Rafael
Hacía ya una semana de la noche en que todo saltó por los aires, y la casa se había convertido en un mausoleo de cemento y silencio. El boquete que le metí al pladur seguía ahí, recordándome cada segundo lo cerca que estuvimos de romperlo todo para siempre. Tras los gritos, las lágrimas y los golpes, el orgullo dio paso a una tregua gélida: ella se había quedado atrincherada en el dormitorio principal y yo había tirado mi colchón en el cuarto de invitados.
No nos hablábamos. Cruzarnos por el pasillo era como esquivar un fantasma. Mis amigos me decían en el taller que le pusiera las maletas en la calle, que después de lo que me había dicho de la playa no se merecía nada, pero no podía. Por mucho que me sangrara el orgullo, yo tenía códigos. Sabía perfectamente que no tenía dinero, que no tenía a dónde ir y que sus padres estaban esperando en su torre de marfil a que cayera de rodillas. Y yo no iba a ser el que la empujara al precipicio.
Esa misma semana, Valeria había empezado sus prácticas de la carrera en una clínica de psicología del centro. Al menos, la suerte le había dado un respiro: hoy le habían confirmado que las prácticas iban a ser remuneradas desde el primer mes. Un salvavidas de última hora para no depender de nadie.
Cuando llegué a casa por la tarde, cansado del taller y oliendo a grasa, la encontré en el salón. No estaba llorando; tenía esa expresión seria y distante que usaba como armadura. Al verme entrar, se puso de pie, manteniendo las distancias.
—Rafael —me llamó, con una voz neutra que me sonó más lejana que si estuviera en otra ciudad. Me detuve en mitad del pasillo, mirándola—. Me han dicho hoy en la clínica que las prácticas van a ser remuneradas. Me van a pagar a mes vencido.
Asentí en silencio, esperando a ver por dónde salía.
—Solo... solo quería pedirte un favor —continuó, tragando saliva, mirándome con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad—. Dame un tiempo. Dame un mes para poder cobrar esa primera nómina y buscarme una habitación o un piso pequeño para irme de aquí. Si no es mucho pedir... no quiero ser una carga ni obligarte a esto.
Sus palabras me dieron un pellizco agrio en el estómago. Verla pedirme permiso en la casa que yo mismo había montado pensando en nuestro futuro me pareció una puñalada. Quería gritarle que no tenía que pedirme nada, que se quedara el tiempo que quisiera, pero la frialdad de su mirada me recordó que para ella yo solo era el tío que la había engañado por una apuesta.
—No tienes que pedir permiso —le respondí, con la voz seca y áspera, intentando que no se me notara el nudo en la garganta—. Quédate el tiempo que te haga falta hasta que cobres. Esta casa es grande. No te voy a molestar.
Ella asintió levemente, como si se hubiera quitado un peso de encima, pero no dijo gracias. Tampoco lo esperaba. Di la vuelta sin añadir una sola palabra más, caminé por el pasillo y me encerré en el dormitorio de invitados, tirándome en la cama con la mirada fija en el techo, contando los días que me quedaban para verla marchar de mi vida para siempre.
La tarde se me hizo eterna. Para no volverme loco encerrado en el cuarto de invitados, decidí dejarme de lamentaciones y ponerme manos a la obra con el estropicio que había causado en la pared. Fui al trastero, busqué el material necesario y me puse a preparar el pladur. Lijar, encajar, masillar... el trabajo mecánico me servía de válvula de escape. Golpe a golpe, intentaba reconstruir algo, aunque solo fuera una pared, mientras por dentro todo seguía hecho añicos.
Cuando acabé, ya estaba cayendo el sol. Me estaba lavando las manos en el fregadero cuando sonó el teléfono. Era mi padre.
—¿Qué pasa, hijo? —dijo con esa voz campechana que le salía cuando dejaba el mono de trabajo en el taller—. Mañana es domingo, nos vamos toda la familia al pueblo, a casa de tu abuela. Vamos a comer allí y luego, como siempre, nos sacaremos las sillas a la puerta de las casas para tomarnos unas copas y pasar la tarde. Apúntate, que nos hace falta aire fresco.
Me froté la cara, cansado. La idea de pasar el domingo entre los míos sonaba a gloria, pero vivir en la misma casa que Valeria sin dirigirse la palabra me tenía agotado.
—No lo sé, viejo. Ya veré —respondí, indeciso.
—Nada de "ya veré". Invítala —me soltó él, directo—. No sé qué demonios pasa entre vosotros, pero no es bueno que estéis así. A lo mejor el aire del pueblo le viene bien. Dile que venga, que se lo digo yo.
—Se lo diré, pero no te prometo nada —dije antes de colgar.
Me sequé las manos y fui hacia el dormitorio principal. Llamé a la puerta un par de veces antes de entrar. Ella estaba sentada frente a la ventana, leyendo un manual de psicología. Ni siquiera levantó la vista del libro, pero su cuerpo se tensó en cuanto crucé el umbral.
—Valeria... —empecé, manteniendo una distancia prudente—. Mañana mi familia se va al pueblo, a casa de mi abuela. Comida familiar, tarde de copas en la calle... Mi padre quiere que vayas. Insiste en que te apuntes.
Valeria cerró el libro de golpe y me miró. Su mirada era fría, como una losa de mármol. No hubo ni un segundo de duda, ni un rastro de curiosidad.
—No —respondió tajante, con una contundencia que no admitía réplica—. No voy a ir, Rafael. Ni a casa de tu abuela, ni a tomar copas con tu familia, ni a ningún sitio contigo.
Me quedé allí parado, con la palabra "por favor" atascada en la garganta. Sabía que insistir no serviría de nada, solo conseguiría que se cerrara más en banda y que la tensión en la casa se volviera insoportable. Ella tenía esa mirada fija en el horizonte, como si ya estuviera viviendo en otra parte, lejos de mí.
—Como quieras —dije, bajando la cabeza y sintiendo una punzada de derrota—. No insisto.
Salí del dormitorio sin decir nada más, cerrando la puerta con cuidado. Me apoyé un instante en la pared del pasillo, cerrando los ojos. El muro del salón estaba arreglado, pero la distancia que había entre nosotros era ya un abismo que ninguna obra podía tapar.