Oro y adrenalina

3 Gachí

Rafael

​Estaba en la oficina de la nave, con los pies apoyados sobre la esquina de la mesa de escritorio y un listado de amortiguadores de competición en la mano, cuando el móvil vibró sobre mis vaqueros. Al mirar la pantalla, se me escapó una sonrisa de lado de manera automática. Era ella. Había guardado su número como "Valeria Psicóloga", pero cada vez que leía su nombre, lo único que me venía a la mente era el verde de sus ojos desafiándome entre los focos del circuito.
​Valeria Psicóloga: Acabo de salir del taller de costura. Tu madre es una mujer increíble, Rafael, de verdad. Tiene una luz y una energía que te atrapan. Ojalá mi familia fuera la mitad de unida y espontánea de lo que parecéis vosotros.
​Me incorporé en la silla de golpe, tirando el listado sobre la mesa. Ese mensaje no era un vacile de los suyos; había una sinceridad ahí dentro que me tocó una fibra sensible. A la psicóloga le estaba empezando a calar la gente de mi sangre, y eso me ponía el orgullo por las nubes. Agarré el teléfono y le faltó tiempo a mis dedos para responderle a toda prisa.
​Rafael: Te lo dije, vecina. Mi madre vale millones y lee a las personas mejor que tú con todos tus libros de la carrera. Me alegro de que te haya gustado nuestro mundo. A ver cuándo dejas que te enseñe el resto, que todavía te falta mucho por ver de mí.
​Bloqueé el móvil con un golpe seco de muñeca, pero me quedé mirándolo con una sonrisa de gilipollas que no podía borrar de la cara.
​—¿Qué pasa, hijo? ¿Qué te trae tan amartelado con el teléfono que pareces un chiquillo con zapatos nuevos? —soltó una voz ronca desde la puerta.
​Era mi padre. Estaba apoyado en el marco, con el mono de trabajo atado a la cintura, los brazos cruzados sobre el pecho y sus eternas cadenas reluciendo bajo el fluorescente de la oficina. Me miraba con esos ojos oscuros cargados de años y de calle, con una ceja enarcada que lo decía todo.
​—Nada, papá. Cosas del negocio —puse la excusa mala, guardándome el móvil en el bolsillo a toda prisa.
​Mi padre soltó una carcajada profunda, de esas que le salían del pecho, y entró en la oficina arrastrando las botas. Se sentó en la silla de enfrente y me apuntó con el dedo, negando con la cabeza con una sonrisa cómplice que me hizo ponerme colorado a mi pesar.
​—A mí no me vengas con milongas, Rafaelito, que eres mi hijo y te conozco cada gesto —me soltó, echándose hacia atrás—. Ese brillo que tienes hoy en los ojos no es por haber vendido un Mercedes. Es por una gachí. Y si no me equivoco, es la pija de los ojos verdes que estuvo aquí con los estirados de sus padres.
​Me rasqué la nuca, un poco apurado pero sabiendo que con el viejo no ganaba una batalla de mentiras.
​—Es la mejor amiga de Lucía, papá. Ha estado esta mañana en el taller con mi madre probándose el traje de la boda —confesé, intentando restarle importancia—. Me ha mandado un mensaje diciendo que mamá es increíble.
​Mi padre se rió aún más fuerte, dándole un golpe cariñoso a la mesa. Sus ojos se volvieron brillantes, como si estuviera recordando tiempos lejanos.
​—Ay, hijo... Si es que eres un calco de mí cuando tenía tu edad —dijo, mirándome con un orgullo que no le cabía en el cuerpo—. Te crees muy pillo con tus anillos y tu chulería de barrio, pero vas a caer exactamente igual que caí yo con tu madre. Alma también venía de otro mundo, con su carrera y sus modales, y mira dónde estamos. Cuando una mujer de esa categoría se te mete en la sangre, por mucho que juegues a ser el rey del polígono, estás perdido. Ve preparando el cuerpo, Rafael, porque esa psicóloga te va a tomar la matrícula antes de lo que te imaginas.
Después del vacile de mi padre en la oficina, necesitaba soltar adrenalina como fuera. La apuesta con los chavales, los mensajes de Valeria y esa forma en la que se me estaba metiendo en la cabeza me tenían más revolucionado de lo normal. Así que, en cuanto cerré la nave por la tarde, cogí la bolsa de deporte y me planté en el gimnasio del barrio.
​Me vendé las manos, me calcé los guantes y me metí directo al ring. Estuve dándole al saco y haciendo unos asaltos de 'shadow boxing' a un ritmo frenético, descargando cada golpe contra el cuero como si me fuera la vida en ello. Sudé la camiseta negra hasta dejarla pegada al cuerpo, buscando cansar el músculo para aplacar los pensamientos, pero ni el cansancio me quitaba de la mente esos ojos verdes.
​Al terminar, con los hombros cargados y el cuerpo echando humo, me solté las vendas y me dirigí a la zona de las duchas. A esas horas de la tarde, el gimnasio ya se estaba quedando vacío. Entré en el pasillo de los azulejos blancos, abrí el grifo del agua caliente y dejé que el vapor empezara a empañar el ambiente mientras me quitaba la ropa y me metía bajo el chorro, cerrando los ojos para relajar las pulsaciones.
​De repente, el sonido del agua cayendo no fue lo único que escuché. Unos pasos suaves resonaron en el suelo mojado.
​Abrí los ojos y me aparté el pelo mojado de la cara. Entre la nube de vapor, vi una silueta recortada en la entrada de las duchas. Era Vanesa. No llevaba más que una toalla mal atada alrededor del cuerpo, y en sus ojos se notaba que el desplante de la noche anterior en el circuito todavía le escocía en el orgullo y quería cobrárselo a su manera.
​—Vanesa, ¿qué cojones haces aquí? Este es el vestuario de tíos —le solté, clavando los pies en el suelo, sin moverme de debajo del agua.
​—Me importa una mierda de quién sea el vestuario, Rafa —respondió ella con voz ronca, dando un paso al frente.
​Sin dejar de mirarme, llevó las manos al nudo de la toalla y la dejó caer al suelo mojado, quedándose completamente desnuda ante mí bajo la luz difusa del baño. Tenía el cuerpo firme, desafiante, y esa actitud de quien sabe perfectamente qué botones tocar. Se metió bajo el espacio de mi ducha, dejando que el agua caliente empezara a mojarle el pelo y a resbalar por su piel.
​—Anoche me dejaste tirada delante de todos por la niñata de Lucía —susurró, dándome un empujón suave en el pecho para pegarse a mí—. Pero tú y yo sabemos que por mucho que juegues al caballero con las niñas de papá, a ti lo que te gusta es esto.
​El vapor, el olor a piel mojada y la provocación directa me encendieron la sangre en un segundo. El instinto más primario y la tensión acumulada de todo el día terminaron de estallar. No dije ni una sola palabra. Le agarré los brazos con fuerza, la giré por completo en un movimiento rápido y la estampé de espaldas contra la pared de azulejos fríos de la ducha.
​Vanesa soltó un jadeo ahogado cuando mis manos le sujetaron las caderas con firmeza, levantándola del suelo mientras el agua nos caía a los dos con fuerza en la cara. La tensión se convirtió en puro fuego salvaje. La empujé contra la pared con rabia, descargando toda la adrenalina acumulada en cada movimiento, mientras ella se agarraba a mis hombros mojados clavando las uñas en mi espalda. Fue algo rápido, duro y puramente físico, un desahogo salvaje entre el agua y el vapor donde no hacían falta las palabras, solo la fuerza del momento.



#2414 en Novela romántica
#834 en Chick lit

En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.