Rafael
El lunes por la mañana el taller era un hervidero de ruido. El eco de las pistolas neumáticas, el olor a grasa y el motor de un coche acelerando al fondo marcaban el ritmo habitual. Yo estaba inclinado sobre el capó de un todoterreno, con las manos manchadas de aceite y la mente concentrada en el motor, intentando dejar atrás la intensidad del fin de semana.
En ese momento, el móvil empezó a vibrar en el bolsillo de mi mono de trabajo. Me limpié las manos rápidamente con un trapo, saqué el teléfono y sonreí de lado al ver el nombre en la pantalla.
—Dime, gordi —respondí, apartándome un poco del ruido hacia la zona de la oficina.
—¡Rafa! Te llamo porque acabo de salir de secretaría —su voz sonaba radiante, llena de esa energía limpia que siempre me contagiaba—. Ya está. Ya he rellenado todos los papeles para las prácticas en la clínica. Está todo firmado y confirmado.
Sentí un orgullo limpio en el pecho. Sabía lo mucho que se había esforzado por conseguir esa plaza y lo importante que era para ella dar ese paso.
—Enhorabuena, Valeria. Sabía que lo conseguirías —le dije, con un tono sincero y pausado—. Te lo has ganado a pulso.
—Gracias, mi amor. Estoy feliz —hizo una pequeña pausa y escuché el tintineo de sus llaves al otro lado de la línea—. Oye, ahora voy de camino a la tienda de Alma para recoger el vestido de la boda. Quería probármelo una última vez allí.
Una sonrisa arrogante, pero cargada de afecto, se me dibujó en la cara al escuchar cómo se refería a mi madre.
—Sabes que puedes empezar a llamarla suegra en vez de Alma, ¿no? —le solté con un deje de diversión en la voz—. Ya se ha ganado el título, y a ella se le caerá la baba cuando te lo escuche.
Valeria soltó una risita, pero el tono le cambió en un segundo. Al otro lado se instaló un breve silencio y, con la agudeza que la caracterizaba, captó algo en mí que yo intentaba ocultar.
—Rafa... te noto tenso. ¿Pasa algo en el taller? —preguntó con suavidad.
La verdad era que el ambiente con mi padre después de lo del bar seguía siendo un campo de minas, e Ismael y yo llevábamos toda la mañana esquivando sus malas miradas, pero no quería meterla a ella en eso.
—No es nada, gordi. Cosas del trabajo —respondí de inmediato, intentando sonar lo más tranquilo posible.
—Bueno, si es por el trabajo, tienes que descansar un poco —insistió ella, decidida—. ¿Qué te parece si nos vemos para comer? Puedo acercarme por allí cuando termine con el vestido.
Me quedé pensando un instante. El taller no era el mejor sitio para relajarse hoy, y no me apetecía tener los ojos de mi padre encima mientras estaba con ella. Entonces me acordé de las llaves que llevaba en el bolsillo.
—Me parece buena idea, pero hagamos una cosa —le propuse, con una voz más cálida—. Encarga algo de comida para llevar, lo que te apetezca, y nos vemos directamente en mi casa. Comemos allí tranquilos, solos los dos.
—¿En tu casa? ¿En la nueva? —preguntó, y pude notar la ilusión en su voz.
—Sí, allí. Te veo en unas horas.
—Me parece perfecto. Ahora mismo lo pido y voy para allá. Te quiero.
—Y yo a ti. Con cuidado por el camino.
Colgué el teléfono con una sensación de alivio. Guardé el móvil, me guardé las manos en los bolsillos y miré hacia el fondo de la nave. Sabía que la tensión con mi familia no iba a desaparecer de la noche a la mañana, pero la idea de cruzar esa puerta, sentarme en el salón que había montado para los dos y ver entrar a Valeria con las llaves de nuestro propio espacio era la única motivación que necesitaba para soportar el resto del día.
La cerradura giró con un chasquido metálico y, en cuanto empujé la puerta, el aroma de la comida que Valeria había traído me golpeó con fuerza. El salón estaba bañado por la luz dorada de la tarde, y allí estaba ella, estirada sobre el sofá que habíamos elegido juntos, con el mando en la mano y una expresión relajada que rara vez le veía tener cuando estaba en su casa.
En cuanto escuchó mis pasos, giró la cabeza. Sus ojos brillaron al verme entrar. Dejé las llaves sobre la mesa de la entrada y, antes de que pudiera levantarse, me lancé sobre ella. El impacto del sofá bajo nosotros fue seco, pero no me importó. La rodeé con los brazos, envolviéndola en un abrazo posesivo, sintiendo cómo se reía mientras intentaba apartarme.
—¡Eh, que me aplastas! —exclamó, riendo, mientras sus dedos se enredaban en mi pelo.
—Tenía ganas de verte —murmuré contra su cuello, aspirando su perfume, una mezcla de flores y esa calidez que me volvía loco.
Empezamos a jugar, con caricias que pronto dejaron de ser inocentes. El tono de sus risas cambió, volviéndose más bajo, más urgente. La tensión que había arrastrado desde la mañana, el peso de la autoridad de mi padre en el taller, todo empezó a canalizarse en el roce de nuestros cuerpos.
Sin mediar palabra, el juego se volvió una batalla de piel contra piel. La besé con una intensidad que no dejaba lugar a dudas; era un beso hambriento, de esos que reclaman y marcan territorio. Mis manos bajaron por sus caderas, sintiendo las curvas de su cuerpo bajo la ropa, mientras ella arqueaba la espalda, buscándome con una desesperación que me encendió la sangre.
La ropa empezó a estorbar, volando por el salón sin que nos importara el desorden. Cuando por fin estuvimos piel con piel sobre la tela del sofá, mis movimientos se volvieron más firmes, más posesivos. Quería sentir cada parte de ella, marcarla con mis dedos, que supiera que era mía. Valeria no se quedaba atrás; sus uñas se clavaron en mis hombros, obligándome a acercarme más, con una exigencia que me hizo soltar un gruñido grave.
El sexo fue duro, una descarga absoluta de adrenalina y deseo. Cada movimiento era una reivindicación; el roce de su piel contra la mía, el sonido de su respiración entrecortada y mis manos sujetando sus muñecas contra el sofá, dominando el ritmo. No había sutilezas, solo el choque salvaje de dos mundos que intentaban fundirse. Mis embestidas eran firmes, profundas, buscándola con una urgencia que nos dejaba sin aliento, mientras ella envolvía mis caderas con sus piernas, atrayéndome hacia ella en cada segundo, en cada golpe.
Su voz, rota y jadeante, pronunciando mi nombre contra mi oído, me hizo perder el control por completo. Me dejé llevar por la intensidad del momento, por la fricción, por el calor de su cuerpo que me quemaba. Fue un clímax explosivo, una entrega total donde las barreras de nuestras vidas fuera de aquellas cuatro paredes se derrumbaron, dejándonos solo a los dos, jadeando y entrelazados, mientras el silencio de nuestra nueva casa se apoderaba de la estancia.