los lugares principales.
​—Loca contigo, ¿cómo voy a estar? Cada día estás más grande y más guapo, hijo. Te pareces a tu padre cuando tenía tu edad, pero tú tienes un porte que quita el sentido —decía, mientras me obligaba a sentarme en el sofá y me ponía un plato delante sin dejarme protestar—. Mírate esos brazos, si es que trabajas demasiado en esa nave. Tu padre te da mucha tralla.
​—Qué va, abuela, si el negocio lo llevamos a medias y lo sabes —me reí, acomodándome la cadena de oro que ella misma se quedaba mirando con aprobación.
​Se sentó a mi lado, agarrándome una de las manos. Sus dedos, gastados por los años pero increíblemente suaves, acariciaron mis anillos. Me miró de hito en hito, con esa capacidad que tienen las mujeres de nuestra estirpe para leerte el pensamiento sin que abras la boca.
​—A mí no me engañas tú, Rafael —soltó de pronto, entornando los ojos con picardía—. Tienes la mirada puesta en otro sitio, como cuando tu padre andaba embobado detrás de tu madre al principio. A ver, cuéntale a tu abuela... ¿Quién es la gachí que te tiene el pensamiento robado?



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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