Oro y adrenalina

2 La timba de los boxes

Rafael

​El ambiente en el circuito nocturno estaba en su punto álgido. El olor a neumático quemado, la música de los coches tuning retumbando en los boxes y el murmullo de la gente creaban esa atmósfera que a mí me daba la vida. Estábamos todos en nuestra zona habitual: Javi, Dani y el resto de la pandilla, además de algunas chavalas del barrio que siempre se apuntaban al jaleo. Yo estaba apoyado en el capó de uno de los coches, con un refresco en la mano, haciendo girar uno de mis anillos con el pulgar mientras escuchaba a los chavales calentar el ambiente con la timba de apuestas que se estaba organizando para más tarde.
​De repente, el grupo de Javi se giró hacia la entrada del recinto, y yo levanté la vista por pura inercia.
​Ahí estaban ellas. Un grupo de chicas cruzaba el asfalto, destacando entre el gentío. A la mayoría ya las teníamos más que vistas de salir por Málaga, pero en el centro del grupo venían dos personas que me hicieron ponerme recto en un segundo. Una era Lucía. Ella es dos años menor que yo, pero para mí es exactamente como una hermana pequeña; nos hemos criado juntos por la amistad de nuestras madres, correteando por el polígono desde que no levantábamos tres palmos del suelo.
​Y justo al lado de Lucía, caminando con un vaquero ajustado y esa misma seguridad que me había trastocado los esquemas por la mañana, estaba Valeria. Los focos de los boxes le daban de lleno en el pelo castaño, y cuando me vio, sostuvo la mirada sin achantarse por el ruido ni las miradas del resto.
​En cuanto Lucía me divisó entre la multitud, la cara se le iluminó. Se descolgó del grupo y corrió hacia mí con los brazos abiertos.
​—¡Rafa! —exclamó, saltando a colgarse de mi cuello.
​—¡Hombre, la pequeña! —me reí, devolviéndole el abrazo con fuerza y dándole un beso en el pelo—. ¿Qué haces tú por aquí metida con el jaleo que hay hoy? No me digas que tu madre te ha dado permiso para trasnochar.
​—Qué gracioso eres, de verdad —dijo ella, soltándose y dándome un puñetazo cariñoso en el hombro—. Ya tengo edad, ¿eh? Además, venimos de celebración.
​Lucía se giró hacia sus amigas, que ya se habían acercado a nuestro grupo, y agarró a Valeria de la muñeca para traerla hacia el frente. Javi y Dani ya estaban mirando con ojos de par en par, relamiéndose al ver a la universitaria en nuestro terreno.
​—A ver, gente —soltó Lucía, dirigiéndose a toda mi pandilla con total naturalidad—. A las demás ya las conocéis de sobra, pero os tengo que presentar a Valeria. Es mi mejor amiga de la facultad y se acaba de comprar un coche esta mañana en la nave de Rafa. Así que tratádmela bien, ¿estamos?
​—Buenas noches —dijo Valeria, con una sonrisa educada pero firme, clavando sus ojos verdes directamente en los míos. No parecía intimidada ni por los coches, ni por la música, ni por la planta de kinkis que llevábamos todos allí puestos.
​—Vaya, vaya... Si resulta que el mundo es un pañuelo —le solté, dando un paso al frente para quedar cerca de ella, saboreando la sorpresa—. Así que la psicóloga es la mejor amiga de mi hermana pequeña. Al final va a ser verdad que el Audi estaba destinado para ti.
​—Parece ser que sí, Rafael —me devolvió ella el golpe, usando mi nombre con una madurez que me encandiló—. Lucía me ha dicho que estaba en buenas manos, así que he decidido darle una oportunidad a tu circuito. A ver si es verdad que hay tanta adrenalina por aquí como dicen.
La conversación con Valeria se cortó de golpe cuando escuché unos tacones altos golpear el suelo con fuerza detrás de mí. No me hizo falta ni girarme para saber quién era; el aroma de su perfume y el jaleo que traía la delataron al instante. Era Vanesa con un par de amigas del barrio. Vanesa era de las que siempre andaban merodeando por el circuito y, de vez en cuando, cuando a los dos nos cuadraba, nos pegábamos nuestros homenajes sin compromiso. El problema es que ella se creía con unos derechos que yo jamás le había dado.
​Se plantó a mi lado y, ni corta ni perezosa, me pasó el brazo por la cintura, pegándose a mi costado mientras miraba a Valeria de arriba abajo con una soberbia que me molestó al instante.
​—¿Andas buscando clientes nuevos, Rafa? —soltó Vanesa, con la voz bien alta para que la escucharan todos, barriendo a Valeria con la mirada—. No me digas que ahora también haces de guía turístico para las niñas de papá que se asustan con el ruido de los motores.
​La cara de Valeria no cambió; se limitó a enarcar una ceja con una elegancia que dejó a la otra en evidencia. Pero a la que se le encendió la sangre fue a Lucía. Lucía siempre ha tenido mucho carácter y, como me considera su hermano mayor, no iba a dejar que vinieran a avasallar a su mejor amiga en nuestra propia cara.
​—A ver, Vanesa, tú a mi amiga ni la nombres, ¿te enteras? —saltó Lucía, dando un paso al frente, con los ojos echando chispas—. Ha venido conmigo, así que te vas callando, que nadie te ha pedido opinión.
​Vanesa soltó una risa falsa, de esas que me ponen de mala leche, y miró a Lucía con desprecio.
​—Pero bueno, miren a la mocosa cómo saca los dientes —le espetó Vanesa, soltándose de mi cintura para encararse con ella—. Anda, niñata, vete para tu casa a estudiar, que todavía eres una cría y estás aquí estorbando. No sé qué haces fuera de casa a estas horas.
​Ahí Vanesa cruzó la línea. A mí me podía bailar el agua lo que quisiera, pero a Lucía no la tocaba nadie. Aunque no compartiéramos apellido, Lucía era como mi propia hermana, la niña que se había criado en los brazos de mi madre y a la que yo tenía el deber de proteger.
​Le agarré a Vanesa el brazo con firmeza, lo justo para dejarle claro que se había acabado la tontería, y la aparté con un movimiento seco hacia atrás, poniéndome delante de Lucía.
​—¡Bueno, ya vale! —le solté, y mi voz sonó tan cortante que hasta la música del coche de Javi pareció pasar a un segundo plano. Me clavé frente a Vanesa con la mirada fija—. A Lucía le bajas el tono y le tienes el respeto que le debes, ¿me has escuchado bien? Es la última vez que le faltas al respeto a mi hermana delante de mí.
​Vanesa se quedó cortada, mirando cómo todo el grupo se había quedado en silencio. Sabía perfectamente que cuando yo me ponía serio, no se jugaba.
​—Rafa, si solo estaba bromeando... —intentó recular, cambiando el tono.
​—A mí me da igual lo que estuvieras haciendo —le corté, señalando con la cabeza hacia la salida de los boxes—. Te estás largando de aquí ahora mismo. No quiero jaleos esta noche, y menos contigo. Aire.
Vanesa se dio la vuelta bufando y se marchó arrastrando los pies con sus amigas, dejándonos a todos con una tensión que se podía cortar con cuchillo. Me giré hacia Lucía para asegurarme de que estaba bien, pero ella ya se estaba recomponiendo, dura como siempre. Valeria, por su parte, me miraba con una mezcla de sorpresa y análisis, como si estuviera apuntando todo lo que acababa de pasar en su libreta mental de psicóloga.
​—Bueno... vaya bienvenida —comentó Valeria, rompiendo el hielo con una tranquilidad que me demostró, una vez más, que no era la típica pija asustadiza.
​—Te pido disculpas por el número —le dije, suavizando el tono y mirándola a los ojos—. En este ambiente hay de todo, ya te lo dije esta mañana. Pero aquí estás segura, no te preocupes.
​Lucía, queriendo quitarle hierro al asunto y airear un poco el ambiente, le agarró el brazo a Valeria.
​—Venga, Vale, vamos a dar una vuelta por los otros boxes y a enseñarles a las chicas los coches que han traído hoy de Marbella. Ahora volvemos, chicos.
​Valeria me dedicó una última sonrisa de lado, una de esas que me desafiaban sin decir palabra, y se alejó con el grupo de chicas, perdiéndose entre el gentío y el humo de los tubos de escape. Yo me quedé mirándola fijamente hasta que su silueta desapareció detrás de un Nissan Skyline.
​En cuanto las chicas estuvieron lo suficientemente lejos, Javi se me acercó dándome un codazo, con una sonrisa canalla que le cruzaba la cara de oreja a oreja. Dani y el resto del grupo se arrimaron al momento, oliendo el peligro.
​—Vaya, vaya con el hermanito protector —se mofó Javi, cruzándose de brazos—. Pero no me jodas, Rafa... Has saltado por Lucía, sí, pero a mí no me engañas. Te ha faltado tiempo para marcar territorio delante de la universitaria.
​—No digas gilipolleces, Javi —le respondí, intentando parecer indiferente mientras le daba un trago a mi refresco—. Ha sido una falta de respeto a Lucía en mi cara, nada más.
​—Ya, claro, y yo nací ayer —saltó Dani, metiendo cizaña—. Esa gachí juega en otra liga, hermano. Has visto cómo viste, cómo habla... Tiene una clase que te cagas. Una pija de las de carrera y chalet en el Limonar no se va a fijar en un kinki del polígono por muchos anillos de oro que lleves. Esa te analiza, te da dos palmaditas en la espalda y te deja compuesto y sin novia.
​Esas palabras me tocaron el orgullo. A mí nadie me decía en mi terreno lo que podía o no podía conseguir.
​—¿Qué pasa, que os da envidia o qué? —les solté, clavándoles la mirada, picado—. Esa chavala tiene personalidad, pero no es de piedra.
​Javi soltó una carcajada y miró a los demás, frotándose las manos.
​—¿Ah, sí? ¿Tanto pecho sacas, Rafa? A que no hay huevos. Nos jugamos lo que quieras a que no consigues meterte en la cama de la psicóloga. Tres semanas te doy. A que no tienes lo que hay que tener para ablandarle esa postura de sabelotodo.
​El resto de la pandilla empezó a jalear, haciendo ruido y metiendo presión. Dani sacó un billete de cincuenta pavos del bolsillo y lo puso sobre el capó del coche.
​—Venga, yo pongo cincuenta a que la pija te da la patada antes del tercer asalto —desafió Dani con una sonrisa burlona.
​Miré el billete en el capó, luego miré hacia la dirección por la que se había ido Valeria y, finalmente, miré a mis colegas. El orgullo merchero me ardía por dentro. Odiaba que me dijeran que algo era imposible para mí, y menos si se trataba de una mujer. Una parte de mí sabía que jugar con la amiga de Lucía podía traerme problemas en casa, pero el juego ya estaba en marcha y la tentación de ganarle el pulso a esos ojos verdes era demasiada.
​Esbocé una sonrisa de lado, esa sonrisa chula que usaba cuando sabía que iba a ganar, y choqué la mano con Javi, sellando el trato.
​—Hecho —sentencié, con la voz firme—. Id preparando el parné, chavales, porque esa psicóloga va a terminar perdiendo los papeles conmigo antes de que acabe el mes.
Dejé a los chavales con sus apuestas en los boxes y decidí que ya había tenido bastante jaleo por esa noche. Me subí al coche y arranqué en dirección a la salida del circuito. Al enfilar la avenida principal del polígono, las luces de los faros iluminaron a dos siluetas que caminaban por la acera, un poco apartadas del ruido. Eran Lucía y Valeria.
​Frené el coche a su altura y bajé la ventanilla, apoyando el codo en el marco con mi habitual chulería.
​—¿Dónde vais a estas horas vosotras dos solas por aquí? —les pregunté, recorriéndolas con la mirada.
​—A buscar la avenida principal para coger un taxi, Rafa —respondió Lucía, cruzándose de brazos porque refrescaba un poco—. En el circuito no hay forma de que entre ninguno.
​—Andando por aquí vais listas. Subid, que os llevo yo —les ordené con tono firme, abriendo los pestillos.
​Valeria dudó un segundo, mirándome con esos ojos verdes que brillaban bajo las farolas, pero al final terminó subiendo detrás con Lucía. Puse música suave y arranqué. El camino a casa de Lucía fue corto; vivía a apenas diez minutos. Cuando aparqué en su puerta, mi "hermana pequeña" se bajó del coche reglamentariamente, pero antes de cerrar la puerta, se giró hacia el asiento de atrás y le guiñó un ojo a Valeria con una desfachatez que me hizo sospechar. Lucía era demasiada lista.
​—Gracias, gordo. Con cuidado —me dijo, dándole una palmadita al techo antes de entrar a su portal.
​Ahora nos quedábamos Valeria y yo solos. Ella se pasó al asiento del copiloto con total naturalidad, dejando su bolso entre los dos. El olor a su perfume caro volvió a inundar el habitáculo, mezclándose con el olor a cuero de mis asientos.
​—Bueno, psicóloga, ahora me toca llevarte a ti. —le pregunté, metiendo primera.
​Me dio la dirección de una zona residencial de Málaga y puse rumbo hacia allí. Para romper el hielo y dejar claro que en mi familia no solo vivíamos de la grasa de los motores, saqué el tema de mi madre.
​—¿Sabes? Lucía me ha dicho que eres buena gente, y si Lucía lo dice, me lo creo —le solté con una sonrisa de lado—. Aunque tu padre piense que somos unos kinkis, mi familia tiene sus negocios legales. Mi madre, Alma, tiene una empresa de corte y confección bastante potente aquí en Málaga. Viste a media provincia.
​Valeria se giró en el asiento, mirándome sorprendida, y de pronto soltó una risa limpia que me dio un vuelco en el pecho.
​—No me lo puedo creer, Rafael... ¿Tu madre es la dueña del taller de confección de Alma? —preguntó, divertida.
​—La misma. ¿Por qué lo dices?
​—Porque ahí mismo es donde me están haciendo a medida el vestido para la boda de mi amiga, que es el mes que viene. Sé que también se lo está haciendo a Lucía. Mi madre me llevó allí porque dice que no hay mejores manos en toda Andalucía para los trajes de fiesta. El mundo es verdaderamente un pañuelo.
​A partir de ahí, el viaje se volvió jodidamente divertido. Empezamos a picarnos, hablando de las vueltas que daba la vida y del destino. Ella me lanzaba puyitas con esa inteligencia suya, analizándome entre líneas, y yo le devolvía los golpes con mi labia de barrio, haciéndola reír más de una vez. Tenía una risa preciosa, de las que te desarman sin que te des cuenta.
​Cuando por fin entré en su urbanización y me indicó el bloque exacto, frené el motor y me quedé mirando el entorno. Miré los edificios, miré la calle y luego la miré a ella, asombrado.
​—No me jodas, Valeria... ¿Vives aquí? —le pregunté, señalando el portal.
​—Sí, aquí mismo. ¿Por qué esa cara? —preguntó ella, divertida, con la mano ya en la maneta de la puerta.
​—Porque mi casa, donde vivo con mis padres y mis abuelos, está a la vuelta de la esquina. Estamos a menos de dos calles de distancia —le confesé, soltando una carcajada limpia.
​Valeria se quedó estática un segundo, mirándome fijamente. Una chispa de complicidad y sorpresa cruzó sus ojos verdes. Se inclinó un poco hacia mí, regalándome una sonrisa que me encendió la sangre por completo.
​—Vaya... Así que resulta que tengo al kinki del polígono viviendo al lado de casa —me picó con voz suave, rozando la provocación—. Muchas gracias por traerme, Rafael. Nos vemos por el barrio. O en el taller de tu madre.
​Se bajó del coche con paso elegante, dejándome allí plantado con el motor al ralentí. La vi entrar al portal y, mientras la silueta de sus curvas se perdía tras los cristales, me apoyé en el respaldo del asiento, suspirando. Estaba a dos calles de mí. El reto con los chavales seguía en pie, pero mientras ponía rumbo a mi casa, me di cuenta de que ganarme a la psicóloga no iba a ser solo una apuesta; se estaba convirtiendo en una necesidad.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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