Rafael
La noche estaba de categoría en la playa. El chiringuito del paseo estaba a reventar de gente, la música retumbaba en la arena y la brisa del mar aliviaba un poco el calor. Dani y Lucía iban a lo suyo, acaramelados y sin esconderse de nadie después de que mi colega fuera de frente con la familia. Valeria había venido con la excusa de acompañar a su amiga, haciendo el papelón para que nadie sospechara lo nuestro. Era un suplicio tenerla a dos metros, ver lo guapa que estaba con el reflejo de las luces en el pelo y no poder acercarme a agarrarla por la cintura como había hecho unas horas antes en el coche, rodeados de olivos. Pero manteníamos el tipo, cruzando miradas cómplices que nos decían todo lo que los demás ignoraban.
Todo iba sobre ruedas hasta que el ambiente se torció de golpe.
Noté un olor a perfume empalagoso justo antes de sentir cómo unos brazos me rodeaban el cuello por detrás y alguien se colgaba de mí sin ningún tipo de pudor.
—¡Hola, mi amor! Qué perdido te tienes, ¿no? —soltó Vanesa con esa voz chillona que me puso los pelos de punta.
Me quedé completamente rígido, tenso como una cuerda de piano. Lo primero que hice fue mirar a Valeria. Su cara cambió en un segundo: la sonrisa se le borró de los labios, se le puso la mandíbula dura y me clavó una mirada que cortaba el cristal. Recordé el aviso que me había dado la otra noche: "Como vea a alguna lagarta demasiado cerca de ti... la que va a tener un problema con ella voy a ser yo".
El orgullo y el respeto por mi pija me dieron un subidón de adrenalina. Agarré a Vanesa por las muñecas y, sin miramientos, me la quité de encima de un tirón seco, dándole un paso atrás para marcar distancia.
—¿Se puede saber qué coño haces, Vanesa? —le solté, con una voz ronca que cortó el buen rollo del grupo al instante.
Vanesa se tambaleó un poco sobre los tacones, mirándome con los ojos muy abiertos, entre sorprendida y picada por el desprecio delante de todo el mundo.
—¿Pero qué te pasa, Rafa? Tampoco es para ponerse así, que pareces tonto —protestó ella, intentando hacerse la ofendida y dando un paso para volver a acercarse—. Si el otro día en las duchas bien que te gustaba que estuviera cerca...
—¡Corta el rollo ya! —la frené en seco, señalándola con el dedo y con una mala hostia que se me notaba en cada fibra del cuerpo—. Escúchame muy bien lo que te voy a decir y que te entre en la cabeza de una puta vez: jamás vuelvas a tocarme de esa forma, como si tuvieras algún derecho sobre mí. Lo que hubiera entre nosotros, que no fue nada, se acabó.
—¡Ay, por favor, si eres un chulo de barrio y vas de digno! —me gritó ella, perdiendo los papeles por completo al ver que no le daba juego—. ¡Ni que fueras el rey de España! ¡Si siempre has venido detrás cuando te ha dado la gana!
—¡Pues ya no me da la gana! —le respondí, plantándole cara en mitad de la pista improvisada de la playa—. No quiero saber nada de ti, Vanesa. Búscate a otro para darle el espectáculo, pero a mí me dejas en paz. Como te vuelva a ver colgarte de mí o vacilarme, vas a saber lo que es tener un problema de verdad conmigo. ¡Lárgate ya por donde has venido!
Vanesa se puso roja de la rabia, miró a Dani, miró a Lucía y terminó clavando los ojos en Valeria, sospechando algo, pero la mirada de hielo que le devolvió mi gordi la hizo recular. Soltó un bufido de desprecio, se dio la vuelta y se perdió entre la multitud de la playa dando taconazos en la arena.
Me quedé respirando hondo, intentando rebajar las pulsaciones y colocándome la cadena del cuello que Vanesa casi me arranca. Miré de reojo a Valeria. Seguía seria, pero el brillo de orgullo y de satisfacción en sus ojos al ver cómo había puesto en su sitio a la otra me confirmó que, a pesar del sofocón, había hecho exactamente lo que tenía que hacer.
—Bueno, voy un momento al baño —solté en voz alta, pasándome una mano por la nuca como si estuviera agobiado por el calor y la discusión.
Dani y Lucía asintieron sin prestarle mucha atención, pero antes de dar la vuelta, busqué los ojos de Valeria. Le dediqué una mirada fija, una señal sutil que solo ella y yo sabíamos descifrar. Me di la vuelta y caminé a paso rápido, alejándome de las luces del chiringuito y de la música que retumbaba en la arena. En lugar de ir a los baños portátiles, me desvié hacia la zona más oscura de la playa, donde la vegetación y los matorrales crecían salvajes cerca del paseo, rompiendo la visibilidad. Me metí entre las sombras, oculto de las miradas de cualquiera, y me quedé allí, esperándola con el corazón latiéndome a mil por hora.
No pasaron ni dos minutos cuando escuché el crujido de la arena. Valeria apareció entre la penumbra, caminando deprisa, con los brazos cruzados y una expresión que daba miedo. En cuanto llegó a mi altura, la tensión estalló.
—¿Se puede saber qué ha sido eso, Rafael? —me soltó en un susurro cargado de rabia, señalando con el dedo hacia la pista—. ¿Se cree con derecho a colgarse de ti porque seguís teniendo algo? Me dijiste que lo del gimnasio fue una tontería, pero he visto cómo te miraba. ¡Estaba marcando territorio en mi puta cara!
Estaba furiosa, con unos celos de barrio que no le cabían en el pecho y que me encendieron por completo. Ver a la pija culta y perfecta perdiendo los papeles por mí me volvía loco.
—¡Que no te enteras, Valeria! —le respondí, acorralándola contra mi cuerpo, atrapándola entre mis brazos y la oscuridad de los matorrales—. ¿No has visto cómo la he mandado a la mierda? Se ha colgado ella, yo no tengo nada con esa tía. La única que me importa eres tú.
Para cortar sus protestas y su rabieta de celos, le agarré la nuca y le planté un beso brutal, salvaje, de los que quitan el aliento. Valeria protestó contra mis labios el primer segundo, pero enseguida se rindió, gimiendo bajito y pegando todo su cuerpo al mío. La rabia de la discusión se transformó en pura necesidad en un abrir y cerrar de ojos.
Bajé una de mis manos por su costado, arrastrando la tela de su vestido hacia arriba con urgencia, hasta llegar a su intimidad. Deslicé mis dedos bajo la lencería, buscando su centro, y los introduje sin miramientos en sus partes. Al notar su humedad extrema, completamente empapada por la excitación y la adrenalina del momento, solté un gruñido ronco contra su boca. Estaba ardiendo por mí.
—Joder, gordi... estás preciosa así de celosa —le susurré al oído, moviendo mis dedos dentro de ella, haciéndola temblar entre mis brazos.
—Rafael... por favor —gimió ella, apoyando la frente en mi hombro, completamente desarmada y respirando de manera entrecortada—. Te necesito. Hazmelo aquí, ahora mismo. No puedo esperar.
Sustraje los dedos lentamente, saboreando el control de la situación, y la miré a los ojos en mitad de la penumbra, intentando mantener un mínimo de cordura.
—Aquí no, Valeria —le dije con la voz rota por el esfuerzo—. Nos puede ver cualquiera que pase por el camino, estamos al lado de la fiesta. Vamos al coche.
—No, al coche no nos da tiempo —me suplicó ella, agarrándome de la camisa con desesperación, tirando de mí hacia abajo mientras buscaba mis labios otra vez—. Por favor, Rafael... te lo suplico. Hazmelo aquí. Nadie nos va a ver. Necesito sentirte ya.
Su súplica, cargada de una lujuria y una entrega que nunca le había visto, terminó de dinamitar el poco autocontrol que me quedaba. Si la gordi quería peligro, lo iba a tener.
La súplica de Valeria terminó de quemar los pocos cables de cordura que me quedaban. Verla así, desatada por los celos, suplicándome oculta entre la maleza a pocos metros de la fiesta, me encendió la sangre de una manera brutal.
—Tú lo has querido, gordi —le gruñí al oído, con la voz rota por la necesidad.
La giré de golpe, pegando su espalda contra el tronco de un arbusto grueso que nos tapaba por completo de la zona de paso. Valeria soltó un jadeo ahogado cuando la alcancé. Le subí el vestido de un tirón hasta la cintura y bajé su lencería por las piernas sin miramientos, dejándola completamente expuesta a mis manos en mitad de la penumbra.
No había tiempo para preámbulos. Me desabroché el pantalón con urgencia, liberándome, y la agarré con fuerza por los muslos, obligándola a saltar y a enredar sus piernas alrededor de mi cintura. Ella se sujetó a mis hombros como si le fuera la vida en ello, clavándome las uñas en la espalda.
—Rafael, ya... —me pidió en un susurro desesperado, buscando mi boca.
Me elevé un poco y me empujé dentro de ella de un solo golpe, hundiéndome hasta el fondo en su humedad ardiente. Valeria ahogó un grito contra mis labios, abriendo mucho los ojos mientras se adaptaba a la intensidad de la entrada. Estaba tan estrecha y tan jodidamente caliente que me costó un mundo no correrme en ese mismo instante.
Empecé a moverme con embestidas firmes, duras y rítmicas, conteniendo el ruido de nuestras respiraciones. El contraste era una locura: a lo lejos se escuchaba el retumbar de los bajos de la música del chiringuito y las voces de la gente en la orilla, pero aquí dentro, en nuestro escondite, solo existía el roce de nuestras pieles, el sonido húmedo de cada penetración y los gemidos que Valeria intentaba amortiguar mordiéndose el labio inferior.
—Joder, gordi... eres mía —le solté entre dientes, acelerando el ritmo. La empujaba con fuerza, haciéndola vibrar contra el tronco mientras la sostenía en el aire con la fuerza de mis brazos—. Mírame. Dime de quién eres.
—Tuya... de nadie más, Rafael —gimió ella, con los ojos empañados por el placer, completamente entregada al vaivén salvaje que le estaba metiendo. Me buscaba la boca de forma caótica, mordiéndome los labios, pasándome el subidón de adrenalina que llevaba dentro.
El peligro de que nos pillaran, sumado a la rabia de la escena con Vanesa, convirtió todo en un frenesí absoluto. Valeria empezó a espasmarse a mi alrededor, apretándome con una fuerza increíble por dentro mientras su cuerpo temblaba, alcanzando un orgasmo tenso y silencioso que la dejó sin fuerzas, colgando de mi cuello.
Verla llegar al límite me terminó de rematar. Di tres embestidas más, profundas y desesperadas, y me corrí dentro de ella con un gruñido ronco que ahogué en su cuello, sintiendo cómo la cabeza se me quedaba en blanco por completo.
Nos quedamos un par de minutos abrazados, jadeando contra la piel del otro, intentando que el corazón nos bajara de las mil revoluciones. Le bajé las piernas despacio, ayudándola a apoyar los pies en la arena, y me separé con cuidado, limpiándonos rápido en la oscuridad. Valeria se recolocó el vestido con las manos temblorosas, con una sonrisa de suficiencia y las mejillas encendidas. Le aparté un mechón de pelo de la cara y le di un beso corto, tierno, completamente cambiado. El rey del polígono y la psicóloga habían vuelto a jugar con fuego, y nos habíamos quemado a gusto.