Rafael
El domingo amaneció con un sol plomizo que se filtraba de mala manera por las persianas de la casa. Yo apenas había pegado ojo en toda la noche; entre la humillación que intentaron hacerme sus padres en el taller, la parrafada de mensajes desesperados que Valeria me había mandado desde la boda y el viaje de vuelta sujetándola para que no se me echara encima, tenía el cerebro hecho papilla.
Estaba en la cocina, con una taza de café negro entre las manos, cuando escuché los primeros ruidos al otro lado del pasillo. Luego, el silencio de la mañana se rompió con un sonido que ya me resultaba demasiado familiar: sus sollozos. Valeria se había despertado. Y, por lo que parecía, la resaca física no era nada comparada con la resaca emocional de recordar todo lo que había pasado la noche anterior.
Dejé la taza sobre la encimera, resoplé con fuerza y caminé por el pasillo. No podía dejarla así, por mucho orgullo que tuviera. Toqué dos veces la puerta del dormitorio principal y entré sin esperar respuesta.
Valeria estaba sentada en el borde de la cama, hecha un ovillo, todavía con la camiseta vieja que usaba para dormir. Tenía las manos apoyadas en las sienes, apretando con fuerza por el dolor de cabeza, y las lágrimas le caían a chorros por las mejillas, empapándole las sábanas. Se le veía tan frágil, tan superada por la culpa y por la situación, que me dio un vuelco el corazón.
Me quedé de pie junto al marco de la puerta, mirándola fijamente.
—Valeria, así no puedes seguir —le dije con voz suave, pero firme, dejando a un lado la frialdad de los últimos días—. Te estás destruyendo tú sola y estás destrozando la convivencia. ¿Qué necesitas? Dime qué te hace falta para estar bien, de verdad. Si necesitas analgésicos, si quieres que llame a Lucía, si te hace falta algo de la farmacia... lo que sea. Pídemelo.
Ella levantó la cabeza despacio, con los ojos inyectados en sangre y la mirada deshecha. Me miró como si fuera lo único real que le quedaba en mitad de su tormenta.
—A ti —soltó en un hilo de voz, apenas un susurro roto—. Te necesito a ti, Rafael. Me da igual el dolor de cabeza, me da igual todo lo demás... Solo te necesito a ti. No puedo estar en esta casa sabiendo que estás en la habitación de al lado y que te he perdido.
Me quedé helado en el sitio. Sus palabras me golpearon directo en el pecho, pero me obligué a mantener los pies en la tierra. Me froté la cara con las manos, sintiendo el peso de los últimos días, y di un paso hacia el interior del cuarto, negando con la cabeza.
—No, Valeria. No puedes pedirme eso —le respondí, con la voz cargada de una madurez amarga—. No puedes hacerme esto cada vez que te sientas sola o que te arrepientas de lo que haces. Ayer me mandaste unos mensajes que me rompieron por completo, intentaste besarme en el coche estando borracha para arreglarlo por la vía rápida, y ahora te despiertas y me pides que vuelva contigo como si nada hubiera pasado.
—¡Es que te amo, Rafa! —exclamó ella, con un sollozo más fuerte, estirando las manos hacia mí sin atreverse a tocarme—. Me equivoqué, estaba ciega de celos, mis padres me han dejado sola...
—Y lo siento, de verdad que siento lo de tus padres, ya te lo dije —la corté, clavándole la mirada con toda la honestidad de la que era capaz—. Pero mi confianza no es un interruptor que puedas encender y apagar cuando a ti te dé la crisis. Me diste donde más me dolía, Valeria. Dudaste de mí a la primera de cambio tras todo lo que he apostado por ti. Ahora mismo no puedo darte lo que me pides porque no lo siento, y volver por pena o por miedo a que estés sola solo nos haría más daño. Tienes que aprender a sostenerte tú misma, y yo necesito tiempo para saber qué queda de todo esto.
Valeria me miró durante unos segundos que se me hicieron eternos. Sus ojos, fijos en los míos, aceptaron por fin la cruda realidad de mis palabras. Bajó los hombros, derrotada, y asintió lentamente con la cabeza mientras se secaba las últimas lágrimas con el dorso de la mano.
—Está bien... —murmuró con la voz completamente rota—. Lo entiendo, Rafa. Tienes razón. No volveré a intentarlo. Te prometo que no volveré a presionarte.
Verla así, asumiendo su culpa con esa sumisión y ese desamparo, me revolvió las tripas. Ya no quedaba nada de la Valeria orgullosa de cuna alta, ni de la chica que me había atacado por rabia; solo quedaba una mujer rota en mil pedazos, completamente sola ante el peligro. Y, por mucho que mi mente me pidiera distancia, mi cuerpo y mi corazón no pudieron soportarlo más.
Di los tres pasos que nos separaban, me senté en el borde de la cama y, sin decir una palabra, la rodeé con mis brazos.
En cuanto mi pecho chocó contra el suyo, Valeria se aferró a mi espalda como si se estuviera ahogando y yo fuera su única balsa de salvamento. Se hundió en mi cuello, llorando despacio, mientras yo le acariciaba el pelo, respirando su olor y maldiciéndome por dentro por ser tan débil cuando se trataba de ella. Sabía que estaba rompiendo mis propias reglas, pero tenerla así de cerca me demostró que el muro que había intentado levantar estos días era de papel.
De repente, Valeria se separó unos centímetros. Me miró a los ojos, con la respiración agitada, y antes de que yo pudiera reaccionar, me buscó los labios.
Esta vez no fue como la noche anterior en el coche. No había alcohol de por medio, solo una necesidad salvaje, pura y desesperada de encontrarse conmigo. Al principio mi mente intentó frenarme, pero en cuanto su boca, cálida y temblorosa, rozó la mía, todos mis escrúpulos saltaron por los aires. Le devolví el beso con la misma rabia y las mismas ganas que llevaba acumulando toda la semana.
La besé con dolor, con frustración, pero sobre todo con un amor que se me escapaba de las manos. Valeria soltó un gemido ahogado entre mis labios y me tiró hacia atrás, arrastrándome con ella sobre las sábanas de la cama. Sus manos se metieron por debajo de mi camiseta, buscando desesperadamente el calor de mi piel, mientras las mías se enredaban en su cintura, pegándola a mí como si quisiéramos borrar con nuestros cuerpos todo el daño que nos habíamos hecho con las palabras.
En un segundo, toda la frialdad, los reproches, los mensajes de la madrugada y las amenazas de sus padres desaparecieron de la habitación. Todo se volvió una pasión incontrolable, un incendio que consumió el dolor del orgullo y nos devolvió, aunque solo fuera por unas horas, al único lugar donde de verdad sabíamos protegernos: el uno en los brazos del otro.
El silencio que quedó en la habitación cuando el fuego se apagó fue denso, casi irreal. La respiración de los dos se fue acompasando poco a poco mientras el sol del domingo seguía colándose por la persiana, iluminando las motas de polvo en el aire. Yo seguía tumbado bocarriba, con el pecho al descubierto y un brazo detrás de la cabeza, intentando asimilar lo que acababa de pasar. Había bajado la guardia por completo, destrozando en diez minutos todo el discurso de madurez y distancia que le había soltado antes.
De repente, sentí el colchón moverse. Me giré de lado y vi a Valeria sentada de espaldas a mí en el borde de la cama. Sin mirarme, estiró el brazo para coger su camiseta vieja del suelo y comenzó a vestirse a toda prisa, con movimientos torpes y esquivos.
Me incorporé sobre los codos, extrañado por su reacción tan fría y repentina después de la intensidad que acabábamos de compartir.
—¿Qué pasa, Valeria? ¿Adónde vas? —le pregunté, con la voz todavía un poco ronca.
Víctoria se terminó de pasar la camiseta por la cabeza, se acomodó el pelo hacia un lado y, por fin, se giró a mirarme. Tenía las mejillas encendidas y los ojos clavados en las sábanas, como si le diera vergüenza cruzarse con los míos.
—No pasa nada, Rafa... —murmuró con un hilo de voz, intentando sonar entera—. Es solo que... me has dicho antes que no querías volver conmigo por pena ni por miedo a que estuviera sola. Y que necesitabas tiempo. No quiero presionarte, de verdad. Lo de ahora ha pasado porque... porque nos queremos, pero sé perfectamente cuáles son tus límites. No voy a usar esto para obligarte a estar bien conmigo si no estás listo.
Se apoyó en las manos para impulsarse y levantarse de la cama, dispuesta a marcharse al salón y dejarme mi espacio.
Verla actuar así, intentando ser racional y alejarse de mí para protegerme incluso a costa de su propio dolor, me dio un vuelco en el estómago. Me importaba una mierda el orgullo, me importaban una mierda sus padres y el abogado, y me importaba una mierda el mes de prácticas que le quedaba. La quería a ella. Aquí y ahora.
Antes de que sus pies llegaran a tocar el suelo, la agarré firmemente de la muñeca. Valeria se detuvo en seco, sorprendida, y se giró a mirarme.
Simplemente tiré de ella con fuerza hacia atrás, obligándola a caer de nuevo sobre el colchón, justo encima de mi pecho. Ella soltó un pequeño grito ahogado por la sorpresa, pero no opuso resistencia.
—No vas a ir a ninguna parte —le dije, sosteniéndole la mirada mientras la retenía contra mi pecho. Su respiración, aún acelerada, chocaba directamente contra mi cuello.
Valeria me miró con los ojos muy abiertos, parpadeando con sorpresa, sin entender del todo mi reacción tras los días que llevábamos arrastrando.
—Rafa, de verdad... no quiero que pienses que me aprovecho de esto... —intentó justificarse, con la voz temblorosa.
—Cállate, Valeria —la corté con suavidad, esbozando una sonrisa ligera por primera vez en muchos días—. Olvídate de lo que he dicho antes. Después de ésto, lo último que quiero es que te levantes y te vayas a la otra punta de la casa. Quédate aquí conmigo.
Mis palabras parecieron desarmarla por completo. La tensión que le quedaba en los hombros desapareció de golpe y dejó caer su cabeza en mi hombro, soltando un largo suspiro de alivio. Le rodeé la cintura con más fuerza, atrapándola contra mí y borrando de un plumazo cualquier distancia que pretendiera poner entre los dos.