Rafael
El lunes por la mañana en el taller estaba siendo una locura. Entre pedidos atrasados y el ruido de las herramientas, el móvil me vibraba en el bolsillo del pantalón constantemente. Era Valeria. Me alejé un momento hacia la zona de almacenamiento, más tranquila, y descolgué.
—¿Cómo va todo en la clínica? —pregunté, apoyándome contra una estantería mientras me secaba el sudor de la frente.
—Me acabo de escapar a desayunar —respondió ella con esa vocecita animada que me alegraba el día—. No te vas a creer lo que me han dicho los jefes. Han visto cómo he trabajado estos últimos días y me han dicho que me ven al cien por cien, totalmente recuperada del bache.
Solté una carcajada, sintiéndome mucho más ligero.
—¿Ah, sí? Pues ya sabes a quién darle las gracias —le dije, poniéndome un poco el personaje de gracioso—. Ten en cuenta que tengo una polla que hace milagros, no te digo más.
Al otro lado de la línea, oí cómo Valeria soltaba una risotada clara y divertida.
—Ay, Rafael... eres un auténtico desastre —dijo ella, siguiendo el juego—. Siempre tienes que ser tan bruto, ¿verdad?
Sonreí, apoyando la cabeza contra la pared. Me encantaba escucharla así, sin esa sombra de tristeza que había tenido durante toda la semana. Pero, de repente, algo cambió en el ambiente de la llamada. Oí un ruido de fondo, una calle con gente, y luego una voz masculina, un poco más alejada, que gritaba su nombre.
—¡Valeria! ¡Valeria, espera!
El tono de Valeria cambió al instante, pasando de la risa a un espanto absoluto.
—Oh, no... por Dios... no puede ser —susurró, y noté cómo el miedo le helaba la voz.
En cuanto la figura se acercó un poco más al teléfono, identifiqué la voz sin ninguna duda. Era Borja. El "niñato" volvía a la carga, ignorando por completo la advertencia que le había lanzado la noche anterior. La sangre me hirvió en las venas y sentí cómo la mandíbula se me tensaba hasta dolerme.
—Valeria, escúchame —le dije con voz gélida, controlando mi furia—. Dime en qué cafetería estás. Ahora mismo. Ese imbécil me tiene hasta los huevos y no voy a permitir que se te acerque otra vez.
—No, Rafa, déjalo, de verdad —insistió ella, nerviosa—. Yo me encargo, no quiero que montes un espectáculo ahora mismo, por favor.
—Que me digas dónde estás —repetí, sin dejar espacio a la discusión.
Ella no me contestó, pero no hizo falta. Sabía perfectamente a qué cafetería iba a desayunar todos los días; estaba a cinco minutos de la clínica. Colgué el teléfono sin esperar a que terminara de hablar, dejé la herramienta sobre la mesa con un golpe seco y me quité el delantal de trabajo tirándolo al suelo.
Ni siquiera le avisé a mi madre o a los empleados. Salí del taller, me subí a la furgoneta y arranqué a toda velocidad. El trayecto hacia el centro se me hizo eterno, con la imagen de Borja acercándose a ella quemándome el cerebro. Me daba igual si aquello era un espectáculo o no; iba a hacer que Borja se arrepintiera de haber salido de su casa esa mañana.
Frené la furgoneta de mala manera, subiendo dos ruedas al bordillo justo frente a la cafetería. En cuanto abrí la puerta, la escena que me encontré en mitad de la acera hizo que se me nublara la vista por completo. Borja estaba plantado delante de Valeria, gesticulando con prepotencia, y ella intentaba dar pasos hacia atrás con la cara descompuesta, discutiendo y queriendo quitárselo de encima.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
Crucé la calle como un exhalación, sin importarme la gente que pasaba ni los coches. Llegué hasta él por la espalda, le agarré con fuerza por el cuello de la camisa y de la chaqueta, y lo estampé de un solo golpe contra la pared del edificio más cercano, levantándolo casi del suelo.
—Te dije que como te volvieras a acercar a ella te ibas a enterar, niñato de mierda —le solté a milímetros de su cara, con los dientes apretados y una furia que me quemaba el pecho.
Borja, lejos de asustarse, soltó una risita cínica, mirándome por encima del hombro con desprecio, buscando provocarme.
—¡Rafa, por favor, para! —gritó Valeria, agarrándome desesperadamente del brazo y tirando de mí hacia atrás—. ¡Suéltalo! No caigas en su trampa, es justo lo que está buscando para denunciarte, ¡vámonos de aquí!
Iba a hacerle caso a Valeria, iba a soltarlo por ella, pero el imbécil abrió la boca para soltar su última provocación. Me miró fijamente, con los ojos llenos de una superioridad asquerosa, y disparó a matar.
—¿Qué se siente al ser un merchero que está con una paya que ya ha sido follada por otro payo? —escupió con tono burlón, buscando darme donde sabía que los estereotipos más nos atacaban—. Cuando los de tu raza siempre buscáis vírgenes... Te estás quedando con mis sobras, muerto de hambre.
El mundo se detuvo. Escuchar la palabra merchero ebanada de su boca con ese asco, mezclada con la humillación hacia Valeria y los insultos hacia mi cultura, me hizo estallar por completo. Me volví completamente loco. La poca cordura que me quedaba tras una semana de aguantar desprecio tras desprecio desapareció de mi cabeza, y el agarre en su camisa se transformó en un puño cerrado listo para destrozarle la cara.
El puño ya iba con toda la inercia del mundo directo a su mandíbula cuando, de la nada, el cuerpo de Valeria se interpuso en la trayectoria. Se metió en medio con una desesperación salvaje. En el último milisegundo, mis ojos registraron su pelo y su rostro; abrí la mano a la desesperada para desviar la trayectoria y frenar el impacto. El golpe no le dio de lleno, pero la inercia hizo que mis nudillos le dieran un fuerte roce en el hombro, desplazándola un poco.
El susto de haber estado a punto de pegarle a ella me congeló la sangre. Aprovechando mi parón, Valeria me plantó las dos manos en el pecho y me empujó hacia atrás con todas las fuerzas que tenía, metiéndose entre Borja y yo como un escudo humano.
—¡Rafa, basta! ¡Vámonos de aquí, por favor! —me suplicó con los ojos empañados en lágrimas, sin dejar de empujarme para alejarme—. No caigas en su trampa. Te lo está haciendo a propósito para que le pegues, quiere arruinarte la vida. ¡Mírame a mí, Rafa, vámonos!
Respiré hondo, con el pecho subiendo y bajando violentamente, sintiendo cómo la rabia me nublaba la vista, pero ver a Valeria temblando me hizo recuperar un mínimo de control. Pasé un brazo por delante de ella para protegerla, pero señalé a Borja con el dedo índice, clavándole una mirada que prometía el mismísimo infierno.
—Te juro por la memoria de mis muertos que si te vuelves a acercar a mi mujer, te mato —le solté, con una voz tan baja y cargada de odio que hasta la gente que miraba en la acera se apartó—. No me importará ir a la cárcel, ¿ me oyes? Te mato.
Borja, arreglándose el cuello de la chaqueta con dedos temblorosos aunque intentando mantener la fachadita de superioridad en público, soltó una risa nerviosa.
—Ella no es la mujer de nadie solo por estar viviendo contigo en tu casa, muerto de hambre —escupió, buscando la última provocación jurídica o moral.
Me pegué un paso más hacia él, obligando a Valeria a retroceder conmigo, y lo miré con una fijeza gélida que le borró la sonrisita de golpe.
—Sigue tentando a la suerte de esa manera, niñato. Sigue abriendo esa boca y vas a ver muy pronto lo que pasa por acercarte a mi mujer —le advertí, haciendo un hincapié brutal, lento y arrastrado en esas dos últimas palabras, dejándole claro que por ella yo era capaz de saltarme cualquier ley del mundo payo.
Agarré a Valeria con firmeza de la mano, la atraje hacia mí y, sin darle la espalda del todo al imbécil, caminamos directos hacia la furgoneta mientras el vecindario entero se quedaba murmurando en la calle.