Oro y adrenalina

9 La cuerda floja

Rafael

Abrí los ojos a regañadientes, con el cuerpo doliéndome como si me hubiera pasado por encima un camión de dieciocho ruedas. La luz de la tarde entraba con fuerza por la persiana a medio bajar de mi habitación. Me incorporé en la cama despacio, soltando un quejido; tenía la espalda molida de estar tirado bajo el chasis en la nave y los nudillos hinchados y amoratados.
​Lo primero que hice fue estirar el brazo para coger el móvil de la mesita de noche. Al encender la pantalla, vi las llamadas perdidas de la noche anterior y los mensajes desesperados de Valeria. Se me encogió el estómago. No quería que pasara ni un minuto más con esa angustia, así que busqué su número y llamé.
​Al segundo tono, descolgó.
​—¿Rafael? —su voz sonó tensa, rápida, cargada de una mezcla de alivio y de una seriedad que me puso en alerta al instante.
​—Hola, gordi —dije, con la voz todavía ronca por el sueño—. Ya estoy despierto. Te llamaba para que te quedaras tranquila, que estoy bien. Un poco machacado de la nochecita de taller que nos dio el viejo, pero entero.
​Se hizo un silencio denso al otro lado de la línea. Esperaba que se relajara, que me soltara una de sus reprimendas dulces o que se riera, pero lo que vino me heló la sangre.
​—Tenemos que vernos, Rafael. Quiero verte ya —soltó, con una firmeza que no le había escuchado nunca.
​—Claro, gordi, en cuanto me duche voy a buscarte...
​—Escúchame —me cortó, y por el tono supe que estaba conteniendo las lágrimas—. Lucía me ha contado todo lo que pasó anoche. Lo de tu primo, la batalla campal en ese bar, los puñetazos... Rafael, yo no quiero estas peleas en mi vida. No puedo vivir con este miedo constante, con el corazón en un puño metida en la cama sin saber si vas a volver a casa o si te van a meter en un calabozo o en un hospital. Este mundo tuyo... a mí me viene grande.
​Me senté del todo en la cama, pasándome la mano por la cara, sintiendo cómo el pánico empezaba a desplazar al cansancio. El "te quiero" de la noche anterior parecía estar desvaneciéndose por culpa de la realidad de mi barrio.
​—Valeria, escúchame tú a mí, por favor —le pedí, intentando mantener la calma para no alterarla más—. Lo de anoche fue una cosa excepcional. Era mi primo Luca, es de mi sangre y no podíamos dejarlo solo. Yo no suelo meterme en peleas por gusto, no voy buscando jaleos por la calle. Llevo una vida normal en el taller, te lo juro.
​—Ya, pero el problema es que cuando el jaleo viene a buscarte, tú no lo evitas, Rafael. Vas de cabeza —sentenció ella, con la voz quebrada—. No podemos hablar de esto por teléfono. Tienes que venir. Tenemos que hablar en persona.
​—Gordi...
​—Te espero en el parque de siempre. No tardes.
​Y colgó.
​Me quedé mirando la pantalla parpadeante, con una sensación de vacío tremenda en el pecho. Conocía de sobra esa frase. El "tenemos que hablar en persona" significaba el final en el noventa por ciento de las veces. Me temí lo peor. Me entró el pánico de que fuera a dejarme, de que pusiera los pies en el suelo, abriera los ojos de verdad y se diera cuenta de que la distancia entre su burbuja y mi barro era un abismo demasiado peligroso para ella.
​Me levanté de la cama de un salto, ignorando los dolores del cuerpo. Me pegué una ducha de agua fría en dos minutos, me calcé las zapatillas y me puse lo primero que pillé del armario. No me importaba la bronca de mi padre, ni el cansancio, ni nada que no fuera ella. No iba a permitir que me dejara sin pelear por lo nuestro. Salí de casa a toda prisa, me subí al coche y arranqué en dirección al parque, dispuesto a convencer a mi pija de que, pasara lo que pasara, yo no la iba a soltar.
Metí la primera marcha y conduje hacia el parque de siempre a una velocidad que rozaba lo temerario. Tenía las manos pegadas al volante, los nudillos resentidos de los puñetazos de anoche y el estómago hecho un nudo que me impedía hasta respirar bien. Solo podía pensar en que la iba a perder, en que su mundo de orden y futuro iba a terminar ganándole la partida a lo que sentía por mí.
​Cuando frené junto a la acera del parque, la vi. Estaba sentada en un banco de piedra, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en el suelo. Se la veía tan pequeña, tan frágil en mitad de todo este lío, que me dieron ganas de bajarme y comerla a besos allí mismo. En cuanto escuchó el ruido de mi motor, levantó la cabeza, se colgó el bolso al hombro y caminó hacia el coche con paso decidido.
​Abrió la puerta del copiloto y se montó sin decir una sola palabra. No me miró. Tenía los ojos algo hinchados y la mandíbula apretada.
​—Hola, gordi... —atiné a decir, estirando la mano para tocar la suya.
​—Arranca, Rafael. Vámonos a un sitio tranquilo donde no haya nadie —me cortó, con una voz fría que me sentó como una patada en el pecho.
​Tragué saliva, metí la marcha y saqué el coche de allí. Conducía sin rumbo fijo, buscando alejarnos del bullicio del centro, hasta que tiré por la carretera vieja que subía hacia el mirador del monte, un camino de tierra apartado donde sabía que nadie nos iba a molestar. Aparqué bajo la sombra de unos pinos, apagué el motor y el silencio que se quedó en el habitáculo se volvió asfixiante.
​Valeria abrió la puerta de su lado de golpe y se bajó. Yo hice lo mismo, rodeando el capó del coche a toda prisa para ponerme frente a ella. El viento del desfiladero le movía el pelo por la cara y, cuando por fin me clavó esos ojos claros, vi que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no romperse.
​—A ver, Valeria, mírame, por favor —le pedí, dando un paso hacia ella con los brazos abiertos—. Estoy aquí. No me ha pasado nada.
​—¡Ese es el problema, Rafael! ¡Que hoy estás aquí, pero anoche podías haber terminado en un hospital o en el calabozo! —estalló por fin, dando un paso al frente y señalándome el pecho con el dedo—. Estaba muerta de miedo, ¿te lo puedes imaginar? Pasé la noche entera mirando el maldito teléfono, llamándote, enviándote mensajes que no te llegaban, imaginándome lo peor. Sentirme tan jodidamente impotente en mi cama mientras tú estabas en mitad de una batalla campal... me destrozó.
​Se le quebró la voz, pero respiró hondo para no dejar que las lágrimas le ganaran la batalla. Se cruzó de brazos, clavándome una mirada llena de reproche y dolor.
​—Y por si fuera poco con el pánico que ya llevaba encima, cuando os fuisteis en la playa, apareció Vanesa —soltó, y al mentar a la otra se le endureció el gesto por completo—. Vino a buscarme con toda la mala leche del mundo para restregarme la verdad en la cara. Me dijo que ahora iba a saber lo que era tu verdadera vida nocturna, que tú eres así, que desapareces a mitad de la noche para meterte en líos de los gordos con tu familia. Y me preguntó si de verdad yo estaba preparada para esto... porque ella sabía perfectamente que no. Que una niña de papá como yo no iba a aguantar este ritmo.
​Valeria dio un paso más hacia mí, acortando la distancia, con los ojos empañados pero brillando con una intensidad que me atravesó de parte a parte.
​—Y lo peor de todo, Rafael, lo que me ha tenido despierta toda la puta noche con el estómago del revés... es que he sentido que esa lagarta tenía toda la razón del mundo. Que yo no pinto nada en mitad de este fango tuyo.
Escucharla mencionar a Vanesa y dudar de nosotros de esa manera me encendió la sangre. El miedo a perderla se transformó, en un segundo, en una rabia sorda que me nació del estómago. No iba a permitir que las palabras de una despechada dinamitaran lo que sentíamos, ni que Valeria me juzgara como si yo fuera un delincuente común que disfrutaba con la violencia.
​—¿Que Vanesa tiene razón? ¿Me estás diciendo eso en serio, Valeria? —le solté, dándole un paso al frente con una contundencia que la hizo dar un pequeño respingo—. ¡Vanesa no sabe una mierda de mí, ni de ti, ni de lo que hay aquí dentro! Esa tía solo quería meter ponzoña porque la mandé a la mierda delante de todo el mundo por respeto a ti.
​Me pasé las manos por el pelo, frustrado, intentando contener los demonios que me quemaban por dentro.
​—Anoche no salí a divertirme, ni a buscar jaleo para dármelas de gallito del polígono. Era mi familia. Mi primo Luca estaba acorralado y sangrando. En mi mundo, Valeria, si tocan a uno de los tuyos, vas con todo. Ismael fue a buscarme, mi padre apareció para pararlo... Es mi sangre. No puedo cambiar quién soy, ni de dónde vengo, ni el apellido que llevo. Si tú te crees que soy un salvaje que te va a amargar la vida con este miedo... —Me callé un segundo, mirándola fijamente a los ojos, sintiendo cómo se me rompía algo en el pecho, pero manteniendo la voz firme—. Si de verdad piensas que mi fango te va a manchar tu burbuja perfecta y que no merece la pena el riesgo... entonces no hay nada más que hablar.
​Di un paso atrás, alejándome de ella, sintiendo el frío del desfiladero en la cara.
​—Si es eso lo que quieres, si tanto te asusta quererme... entonces así será —sentencié, con una mezcla de orgullo herido y puro dolor—. Te voy a dejar en paz. No volveré a molestarte, Valeria. Te llevaré a tu casa y me apartaré de tu vida para siempre, para que puedas dormir tranquila todas las noches sin que un tío como yo te quite el sueño.
​Me di la vuelta con el corazón hecho pedazos, incapaz de seguir sosteniéndole la mirada, y caminé decidido hacia la puerta del conductor. Iba a abrirla para montarme en el coche cuando escuché sus zancadas rápidas sobre la tierra y las piedras sueltas.
​Antes de que pudiera agarrar la maneta, Valeria se plantó justo delante de mí, interponiéndose entre la puerta y mi cuerpo. Apoyó las dos manos con fuerza en mi pecho, empujándome un poco hacia atrás para evitar que me subiera. Tenía las mejillas encendidas y las lágrimas, por fin, le resbalaban por la cara.
​—¡Eres un imbécil, Rafael! ¡No te atrevas a darme la espalda! —me gritó, con la voz rota por la emoción, golpeándome el pecho con el puño cerrado una sola vez—. ¡No te atrevas a rendirte así de fácil después de lo que me dijiste anoche en la playa!
​—¡Tú eres la que está diciendo que esto te viene grande! —le respondí, agarrándola por las muñecas para que se estuviera quieta, aunque sin apretar, sintiendo el calor de su piel—. ¡Me estás diciendo que no pintas nada en mi mundo!
​—¡Porque tengo miedo, joder! ¡Tengo un miedo que me muero porque te quiero! —confesó de golpe, soltando el aire que parecía llevar retenido toda la noche.
​Se me cortó la respiración. Sus palabras se clavaron en mitad del monte, silenciando el viento. Valeria dejó caer la frente contra mi pecho, con los hombros atrapados por el llanto, mientras sus manos se aferraban a las solapas de mi chaqueta con una desesperación absoluta.
​—Tengo miedo de que te pase algo, de que me faltes... —susurró, con la voz ahogada—. Nunca he sentido esto por nadie, Rafael. En mi casa todo es frío, todo es predecible, y contigo... contigo siento que estoy viva, pero me aterra no saber controlar lo que pasa a tu alrededor. No quiero que te vayas, no quiero que me dejes en paz. Solo necesito saber que vas a tener cuidado, que vas a volver siempre a mí.
​La rabia se me evaporó del cuerpo en un segundo, sustituida por una ternura inmensa que me encogió el corazón. Le solté las muñecas y le rodeé la cintura con los brazos, pegándola a mí con tanta fuerza que apenas quedaba espacio entre los dos. Le escondí la cara en el cuello, respirando su perfume, sintiendo cómo se calmaba poco a poco al notar mi contacto.
​—Gordi... —le susurré al oído, con la voz ya mansa, acariciándole la espalda—. Te prometo que voy a tener cuidado. Te prometo que, pase lo que pase en el barrio, yo siempre voy a volver a ti. Eres mi norte, Valeria. No me dejes ir, aunque me ponga gilipollas, no me dejes subir a ese coche.
​Ella levantó la cabeza, mirándome con los ojos empañados y la nariz un poco roja, pero con una sonrisa pequeña y temblorosa que me devolvió la vida. Me agarró de la nuca y me besó, un beso largo, salado por las lágrimas, que selló una tregua definitiva entre su mundo y el mío.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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