Rafael
A la mañana siguiente, el sol entraba con fuerza por el ventanal de la cocina, calentando los azulejos mientras el olor a café recién hecho inundaba toda la casa. Yo estaba sentado a la mesa, con una taza entre las manos, pero mi cabeza seguía en la cala oculta del día anterior. No podía borrarme de la mente el tacto de la piel de Valeria, su olor a salitre, ni la forma en la que se me había plantado delante para exigirme que jugara limpio. Estaba tan metido en mis pensamientos que ni me enteré de cuándo entró mi madre.
Alma apareció con su bata de seda, el pelo recogido y esa elegancia natural que ni el madrugón lograba quitarle. Se sirvió un café, se sentó enfrente de mí y estuvo un minuto entero mirándome fijamente, analizándome en silencio con esos ojos listos que no se dejaban engañar por ninguna de mis poses.
—Bueno, Rafaelito... —soltó mi madre, dándole un sorbo a su taza—. Se puede saber qué te pasa hoy? Tienes la cabeza en los cerros de Úbeda. Te he puesto las tostadas delante y ni las has tocado. Ese brillo que traes no es normal en ti a estas horas.
Me rasqué la nuca, un poco apurado. Con mi padre me costaba disimular, pero es que mi madre tenía un radar especial que me calaba a la primera.
—No me pasa nada, mamá. Que he dormido poco —puse la excusa mala, mirando hacia otro lado.
—A mí no me vengas con cuentos, niño, que te conozco —le rebatió con una sonrisa cómplice—. Ayer volviste muy tarde, y esa sonrisa de pillo la conozco yo muy bien. ¿Tiene que ver con Valeria?
Al escuchar su nombre, me di por vencido. Apoyé los codos en la mesa y suspiré, sabiendo que hablar con ella era lo mejor que podía hacer.
—Sí, mamá, es por ella —confesé con la voz más suave—. Estuvimos juntos ayer por la tarde. El caso es que... bueno, la cosa va en serio, pero ella me ha pedido que por ahora lo llevemos en silencio. Quiere que sea un secreto entre los dos por el momento.
Mi madre arqueó una ceja, dejando la taza sobre la mesa con cuidado.
—¿Un secreto? ¿Y eso por qué, hijo? Si es una niña maravillosa.
—Por sus padres, mamá —solté con rabia contenida, recordando el jaleo que me contó ella—. Tuvieron una bronca monumental en su casa por defendernos a nosotros. Su padre se ha puesto hecho una fiera y le ha prohibido terminantemente que se acerque a mí. Dice que somos unos kinkis del polígono y que una psicóloga como ella no tiene nada que hacer con alguien de mi entorno. Así que Valeria quiere hacer las cosas bien, independizarse primero y no buscarse más líos hasta entonces.
Alma se quedó un momento en silencio, pero en lugar de enfadarse por el desprecio de los padres de Valeria, una sonrisa nostálgica y llena de recuerdos le iluminó la cara. Negó con la cabeza con un cariño inmenso.
—Ay, Rafael... Si es que esta historia me suena tanto que asusta —dijo mi madre, estirando la mano sobre la mesa para apretarme los dedos—. Así mismito es como empecé yo con tu padre. En secreto, viéndonos a escondidas donde nadie nos pudiera ver y cuidando cada paso que dábamos.
La miré extrañado, arrugando el entrecejo.
—¿Ah, sí? ¿Vuestros padres también os pusieron pegas? —pregunté, porque siempre había pensado que lo suyo había sido un camino de rosas.
—No, corazón, ahí es donde cambia la historia —me corrigió Alma con un orgullo que le llenaba los ojos—. A diferencia de Valeria, lo mío no era porque mis padres no aceptaran a tu padre. Al contrario. Mis padres adoraban a Rafael y a toda su familia. Lo aceptaron desde el minuto uno porque sabían lo trabajador, legal y buena gente que era, a pesar de las cadenas de oro y de la ropa de barrio. Lo nuestro era secreto por el qué dirán de la sociedad, por mantener las formas ante los demás... pero en casa, tu padre siempre fue uno más desde el primer día.
Mi madre suspiró, volviendo a mirarme con esa sabiduría que solo tienen las madres.
—Por eso tienes que tener paciencia con ella, hijo. El clasismo es una enfermedad muy fea, y Valeria está teniendo mucha valentía al plantarle cara a su propia sangre por ti. Si te ha pedido tiempo y silencio, dáselo. Demuéstrale que los hombres de esta casa valéis por lo que sois por dentro, no por los prejuicios de cuatro estirados.
Me terminé el café, le di un beso a mi madre en la mejilla y salí de casa dispuesto a empezar el día. El comentario sobre mis abuelos me había dejado pensando, pero no tenía tiempo que perder. Hoy tocaba faena de la buena.
Me subí al coche y fui directo a buscar a Dani a su casa. Habíamos quedado temprano porque teníamos que hacer la entrega de un coche de gama alta que habíamos conseguido vender a través de la página web del taller. Era una buena venta, de esas que te solucionan el mes, y queríamos dejar al cliente satisfecho entregándoselo en la puerta de su casa en perfectas condiciones.
Llegué a su calle, toqué el claxon un par de veces y a los pocos minutos Dani bajó el portal, todavía terminándose de abrochar la cazadora. Se subió de copiloto pegando un bostezo.
—Buenas, tío. Menudo madrugón nos hemos metido hoy, ¿no? —se quejó de buen humor mientras nos poníamos en marcha.
—Déjate de quejas, que hoy cobramos la comisión del coche —le respondí, metiendo primera—. Anda, espabila, que tenemos un buen viaje por delante.
El trayecto de ida se nos pasó rápido entre la música de la radio y los detalles técnicos que teníamos que repasar para la entrega. Cuando llegamos al punto de encuentro, todo salió sobre ruedas. El comprador era un tipo legal, revisó el motor, los papeles, firmamos el contrato de compraventa y nos pagó el resto de la transferencia sin poner ni una pega. Nos quedamos limpios y con el trabajo bien hecho.
Para la vuelta, como ya no llevábamos el coche de la venta, nos subimos en el mío para regresar a Málaga. El cansancio del madrugón empezaba a pasar factura y el ambiente en el coche se volvió más relajado. Iba concentrado en la carretera cuando Dani, que llevaba un rato inusualmente callado mirando por la ventanilla, se aclaró la garganta y se giró hacia mí.
—Oye, Rafa... —empezó a decir, con un tono más serio de lo normal en él—. Te tengo que contar una cosa. Que al final somos colegas y no quiero andar con rodeos contigo.
—Dispara, tío. Me estás asustando —le dije de reojo, sin perder de vista el asfalto.
—A ver, ¿cómo te lo digo?... Me estoy viendo con Lucía.
Frené ligeramente por el impacto de la noticia y me giré a mirarlo un segundo, con las cejas levantadas por la sorpresa. Sabía que se llevaban bien y que a veces coincidian, pero no me esperaba que la cosa hubiera pasado a mayores.
—¿Con Lucía? ¿La mejor amiga de Valeria? —pregunté para asegurarme, atando cabos rápido en mi cabeza.
—Sí, con ella —asintió Dani, un poco apurado pero aguantándome la mirada—. Llevamos un par de semanas quedando en plan más serio, saliendo por ahí... Nos gustamos, Rafa. Quería decírtelo yo antes de que te enteraras por otro lado.
Me quedé unos instantes en silencio, asimilando la información mientras el coche devoraba los kilómetros de vuelta. Dani era mi hermano, un tío legal en el que confiaba ciegamente, pero Lucía era intocable. Es la hija de Noelia, una de las mejores amigas de mi madre, lo que significaba que nos habíamos criado juntos desde que éramos unos mocosos. Nuestras madres eran uña y carne, y para mí, Lucía era como una hermana de otra sangre.
Apreté el volante con un poco más de fuerza y miré a mi colega con total seriedad, dejando a un lado las bromas.
—Escúchame una cosa, Dani —le solté con voz firme—. Tú eres mi hermano y te quiero un montón, ya lo sabes. Pero con Lucía no se juega. Es la hija de Noelia, su familia es como la mía y para mí es como una hermana pequeña. Así que te lo digo muy en serio: ni se te ocurra hacerle daño. Como me entere de que juegas con ella o de que le haces una mala pasada, vamos a tener un problema muy gordo tú y yo. ¿Estamos?
Dani suspiró, pero vi que se relajaba al ver que no me lo tomaba a malas, sino como una advertencia de protección. Me de un golpe afectuoso en el hombro.
—Tranquilo, Rafa. De verdad —me prometió, completamente sincero—. Sé perfectamente quién es Lucía, lo que significa para ti y la relación que tienen vuestras madres. Me gusta en serio, no es ningún rollo de una noche. Voy a ir de frente con ella, te lo aseguro.
Asentí con la cabeza, dándome por satisfecho con su palabra.
—Me alegro, tío. Porque como le saques una lágrima, te aseguro que no te va a salvar ni el taller —le advertí con una media sonrisa, sellando el pacto entre los dos mientras entrábamos de nuevo en los límites de la ciudad.
El ambiente en el coche volvió a relajarse tras la promesa de Dani sobre Lucía. La carretera seguía despejada y, aprovechando que mi colega había abierto la veda de las confesiones, sentí que era el momento de soltar lo mío. Llevaba todo el viaje dándole vueltas y necesitaba desahogarme con el único tío que sabía que no me iba a juzgar.
—Bueno, ya que estamos de confesiones... te tengo que contar yo otra cosa —solté, manteniendo la vista fija en el asfalto pero con una media sonrisa que me delató al instante.
Dani se acomodó en el asiento, mirándome con curiosidad.
—A ver, suelta. No me digas que el rey del circuito también ha caído.
—Estoy con Valeria —confesé de golpe. Dani abrió los ojos de par en par, pero antes de que pudiera interrumpirme, levanté una mano del volante para frenarlo—. Pero escúchame bien, tío: esto es un secreto absoluto. No se lo puedes decir a nadie, ni a Lucía, ni a los chavales del taller, a nadie. Sus padres son unos estirados de cuidado, han tenido una bronca tremenda en su casa por nuestra culpa y su padre le ha prohibido verme. Valeria me ha pedido llevarlo en silencio hasta que pueda independizarse y hacer las cosas a su manera, y le he dado mi palabra.
Dani se quedó unos segundos asimilando lo que le acababa de soltar, mirando por el parabrisas mientras asentía lentamente.
—Joder, Rafa, vaya panorama —comentó con tono serio—. Pero mira, si te soy sincero, por lo poco que sé de ella a través de Lucía, se la ve muy buena tía. Es legal, es lista y no se merece que andes con tonterías. Así que espero que vayas en serio y no estés jugando con ella por la apuesta del otro día o por pasar el rato. Con chicas así no se juega, tío.
Me quedé callado un momento, apretando el volante. La mención de la apuesta me dio un golpe directo en la conciencia, porque la realidad es que todo aquello había quedado enterrado bajo la arena de la cala el día anterior. Miré a Dani de reojo, perdiendo toda la chulería que solía gastar con el resto del mundo.
—Dani, te lo digo de corazón: jamás me he sentido con nadie como me siento con ella —le confesé, con una voz tan sincera que hasta a mí me extrañó escucharme así—. Olvídate de la apuesta y de cualquier tontería, eso ya no existe. Esta chavala me ha cambiado los esquemas por completo. Me desarma con solo mirarme.
Hice una pequeña pausa, recordando la intensidad de lo que habíamos vivido en la playa, y bajé un poco más la voz, hablando de hombre a hombre con mi mejor amigo.
—Incluso en la cama, tío... No sé ni cómo explicarlo. He estado con muchas tías, ya me conoces, pero lo que sentí ayer con ella no lo he sentido jamás en mi puta vida. No fue solo follar por desahogo. Fue algo tan jodidamente intenso que me dejó loco. Se me ha metido debajo de la piel de una manera que me asusta, Dani.
Dani me miró de hito en hito, sorprendido por ver mi parte más vulnerable, esa que nunca le enseñaba a nadie. Al ver que iba completamente en serio, sonrió de verdad y me dio una palmada fuerte en la espalda.
—Pues me alegro un montón por ti, hermano —me dijo con orgullo—. Ya era hora de que llegara alguien que te bajara los humos y te hiciera sentar la cabeza. Por mi parte estate tranquilo; tu secreto está a salvo conmigo. No va a salir ni una palabra de este coche.