Rafael
Por fin un día de descanso. Después de una semana infernal de carreras, el jaleo del taller y los nervios de tener a Valeria metida bajo la piel, hoy tenía el día libre. No quería saber nada de motores, de clientes pesados ni de la nave. Mi plan para hoy era sagrado: iba a ir a pasar el día con mi abuela a su casa, a comer de sus platos y a desconectar del mundo un rato. Vivía a las afueras, en un pueblecito tranquilo donde se respiraba otro aire, lejos del bullicio de la ciudad y del polígono.
Mientras me terminaba de vestir, se me ocurrió una idea que me aceleró el pulso. Quería que Valeria viniera conmigo. Quería sacarla de su burbuja de apuntes y de pijos, y enseñarle a la mujer que más quería en este mundo. Para mí era un paso importante, una forma de decirle que lo nuestro iba en serio.
La llamé emocionado, pero la conversación no tardó ni dos minutos en torcerse.
—¿A casa de tu abuela, Rafael? —su voz al otro lado de la línea sonó dubitativa, con ese tono de psicóloga que usaba cuando calculaba demasiado las cosas—. No sé... Me encantaría conocerla, de verdad, pero es que para ir hasta ese pueblecito tenemos que salir juntos de aquí. Alguien nos puede ver subiendo al coche en mi zona o por el camino. Si corre la voz y le llega a mis padres, se va a liar una monumental. Creo que es mejor que lo dejemos para más adelante, cuando esté independizada.
El jarro de agua fría me sentó como una patada en el estómago. Sentí cómo el orgullo me daba un pinchazo brutal.
—Ah, vale. Que te avergüenzas de que te vean conmigo, aunque sea para salir de la ciudad —le solté, con la voz cortante y fría como el hielo.
—No es eso, Rafael, no lo malinterpretes... —intentó explicarse ella, pero yo ya estaba cerrado en banda.
—Mira, Valeria, déjalo. Si tanto miedo tienes de que tus conocidos te vean con el kinki del polígono en el coche, no hace falta que vengas. Quédate en tu zona residencial, no vaya a ser que te manches el apellido. Hablamos luego.
Le colgué el teléfono sin dejarle terminar la frase. Estaba de una mala leche impresionante. Me daba una rabia tremenda que sus miedos y sus prejuicios familiares terminaran salpicándome a mí, haciéndome sentir como si fuera un bicho raro al que había que esconder en un callejón oscuro para que nadie se enterara.
Me subí al coche dando un portazo y tiré el móvil en el asiento del copiloto. A los pocos minutos, la pantalla empezó a iluminarse. Una llamada de Valeria. No lo cogí. Volvió a sonar. Le di al botón de silenciar y tiré el teléfono a la guantera. Si pensaba que me iba a ablandar con cuatro palabras de psicóloga, iba lista.
Conduje de mala hostia, pero a mitad de camino, la culpa y el enfado se me empezaron a mezclar en el pecho. Sabía que ella lo hacía por proteger lo nuestro, pero a mí me dolía el alma. Al parar en una gasolinera a echar gasolina, saqué el móvil de la guantera. Tenía cuatro llamadas perdidas suyas y un mensaje de texto.
Valeria: Rafael, joder, cógeme el teléfono. No seas tan cabezota. No me avergüenzo de ti, solo tengo miedo de cagarlo todo. Por favor, llámame.
Justo cuando estaba leyendo el mensaje, el móvil volvió a vibrar en mi mano con su nombre en la pantalla. Esta vez, soltando un resoplido, descolgué.
—¿Qué pasa? —solté, seco.
—¡Por fin! —escuché su voz al otro lado, sonaba sofocada, casi desesperada—. Deja de ser tan orgulloso por una vez y escúchame. He sido una estúpida. Me ha podido el miedo y sé que te he hecho daño, no era mi intención para nada.
Hizo una pequeña pausa y escuché cómo suspiraba al otro lado de la línea, tomando una decisión.
—Voy contigo, Rafael. Me da igual quién me vea, me da igual mi padre y me da igual todo. Quiero conocer a tu abuela, quiero ver ese pueblo y quiero pasar el día contigo. Pásame a buscar por la esquina de siempre, estoy lista en diez minutos.
El nudo que tenía en el estómago se aflojó de golpe al escuchar la determinación en su voz. Esa pija tenía un par de narices cuando se lo proponía. La sonrisa de lado me volvió a la cara, barriendo toda la mala leche del tirón.
—Está bien, gordi —le responí, relajando el tono—. En diez minutos estoy ahí. No te retrases, que tenemos un viaje hasta el pueblo y a mi abuela no le gusta que la gente llegue tarde a comer.
Metí primera y salí de la gasolinera quemando un poco de rueda, con la mala leche completamente disipada y cambiada por unas ganas locas de verla. Tardé exactamente nueve minutos en plantarme en la esquina de siempre. Allí estaba ella, con un vestido sencillo y el pelo recogido, mirando a los lados con un deje de nerviosismo que desapareció en cuanto me vio llegar. Se subió al coche rápido y, antes de que pudiera decir nada, el olor de su perfume inundó todo el habitáculo, poniéndome el mundo del revés como de costumbre.
Arranqué sin perder tiempo, enfilando la carretera que nos sacaría de la ciudad en dirección al pueblo de mi abuela. El silencio en el coche era denso, de esos que pesan, hasta que salimos a la autovía.
—Rafael... —empezó ella, mirándome de perfil con los ojos cargados de arrepentimiento—. De verdad, lo siento mucho. Siento haber sido tan cobarde y haber reaccionado así. No es que me avergüence de ti, te lo juro. Es que tengo tanta presión encima con lo de mi casa que a veces me colapso y pago mis miedos contigo. No te mereces que te oculte como si fueras un secreto feo.
Giré la cabeza un segundo para mirarla y ver que lo decía de corazón. Destensé las manos del volante y busqué la suya, entrelazando nuestros dedos sobre la palanca de cambios.
—Tranquila, gordi. Yo también me disculpo —le dije, suavizando la voz—. He saltado a la primera y me ha salido el orgullo de golpe. Sé el jaleo que tienes encima con tus padres y que no es fácil para ti. Es solo que... joder, me dolió pensar que te cortabas de estar conmigo por el qué dirán. Pero ya está, olvidado.
Valeria suspiró, visiblemente aliviada, y apretó mi mano con fuerza. Se quedó mirando la carretera un buen rato mientras los campos andaluces empezaban a sustituir los edificios. Se la veía pensativa, asimilando algo por dentro, hasta que volvió a romper el silencio con una voz muy bajita, casi en un susurro.
—Es que... me asusta, Rafael. Me asusta muchísimo la magnitud de lo que estoy sintiendo por ti en tan poco tiempo. Nunca me había pasado esto con nadie. Siento que pierdo el control de mi vida y eso, a una psicóloga obsesionada con tenerlo todo bajo llave, la aterroriza.
Al escucharla, una sonrisa de lado, de esas que me salían solo con ella, se me dibujó en la cara. Sentir que la pija superdotada y perfecta compartía el mismo torbellino que yo tenía en el pecho me dio una vida increíble.
—¿Te asusta a ti? —solté con una risa suave, mirándola de reojo con total honestidad—. Pues imagínate a mí, gordi. Yo estoy acojonado desde el primer momento en que te subiste a mi coche. Yo, que iba de rey del mambo, que controlaba el barrio y que pasaba de todo el mundo... y llegas tú y me desmontas entero con una mirada. No sé lo que es esto, Valeria, pero te aseguro que nunca en mi puta vida me había sentido así con nadie. Así que, si tienes miedo, nos aguantamos los dos, porque ya no hay marcha atrás.
El viaje se nos pasó volando entre risas y confesiones, y para cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos entrando por las calles empedradas del pueblo. Aparqué el coche en la plaza y guie a Valeria a pie hasta la casa de mi abuela, una casita blanca con macetas llenas de gitanillas en la fachada y una puerta de madera que siempre estaba abierta de par en par.
En cuanto cruzamos el umbral, el olor a puchero y a gloria nos recibió en el recibidor. Mi abuela salió de la cocina limpiándose las manos en el delantal. Al ver a Valeria, una sonrisa inmensa, llena de arrugas sabias y de cariño, le iluminó la cara.
—Pero bueno... ¿esta es la preciosa muchacha de la que tanto he oído hablar? —dijo, acercándose para darle dos besos cariñosos que a Valeria la desarmaron al instante. Mi abuela la miró de arriba abajo, con los ojos brillándole de pura nostalgia—. Madre mía, Rafaelito... parece que he viajado en el tiempo. Mirarla a ella es como volver a conocer a Alma. Así mismito fue el comienzo de tu padre y de tu madre, una niña bien y mi hijo, el chico de barrio. La misma estampa.
Valeria sonrió, un poco tímida pero encantada con el recibimiento, aunque bajó la mirada al recordar el lío de sus padres. Mi abuela, que de tonta no tenía un pelo, le dio una palmadita suave en la mejilla.
—Solo que en una cosa cambia vuestra historia, cielo: ellos lo hicieron sin el miedo al qué dirán de la familia, porque Alma tenía una familia maravillosa que adoraba a mi Rafael y lo aceptó desde el primer minuto. Así que tú no tengas miedo de nada, que lo bueno siempre se abre camino. Anda, pasa para el patio, que os he preparado una limonada fresca.
A los pocos minutos de estar sentados en el patio, Valeria se disculpó con una sonrisa para ir al servicio. En cuanto la puerta del pasillo se cerró, mi abuela se giró hacia mí en la mecedora, entornando los ojos con esa mirada con la que me calaba desde que era un mico.
—Rafaelito, hijo... —empezó, apuntándome con el dedo—. A mí no me engañas con tus poses de chico duro del circuito. Estás enamorado de esa chica hasta las trancas. Se te nota en cómo la miras, en cómo respiras cuando ella está cerca y en cómo te cambia la cara.
Me rasqué la nuca, sintiendo cómo los colores me subían un poco por la fuerza de sus palabras. Pero ante ella no podía mentir. Miré hacia la puerta por la que había salido Valeria y asentí con la cabeza, con una sonrisa mansa que jamás le enseñaba a nadie en el polígono.
—Sí, abuela. Estoy colado por ella como un imbécil —confesé en un susurro—. Me tiene loco.
—Pues cuídala, que las mujeres que te hacen temblar las piernas y te templan el alma no se encuentran dos veces en la vida —me sentenció la vieja con toda su sabiduría.
No tardó mucho en llenarse la casa, porque en mi familia lo de comer tranquilos no existía. A la media hora llegaron mis hermanos mayores, Rocío e Ismael, cada uno con su respectiva pareja. El patio se revolucionó en un segundo; Rocío entró con su energía de siempre arrasando con todo, e Ismael, que traía el pan, no tardó ni dos minutos en empezar a metirse conmigo en cuanto vio a Valeria. Nos sentamos todos a la mesa del patio, bajo la parra, compartiendo las fuentes de comida, las risas y las novatadas que mis hermanos me hacían recordar. Valeria encajó como un guante; al principio estaba un poco expectante, pero la calidez de mis hermanos la hizo relajarse tanto que terminó riéndose a carcajadas con las ocurrencias de Rocío.
La sorpresa gorda llegó a la hora del café. Escuchamos el jaleo de varios coches aparcando fuera y, de repente, el patio se terminó de desbordar. Entraron mis padres, Rafael y Alma, trayendo con ellos a mi hermana pequeña, que corrió directa a abrazar a la abuela. Detrás de ellos aparecieron Dani padre y su mujer, los padres de mi colega, que eran como tíos para mí. Y cerrando el grupo, entraron Dani hijo con Lucía, cogidos de la mano y con una sonrisa de oreja a oreja.
Miré a Dani de reojo y le solté un guiño, viendo que el tío había cumplido su palabra de ir de frente. Valeria, al ver aparecer a su mejor amiga de la mano de mi hermano, abrió los ojos de par en par con total sorpresa, pero la felicidad le iluminó la cara enseguida. El patio de la abuela se convirtió en una fiesta de las de antes: café, dulces, conversaciones cruzadas, humo de sobremesa y el ruido de la gente que se quiere.
Inmerso en mitad del jaleo, busqué la mano de Valeria por debajo de la mesa. Ella me la apretó con fuerza, mirándome con unos ojos brillantes que me lo dijeron todo. Ya no había secretos, ni miedos, ni distancias entre su mundo y el mío; allí, rodeados de los nuestros, éramos simplemente nosotros.