Oro y adrenalina

18 La casa de la abuela

Rafael

​El patio de la casa de mi abuela era un hervidero de gente, música, palmas y olor a carne a la brasa. Medio barrio se había juntado allí; tíos, primos carnales, lejanos y vecinos de toda la vida. Entré del brazo de Valeria y, aunque al principio la noté un poco cohibida por la cantidad de ojos que se posaron en nosotros, tardó muy poco en mimetizarse con el ambiente.
​Me infló el pecho de orgullo ver cómo mi madre se encargaba de integrarla desde el primer minuto. La llevó de la mano hacia el círculo de las mujeres, donde estaban mis tías y mi abuela sentadas a la sombra.
​—Esta es Valeria, la mujer de mi Rafael —la presentó mi madre con voz alta y firme, dándole su sitio como nuera de la familia delante de todo el mundo.
​Ese gesto, viniendo de Alma, era el aprobado definitivo, el sello que decía que Valeria ya era una más de los nuestros. Enseguida la rodearon, le sirvieron de comer y se la llevaron a la cocina para que ayudara con los postres entre risas y confidencias. Valeria se veía radiante, completamente relajada, disfrutando de ese calor familiar que sus propios padres le habían negado.
​Pasadas las horas, en mitad del jaleo de la música, vi que Valeria se disculpaba con mis tías y caminaba hacia el pasillo interior de la casa para ir al baño. Al verla pasar a mi lado, la sintonía que llevábamos encima me pudo; dejé el tercio de cerveza en la mesa y me fui detrás de ella sin que nadie se diera cuenta.
​Justo cuando estaba a punto de empujar la puerta del aseo, la agarré suavemente de la cintura por detrás y la metí conmigo hacia el interior, cerrando la puerta con el cerrojo de un solo click.
​—¡Ay! ¡Rafa, qué susto me has dado! —susurró, dándose la vuelta con el corazón acelerado, pero con una sonrisa dibujada en los labios.
​—Te echaba de menos fuera, nena. Te han secuestrado las mujeres —le dije, acorralándola suavemente contra la pared del baño, bajando las manos hacia sus caderas.
​Me pegué a ella, buscando su cuello con los labios mientras mis manos empezaban a colarse por debajo de su ropa, buscando la calidez de su piel. La tensión del deseo se encendió en un segundo, pero Valeria, aunque respiraba un poco más agitada, me plantó las dos manos en el pecho y me frenó, empujándome hacia atrás con firmeza pero con una mirada cargada de diversión.
​—No, no, no... Aquí no, Rafael —me paró los pies, entornando los ojos—. Estamos en casa de tu abuela y hay cincuenta personas ahí fuera esperando para entrar. Como escuchen algo o tardemos más de la cuenta, me muero de la vergüenza.
​—Que no se entera nadie, Valeria, un momento... —insistí, intentando volver a besarla con una sonrisa de pícaro.
​—Que no —insistió ella, dándome un golpecito juguetón en la mejilla antes de apartarse hacia el espejo para retocarse el pelo—. Anda, sal tú primero para que no nos vean salir juntos, que te conozco. Fuera te esperas.
​Resoplé, aguantándome la risa por su rectitud, y le di un azote rápido en las nalgas antes de quitar el cerrojo. Salí al pasillo relamiéndome, pensando que la fiesta se me iba a hacer muy larga si Valeria seguía poniéndome las cosas tan difíciles.
​Volví al patio con una sonrisa todavía dibujada en la cara, buscando con la mirada el rincón donde estaban mis primos para unirme a la conversación. Pero antes de que pudiera dar tres pasos, un revuelo cerca de la entrada del patio me hizo girar la cabeza.
​—¡Pero miren quién está aquí! ¡Si es la niña! —escuché gritar a una de mis tías por parte de padre.
​La gente se apartó un poco y, de repente, la vi entrar. Era Samara. Hacía por lo menos tres o cuatro años que no sabía nada de ella, desde que su familia, que eran primos lejanos de mi padre, se mudó a otra provincia por temas de negocios. Samara era de nuestra misma sangre merchera, y de adolescentes habíamos tenido un noviazgo de esos largos, de los que toda la familia de mi padre daba por hecho que terminarían en boda antes de que la distancia lo enfriara todo.
​Se había convertido en una mujer despampanante, pero mantenía la misma sonrisa descarada de siempre. En cuanto sus ojos se cruzaron con los míos en mitad del patio, se le iluminó la cara.
​—¡No me lo puedo creer! ¡Rafael! —gritó, rompiendo a caminar hacia mí a toda prisa.
​La sorpresa me ganó por completo. Me dio un vuelco la nostalgia de recordar los viejos tiempos y, sin pensarlo dos veces, abrí los brazos. Samara se lanzó a ellos con total confianza, rodeándome el cuello con fuerza. La levanté un poco del suelo por la inercia, riéndome, mientras ella me plantaba dos besos sonoros en las mejillas, dejando ese olor a perfume fuerte que siempre usaba.
​—¡Pero bueno, gitano! ¡Qué cambiado estás, qué planta se te ha puesto! —me dijo sin soltarme del todo, manteniéndose muy cerca, con las manos apoyadas en mis hombros y mirándome de arriba abajo con un desparpajo tremendo.
​—¿Qué pasa, Samara? Qué alegría verte por aquí, no me esperaba esto —le respondí con una sonrisa enorme, agarrándola de la cintura por pura inercia y afecto de la confianza que habíamos tenido durante años—. ¿Cuándo has llegado? ¿Cómo te va todo?
​Nos quedamos ahí parados, en medio del patio, hablando de lo más animados. Ella empezó a contarme mil historias de su vida, gesticulando, tocándome el brazo de vez en cuando con esa complicidad tan nuestra que siempre había existido entre nosotros. Yo estaba tan metido en la sorpresa del reencuentro y en las risas recordando las gamberradas que hacíamos de críos, que por unos instantes me olvidé por completo del mundo exterior.
​No me di cuenta de que, justo en ese momento, la puerta del pasillo se abría y Valeria regresaba al patio, quedándose paralizada a unos metros de nosotros al ver la estampa.
Nos quedamos allí parados, en mitad del patio, un buen rato. Samara seguía colgada de mi brazo, riéndose a carcajadas de sus propias anécdotas y dándome palmaditas en el pecho, mientras yo la sostenía por la cintura por pura costumbre del pasado. Estaba tan ciego con la novedad del reencuentro que no vi la tormenta que se me venía encima.
​De repente, una mano firme y decidida me agarró del antebrazo con una fuerza que me hizo reaccionar. Me giré y me encontré con la mirada de mi madre. Alma tenía los labios apretados en una línea fina y los ojos echando chispas.
​—Acompáñame un momento a la cocina, Rafael. Ahora mismo —me dijo con un tono falsamente calmado que daba miedo.
​—Espera, mamá, que me estaba contando Samara lo de su hermano... En un momento voy —le respondí, intentando quitarle hierro al asunto y queriendo soltarme de su agarre.
​Por primera vez en muchos años, mi madre me pegó un grito que dejó mudos a los que estaban más cerca en el patio.
​—¡Que no te estoy preguntando, Rafael! ¡Te he dicho que te vengas conmigo ya! —me ordenó, clavándome una mirada de autoridad tan aplastante que me quedé de piedra. Jamás me hablaba así, y menos delante de la gente.
​Samara borró la sonrisa de golpe y dio un paso atrás, asustada. Yo, asimilando el golpe y con el orgullo un poco tocado, caminé detrás de mi madre. Pero ella no me llevó a la cocina; cruzó toda la casa con paso firme, abrió la puerta principal y me sacó a la calle, cerrando el portón detrás de nosotros para que nadie nos escuchara.
​Se giró hacia mí, cruzándose de brazos, y me miró con una decepción que me dolió más que una bofetada.
​—¿Se puede saber cuándo he criado yo a un sinvergüenza como tú, Rafael? —me soltó, con la voz temblando de pura rabia—. ¿Qué clase de hombre te crees que eres?
​—Pero bueno, ¿qué te pasa, mamá? —me escusé, abriendo las manos, completamente descolocado—. Es Samara, es de la familia de papá, nos conocemos desde críos. Solo nos estábamos saludando y recordando viejos tiempos...
​—¿Saludando? ¡Llevas diez minutos pegado a ella como una lapa, cogiéndola de la cintura y mirándola como si no hubiera nadie más en ese patio! —me espetó mi madre, dándome un dedo en el pecho—. ¿Cómo puedes tener esas libertades con otra mujer que no sea la tuya? ¡Que le acabo de dar a Valeria su sitio de nuera delante de toda la familia de tu padre, Rafael! ¡Y tú vas y la dejas en ridículo de esa manera!
​—Valeria sabe perfectamente que yo la amo a ella, mamá, no estaba haciendo nada malo... —intenté defenderme, aunque la culpa empezaba a pesarme en el estómago.
​Mi madre dio un paso hacia mí, obligándome a mirarla fijamente a los ojos.
​—Ah, ¿sí? Pues dime una cosa, hijo —me dijo con una voz gélida que me caló hasta los huesos—. ¿Qué pasaría si esa estampa hubiera sido al revés? ¿Qué pasaría si entras tú al patio y te encuentras a Valeria colgada del cuello del niñato de Borja, o de cualquier otro payo, riéndose, abrazada y dejándose tocar la cintura mientras tú la miras desde la puerta? ¿Qué habrías hecho tú, Rafael?
​Sus palabras me cayeron encima como un cubo de agua congelada. El suelo pareció moverse bajo mis pies. Me imaginé la escena exacta: Valeria sonriendo, tocando a otro hombre, con la misma cercanía que yo acababa de tener con Samara... y sentí una puñalada de rabia y celos en el pecho que casi me impide respirar.
​Ahí lo comprendí todo. Me quedé mudo, con la boca abierta, tragándome el orgullo de golpe al darme cuenta de la tremenda metedura de pata que acababa de cometer y del daño que le había hecho a mi mujer por pura inconsciencia.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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