Rafael
Mientras tanto, al otro lado del barrio, el ambiente en el taller de mi padre estaba al borde del colapso. Yo intentaba concentrarme limpiando los inyectores de un motor, pero tenía la cabeza en otra parte, repitiendo en bucle el mensaje de Valeria de la noche anterior. Tenía una mezcla de rabia, decepción y un dolor sordo en el pecho que no se me quitaba con nada.
De repente, el chirrido de unos neumáticos caros rompió la rutina del taller. Un coche de alta gama, negro y reluciente, se plantó justo en la entrada, desentonando por completo entre los charcos de aceite y los coches a medio desmontar. Las puertas se abrieron y de ellas bajaron el padre de Valeria, su madre —que venía con la cara desencajada tras su mañana en la clínica— y un tipo trajeado con un maletín de piel que apestaba a abogado desde un kilómetro atrás.
Mi padre, que estaba bajo el capó de un todoterreno, se limpió las manos de grasa con un trapo viejo y dio un paso al frente, entornando los ojos. Yo me bajé del elevador, de pie, inmóvil.
El padre de Valeria caminó por el taller con un asco evidente, cuidando de no mancharse los zapatos italianos. Se paró a un par de metros de mí y, sin dar las buenas noches ni mirarme a los ojos, le hizo un gesto a su abogado. El tipo del traje abrió el maletín y sacó un talón en blanco.
—Vamos a ir al grano porque no nos gusta perder el tiempo en estos ambientes —soltó el hombre, con una voz cargada de prepotencia—. Pon la cifra que quieras. ¿Cuánto quieres por dejar a mi hija en paz de una santa vez y desaparecer de su vida? Ponle precio a tu "amor" de barrio.
Me quedé de piedra. No me lo podía creer. Miré el talón, luego al abogado y finalmente a sus padres. Me dio una risa amarga, de pura incredulidad, antes de que la sangre se me encendiera por completo.
—¿De qué coño vais? —me enzarcé con ellos, dando un paso adelante, sintiendo cómo Ismael y los demás chavales del taller se daban la vuelta para respaldarme—. ¿Os creéis que podéis venir aquí con un trozo de papel a comprar a la gente? ¡Vuestra hija está en mi casa porque vosotros la echasteis a la calle como a un perro! No tenéis ni puta idea de lo que pasa entre ella y yo. ¡Guardaos el dinero en el bolsillo antes de que os lo haga tragar!
—¡No te pongas gallito con nosotros, niñato! —le interrumpió la madre de Valeria, con los ojos inyectados en rabia y la voz chillona—. Hoy mismo he ido a verla y está destrozada por tu culpa. Eres un peligro para ella. Nos la vamos a llevar de esa casa de mala muerte cueste lo que cueste, ¿te enteras? Aunque tengamos que arruinarte la vida con demandas.
Fue en ese momento cuando mi padre, que había estado escuchando todo en silencio con los brazos cruzados, intervino. Tiró el trapo con grasa sobre una mesa de herramientas y se plantó al lado mío. Su envergadura y su mirada de perro viejo hicieron que el abogado diera un paso atrás por puro instinto.
—Mire, caballero —dijo mi padre, señalando al padre de Valeria con un dedo calloso y firme—. En este taller entra mucho coche de lujo de gente que se cree que el dinero lo compra todo. Pero se equivoca de barrio. Nosotros tenemos guardado dinero suficiente en este negocio y en nuestras tierras del pueblo para enterrarlos a ustedes trescientas veces si hace falta. Así que no se crea que por llevar corbata tiene el bolsillo más grande que el mío. Si quieren ir a juicio, nos vemos allí mañana mismo.
El padre de Valeria se tensó, visiblemente ofendido por el bofetón de realidad de mi viejo. Se recolocó la solapa de la chaqueta, intentando recuperar esa postura de superioridad que tanto le gustaba.
—Igual más dinero que nosotros si tiene... pero más clase, desde luego que sí —soltó el hombre, con un desprecio absoluto, mirando de arriba abajo el mono de trabajo de mi padre.
Mi padre ni parpadeó. Esbozó una sonrisa de esas de medio lado, gélida, de las que demuestran que a él no le achantaba nadie.
—Clase no sé, eso se lo dejo a los figurines como usted —le devolvió mi padre, clavándole la mirada—. Pero más humildad que ustedes, seguro. Y de buenos padres, tampoco nos ganan. Porque un buen padre no le cierra la puerta de casa a su hija por orgullo, ni viene a un taller a comprar la vida de nadie. Así que cojan su dinero, su clase y su coche, y lárguense de mi propiedad antes de que los saque yo mismo a patadas.
El silencio que quedó en el taller tras las palabras de mi padre fue absoluto. Los padres de Valeria se quedaron mudos, desarmados ante la verdad de un hombre de barrio que les acababa de dar una lección que no se compraba con dinero. El padre de Valeria miró al abogado, le hizo una seña brusca y los tres se dieron la vuelta hacia el coche, derrotados. Yo me quedé mirando cómo se marchaban, con el pecho agitado y la cabeza hecha un auténtico caos.
Entré en la casa con el cuerpo molido y la cabeza a punto de estallar. La escena del taller con los padres de Valeria me había dejado un cuerpo malísimo; la prepotencia de esa gente me revolvía las tripas, pero las palabras de mi padre me seguían resonando con fuerza. Al abrir la puerta de entrada, me topé con que el ambiente no estaba mucho mejor.
En el sofá del salón estaba Lucía, abrazando a Valeria, que tenía la cara completamente deshecha, los ojos rojos de haber llorado mares y una expresión de desamparo que me dio un pellizco agrio en el estómago. En cuanto me vieron entrar, Valeria apartó la mirada de golpe, tensándose en el sitio.
—Buenas tardes, Lucía —dije con la voz seca, apagada, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura.
—Hola, Rafa —me respondió ella con un hilo de voz, mirándome con una mezcla de pena y reproche.
A Valeria ni la miré. No porque no quisiera, sino porque verla así me dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir, y el orgullo me recordaba a cada segundo los mensajes que me había mandado la noche anterior. Pasé de largo por el pasillo y me metí directo en la cocina para prepararme algo de comer, buscando cualquier excusa para salir de esa zona de tensión. Saqué un poco de embutido y un trozo de pan, comiendo de pie, con la mirada fija en la ventana que daba al patio interior.
No pasaron ni cinco minutos cuando escuché unos pasos suaves. Lucía entró en la cocina, entornando la puerta detrás de ella para que Valeria no pudiera escucharnos desde el salón. Se apoyó contra la encimera, cruzándose de brazos y soltando un suspiro pesado.
—Rafa, tío, tenemos que hablar —empezó, bajando mucho la voz—. Sé que estás quemado. Sé los mensajes que te mandó y sé que se pasó tres pueblos, que te dio donde más te dolía. No vengo a justificarla por eso, porque yo misma le canté las cuarenta en cuanto me lo contó.
—Entonces no hay mucho más que hablar, Lucía —le respondí sin mirarla, dándole un mordisco al bocadillo—. Ella dejó muy claro lo que piensa de mí. Y yo ya le he dicho que se puede quedar el mes que le hace falta para cobrar las prácticas de la clínica. No la voy a dejar en la calle, mis códigos no son los de sus padres. Pero lo nuestro se ha terminado.
—Rafa, por favor, hazme el favor de escucharme un momento, aunque solo sea por la amistad que nos une a todos —me suplicó Lucía, dando un paso hacia mí y poniéndome una mano en el brazo—. Tienes que ver cómo está. Hoy ha sido un día infernal para ella. Su madre se le ha presentado en la clínica de psicología, le ha montado un circo tremendo delante de sus jefes y la ha amenazado con que para ellos está muerta. La han tenido que mandar a casa porque estaba sufriendo un ataque de ansiedad.
Me quedé con el trozo de pan a mitad de camino a la boca. La rabia del taller me volvió a subir por el cuello al encajar las piezas: la madre de Valeria había ido primero a machacarla a ella a la clínica antes de presentarse con el abogado en nuestro taller.
—Esa tía está completamente sola, Rafa —continuó Lucía, con los ojos empañados—. No tiene a dónde ir, su familia la ha repudiado y ahora siente que te ha perdido a ti por su puta boca y por sus inseguridades. Sé que estás herido, y tienes todo el derecho del mundo, pero no le cierres la puerta del todo. Valeria se volvió loca porque vio las fotos de tu prima y pensó que la estabas cambiando por otra después de todo lo que ha renunciado por estar contigo. No te pido que vuelvas con ella hoy, solo te pido que bajes un poco la guardia, que hables con ella y que no la trates como a un fantasma en su propia casa. Le vas a destrozar la cabeza si sigues así.
Me froté la nuca, resoplando con fuerza. Miré de reojo hacia la puerta entornada de la cocina, sabiendo que al otro lado estaba la chica de la que me había enamorado, rota en mil pedazos, mientras sus padres intentaban comprarnos a base de talones e insultos.
Después de que Lucía se marchara, cerré la puerta tras ella y me quedé un momento en el recibidor, con el corazón martilleando contra mis costillas. Las palabras de mi amiga me pesaban como losas: "No la trates como a un fantasma".
Respiré hondo, me quité la chaqueta del trabajo y caminé hacia el salón. Valeria seguía allí, hundida en el rincón del sofá, con los hombros caídos y una expresión de derrota que me costaba horrores ver sin sentir el impulso de acercarme a abrazarla. Se tensó en cuanto me vio aparecer.
—Lucía se ha ido —dije, tratando de mantener un tono neutro, aunque me salió algo áspero.
Ella levantó la vista. Tenía los ojos hinchados y una sombra de cansancio profundo bajo las pestañas que nunca le había visto. No dijo nada, solo esperó a ver qué iba a hacer.
Me senté en el sillón de enfrente, manteniendo una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para que me escuchara sin tener que levantar la voz.
—Me ha contado lo de tu madre en la clínica —solté de repente.
Valeria se mordió el labio inferior, bajando la cabeza, y una lágrima solitaria se le escapó por la mejilla. No intentó ocultarlo.
—También han estado en el taller —añadí, observando su reacción—. Han venido con un abogado, Valeria. Querían comprarme para que me largara de tu vida. Querían ponerme un precio como si fuera una pieza de desguace.
Valeria levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos y un destello de terror y vergüenza mezclados.
—¿Qué? No... no sabía nada... Rafa, te lo juro, yo no...
—Ya lo sé —la corté, levantando una mano para frenar su explicación—. Sé que no tienes nada que ver con eso. Mi padre los ha mandado a paseo, como era lógico. Pero lo que no puedo quitarme de la cabeza es que tu familia está usando toda su artillería para romper lo poco que queda... y que, en lugar de confiar en mí, tú les diste el mejor arma que podían desear: tus palabras.
El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que nos habíamos callado durante esa semana infernal.
—Valeria, no te voy a echar de esta casa —continué, con la voz un poco más baja, quitándole el peso de la amenaza—. Lucía me ha dicho que estás sola y que tus padres te han dado la espalda. No soy ningún santo, y lo que me escribiste me sigue doliendo aquí dentro —me señalé el pecho—, pero no soy capaz de dejarte tirada en mitad de la calle. Eso no va conmigo.
Ella me miró, y por primera vez en días, vi un atisbo de esperanza mezclado con el miedo en sus pupilas.
—Pero que nos quedemos bajo el mismo techo no significa que esto se haya arreglado —advertí, poniéndome en pie con un suspiro amargo—. Necesito tiempo. Necesito que este silencio que hemos tenido deje de ser un arma arrojadiza. Quédate aquí, estudia, termina tus prácticas... y yo haré lo mismo. Pero, por favor, si vamos a convivir, vamos a intentar ser adultos. No quiero más gritos, no quiero más insultos y, sobre todo, no quiero volver a sentir que no confías en mí, aunque me lo hayas puesto tan difícil.
Valeria asintió lentamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. No me dio las gracias, pero su mirada ya no era la del fantasma que huía de mí.
—Lo entiendo —murmuró ella con un hilo de voz—. Entiendo perfectamente que quieras distancia. Solo... solo gracias por no cerrarme la puerta.
Me di la vuelta para irme hacia el cuarto de invitados, pero me detuve un instante antes de llegar al pasillo. Tenía la garganta seca y las palabras se me atascaban.
—Mañana... —dije sin mirarla de frente—, si necesitas algo de la compra o lo que sea para la clínica, avísame. No hace falta que vivamos como enemigos.
Sin esperar respuesta, me encerré en la habitación de invitados, dejando que el peso de la verdad se asentara en el aire que compartíamos.