Oro y adrenalina

17 En familia

Rafael

​Aparqué la furgoneta frente a casa con el cuerpo molido, pero con la mente mucho más despejada que por la mañana. La conversación con mi padre y el rugido de los motores en el taller me habían ayudado a quemar el exceso de adrenalina. Al entrar por la puerta, el olor a limpio y la tranquilidad del piso me recibieron como un bálsamo.
​Valeria estaba en el salón, ya cambiada con ropa cómoda después de su jornada en la clínica. En cuanto me vio cruzar el umbral, se levantó del sofá, buscándome la mirada con esa mezcla de alivio y expectación que llevaba grabada en los ojos desde nuestra llamada telefónica.
​Me acerqué a ella, le planté un beso rápido en los labios y, antes de que empezara a preguntar por mi padre o por el taller, decidí cambiar de tercio. Necesitábamos aire puro, salir de las cuatro paredes que habían sido testigo de tanta tensión.
​—Prepara tus mejores galas para el fin de semana, nena —le dije, esbozando una sonrisa amplia—. Tenemos fiesta en casa de mi abuela. Se junta toda la familia, primos, tíos, todos. Y esta vez... esta vez espero llevarte conmigo oficialmente. Quiero que estés allí.
​A Valeria se le iluminó la cara. Dio un paso hacia mí, visiblemente emocionada, y asintió sin pensárselo dos veces.
​—Claro que sí, Rafa. Me encantaría ir contigo —respondió, aunque enseguida frunció un poco el ceño, estudiándome las facciones—. Pero dime... ¿estás más tranquilo? Te he notado muy tenso por teléfono tras hablar con tu padre.
​Me metí las manos en los bolsillos, resoplé con una sonrisa a medias y la miré fijamente, dejando salir la pura verdad.
​—Del tema de mi padre y el niñato estoy más calmado, sí... Pero de lo otro no, Valeria. Me muero de celos por ti. Se me llevan los demonios solo de pensar en que ese imbécil te ande rondando o que cualquiera te mire por la calle. No puedo evitarlo.
​Valeria soltó una risita suave, una de esas que me volvían loco, y dio un paso atrás, mirándome de arriba abajo con una chispa de picardía en los ojos.
​—Pues qué quieres que te diga... Me encanta escuchar esas cosas, Rafael. Me vuelve loca verte así de territorial.
​Me quedé congelado un segundo, procesando su provocación, y se me escapó una carcajada desafiante.
​—¿Ah, sí? ¿Con que te encanta, eh? ¡Ven aquí, que te lo voy a decir otra vez!
​Hice el amago de abalanzarme sobre ella, pero Valeria, rápida como un centella, soltó un chillido de pura diversión y esquivó mi agarre, saliendo corriendo en dirección al pasillo.
​—¡A que no me pillas! —me gritó muerta de risa, perdiéndose por las esquinas de la casa.
​—¡Vas a ver tú si te pillo! —le respondí, saliendo detrás de ella a toda velocidad.
​Empezó una persecución salvaje por toda la casa. Valeria corría sorteando los muebles del salón, metiéndose en la cocina y doblando por el pasillo entre risas desesperadas y chillidos cada vez que sentía mis pasos justo detrás de ella. Era una delicia verla correr así, libre de toda la carga de los días anteriores.
​Finalmente, intentó buscar refugio en nuestro dormitorio, pero cometió el error de mirar atrás para ver la distancia que nos separaba. Justo cuando llegó al borde de la cama, la agarré firmemente por la cintura. Perdimos el equilibrio y caímos los dos de golpe, rebotando contra el colchón entre sábanas revueltas y carcajadas jadeantes.
​Me giré rápido para quedar completamente encima de ella, atrapando sus muñecas a los lados de su cabeza, aunque sin ejercer fuerza, solo manteniéndola inmóvil bajo mi cuerpo. Valeria estaba completamente desatada, con las mejillas encendidas por la carrera, el pelo alborotado sobre la almohada y una sonrisa preciosa que me devolvió la vida de golpe.
​Me quedé mirándola unos segundos, dejando que nuestras respiraciones agitadas se mezclaran en el espacio que separaba nuestras bocas. Poco a poco, la risa dio paso a una intensidad mucho más profunda. Le solté las muñecas y le acaricié la cara con ternura, apartándole un mechón de pelo de la frente.
​—Escúchame bien lo que te voy a decir —le susurré, con la voz volviéndose seria, cargada de una verdad absoluta—. Te amo, Valeria. Te amo como no he amado a nadie en mi puta vida. No quiero que vuelvas a tener una sola duda de mis sentimientos, ni por penas, ni por baches, ni por las tonterías que diga ningún payo de mierda en la calle. Eres mi mujer, y lo eres porque yo me muero por tus huesos. ¿Te queda claro?
​Valeria dejó de reír del todo. Sus ojos se humedecieron ligeramente, pero esta vez de pura felicidad, y asintió despacio mientras me rodeaba el cuello con los brazos, atrayéndome hacia ella para sellar mis palabras con un beso que borraba cualquier rastro de duda en el mundo.
Esa misma noche, después de haber dejado todas las dudas atrás en la habitación, tocaba cena familiar en casa de mis padres. Fuimos los dos juntos, y el ambiente en el salón era de los que a mí me gustaban: ruidoso, con olor a comida casera y toda la familia reunida. Además de mis padres, se habían apuntado mis abuelos maternos y mi hermana pequeña, que con diecisiete años se pasaba el día pegada a la pantalla del móvil.
​Últimamente a la niña le había dado por hablar de chicos a todas horas. Que si el de la clase de al lado, que si el amigo de no sé quién... Una pesadez. Pero lo que nadie se esperaba era el bombazo que iba a soltar justo a mitad de la cena, mientras mi padre, mi abuelo y yo estábamos en mitad de un trago.
​—Bueno, pues ya que estamos todos aquí... os lo tengo que contar. Ya tengo novio oficialmente —soltó la tía tan pancha, con una sonrisa de oreja a oreja.
​El efecto fue inmediato.
​A mi padre se le fue el vino por el otro lado y empezó a toser como si le fuera la vida en ello, dándose golpes en el pecho. Mi abuelo, que estaba dándole un trago a la cerveza, se quedó con los ojos como platos y soltó un bufido que por poco salpica el mantel, mientras carraspeaba con la cara completamente roja. Yo, que me acababa de meter un buen buche de agua, me atraganté de tal manera que tuve que taparme la boca a toda prisa con la servilleta, sintiendo que me asfixiaba mientras Valeria me daba palmaditas en la espalda, aguantándose la risa por la escena.
​Los tres hombres de la casa nos quedamos sin habla, intentando recuperar el aire y procesar lo que acabábamos de escuchar. Para nosotros, con diecisiete años seguía siendo una cría que no tenía edad para andar con noviazgos ni tonterías.
​—¿Cómo que novio? —consiguió articular mi padre por fin, con la voz rota por la tos y apuntándola con el tenedor—. ¿Qué novio ni qué niño muerto? Tú lo que tienes que hacer es estudiar.
​—Pero papá, si ya soy casi mayor de edad... —se quejó ella, rodando los ojos.
​Mi abuelo se enderezó en la silla, propinando un golpe seco en la mesa con el puño que hizo temblar los platos.
​—¡Con diecisiete años eres una niña! —sentenció el viejo con su voz de trueno, frunciendo el ceño—. ¿Quién es ese espantapájaros? Como lo pille yo por la calle...
​Yo me sumé al ataque, cruzándome de brazos y clavándole una mirada de hermano mayor protector que no admitía réplicas.
​—Ya estás tardando en decirme el nombre y el apellido del notas ese, que mañana mismo voy a ir a hacerle una visita al instituto. A ver qué se ha creído.
​Mi madre y mi abuela empezaron a regañarnos a los tres por exagerados, diciendo que era ley de vida, mientras Valeria miraba la estampa divertida, cruzándose una mirada cómplice con mi hermana. El bando de los hombres estaba en pie de guerra; para nosotros, la niña de la casa seguía siendo demasiado joven para esas historias.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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