Oro y adrenalina

12 Castillos de arena

Rafael

​Habían pasado unos días desde que Valeria se había mudado conmigo. Ver sus cosas mezcladas con las mías en los cajones y escuchar sus pasos por la casa me daba una sensación de paz que nunca antes había conocido. Creía, de verdad, que lo peor ya había pasado y que la tormenta de su familia se estaba alejando. Qué estúpido fui.
​El viernes por la noche fuimos a una fiesta en la playa. El ambiente era el de siempre: hogueras, música de fondo, latas de cerveza y el olor a salitre. Valeria parecía más relajada; se había integrado bien y estaba un poco más allá, cerca de la orilla, riendo y hablando con Lucía y las demás chicas del barrio. Yo me había quedado unos metros más atrás, apoyado en una roca con Ismael y los chavales, tomándome un refresco y vigilándola de reojo, orgulloso de verla allí.
​De repente, la silueta de Vanesa recortó la luz de la hoguera. Venía caminando hacia nosotros con una sonrisa de esas que muerden, con los brazos cruzados y esa mirada de querer quemar el mundo. Pasó de largo de mi grupo y se fue directa hacia donde estaba Valeria. Al verla acercarse, me puse en alerta al instante y caminé hacia ellas, pero no llegué a tiempo.
​—Vaya, vaya... la princesita del barrio —soltó Vanesa, interrumpiendo la conversación de las chicas con una voz que chorreaba veneno—. Me he enterado de que ya juegas a las casitas. Menudo movimiento, Rafael, ese sí que no me lo esperaba. Traértela a vivir contigo...
​Valeria se tensó de golpe, dándose la vuelta y mirándola con desconfianza. Yo me planté a su lado, intentando apartar a Vanesa de un manotazo invisible.
​—Vanesa, lárgate de aquí. No tienes nada que hacer —le advertí con la voz cortante.
​—Oh, claro que tengo, cariño. Solo vengo a abrirle los ojos a tu flamante "mujer" —se burló, clavando sus ojos oscuros en Valeria—. Porque seguro que ella está muy feliz pensando que eres el caballero andante que la ha salvado... pero dudo mucho que sepa que, al principio, todo esto no era más que una absurda apuesta de colegas. A ver quién se tiraba primero a la pija de la carrera.
​El mundo se detuvo. El sonido de las olas desapareció y el aire se me congeló en los pulmones. Me quedé de piedra, completamente mudo, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo mis pies.
​¿Cómo coño sabía Vanesa eso? La respuesta me golpeó la cabeza un segundo después: Luca. Vanesa se había estado acostando con mi primo Luca las últimas semanas, y el imbécil de mi primo estaba delante aquella maldita noche en el polígono, hace meses, cuando entre copa y copa jugamos a los dados y salió el reto de acercarse a Valeria. Luca se fue de la lengua en la cama con ella, y le había entregado en bandeja el arma perfecta para destruirnos.
​Miré a Valeria. Tenía los ojos desorbitados, fijos en mí, y toda la palidez de la noche en la que la echaron de su casa regresó a su rostro de golpe. El labio inferior le empezó a temblar y las primeras lágrimas le resbalaron por las mejillas, brillando con el reflejo del fuego.
​—Rafa... —me llamó con un hilo de voz, agarrándome de la chaqueta, suplicándome con la mirada—. Rafa, por favor, dime que es mentira. Mira a esa tía y dile en la cara que se lo está inventando todo. Por lo que más quieras, dime que no es verdad.
​Se me partió el alma en mil pedazos. Podría haberle mentido, podría haber montado un número y haber mandado a Vanesa a la mierda, pero ver a Valeria así, tan rota por una culpa que era puramente mía, me impidió seguir sosteniendo la farsa. No podía mirarla a los ojos en nuestra cama sabiendo que le había ocultado cómo empezó todo.
​—Valeria... —alcancé a decir, con la voz ahogada y la garganta seca—. Al principio... la noche que te conocí en el local... fue una idiotez de los chicos. Una apuesta estúpida. Pero te juro por mi vida que después...
​No me dejó terminar. El dolor en su mirada se transformó en una decepción tan profunda que me quemó por dentro. Me soltó la chaqueta como si le abrasara las manos.
​—¡Eres un monstruo! —me gritó, con un llanto desconsolado que silenció a todo el grupo—. ¡Lo dejé todo por ti! ¡Mis padres tenian razón, solo eras un maldito juego!
​Se dio la vuelta, empujando a Vanesa, que sonreía con una satisfacción asquerosa, y echó a correr por la arena en mitad de la noche, perdiéndose en la oscuridad de la playa. Intenté ir detrás de ella, gritando su nombre, pero las piernas me pesaban como el plomo. El castillo de naipes que había construido se había derrumbado por completo, y esta vez, el culpable era yo.
​En cuanto Valeria desapareció en la oscuridad de la playa, sentí que la cabeza me iba a estallar. La culpa y la rabia se me mezclaron en el pecho como un trago de gasolina. Me giré despacio hacia donde estaban los demás, con los puños tan apretados que las uñas se me clavaban en las palmas.
​Vanesa seguía allí, con esa sonrisa de suficiencia que me revolvía las tripas, pero a su lado, saliendo de entre las sombras de las hogueras, apareció mi primo Luca. Tenía la cara pálida, desencajada, y arrastraba los pies porque sabía perfectamente la que acababa de liar. En cuanto vio mi mirada, se le quitó toda la chulería de golpe.
​—¡Rafa, tío, espera! —exclamó Luca, levantando las manos en señal de paz mientras daba un paso atrás—. Te juro que no quería... Se me escapó, hermano. Estábamos tomando algo, me lié y no pensé que esta tía fuera a venir aquí a soltarlo así. ¡Perdóname, de verdad! No quería joderte la vida.
​No me importaron sus disculpas, ni que fuera de mi propia sangre. Di tres zancadas de animal furioso, le agarré por la solapa de la chaqueta y lo estampé con fuerza contra la pared de roca más cercana. El impacto fue seco. Ismael y Dani dieron un paso al frente para pararme, pero al ver la cara que tenía, decidieron quedarse al margen. Sabían que si alguien se metía, salía trasquilado.
​—¿Que se te escapó? ¿Eres gilipollas o qué te pasa en la cabeza, Luca? —le siseé a un milímetro de su cara, con la voz rota por la rabia—. ¡Era mi vida! ¡Era mi casa! ¡Echó a perder todo lo que tenía con ella por tu puta boca!
​—¡Rafa, que es Vanesa, tío! —gimió él, asustado, intentando zafarse de mi agarre—. Que me la estaba tirando, estábamos de buen rollo... No pensé que jugaría sucio.
​Solté una carcajada amarga, una que no tenía ninguna gracia, y lo empujé contra la roca una vez más antes de soltarlo con desprecio. Miré de reojo a Vanesa, que al ver que la cosa se ponía física, había dado un par de pasos atrás, perdiendo parte de su seguridad.
​—Abre los ojos de una puta vez, Luca —le solté, limpiándome un rastro de sudor de la frente y mirándolo con puro asco—. ¿De verdad te crees que una tía como Vanesa se va a meter en tu cama por tu cara bonita? Si esa tía folla contigo es solo para sacarte cosas de mí. Te ha estado utilizando desde el primer día para buscar el trapo sucio que necesitaba para joderme, y tú, como un tonto, le has dado el premio gordo en bandeja de plata.
​Luca se quedó mudo, mirando a Vanesa como si de repente la viera por primera vez, asimilando la verdad de mis palabras. Ella apartó la mirada, confirmando con su silencio que solo había sido una pieza en su tablero.
​No perdí ni un segundo más con ellos. Me giré, pasé por el lado de Ismael y le tiré las llaves de mi coche.
​—Búscala por la carretera principal. Yo iré a pie por los callejones del paseo —le ordené, con la mente fija únicamente en una cosa: encontrar a mi pija antes de que fuera demasiado tarde.
​Eché a correr por la arena en dirección al paseo marítimo, sintiendo el viento frío de la noche en la cara y con una presión en el pecho que me asfixiaba. Tenía que encontrarla. Tenía que hacerle entender que lo que empezó como una estúpida apuesta de barrio se había convertido en lo único real de mi vida, aunque ahora mismo yo fuera el monstruo de su historia.



#2414 en Novela romántica
#834 en Chick lit

En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.