Rafael
Había pasado ya un buen rato desde que anunciaron lo de la pedida. Intentando cumplir a rajatabla con el espacio que me había pedido Valeria, me había quedado un poco al margen, tragándome el orgullo y dejándome arrastrar por una conversación con Samara y su prima que ni me iba ni me venía, solo por no agobiarla. Pero llegó un punto en que mirar de reojo hacia las mesas y no ver su melena empezó a ponerme el vello de punta. Esto ya era muy extraño. Ella no era de desaparecer así como así, y menos en una fiesta de mi familia.
El estómago se me empezó a cerrar con una sensación de mal augurio. Dejé a Samara con la palabra en la boca y caminé rápido hacia el interior de la casa. Fui directo al pasillo y llamé a la puerta del baño. Nada. Empujé el pomo suavemente y vi que la pieza estaba vacía y a oscuras. Salí al pasillo de entrada, miré en la cocina por si seguía con las mujeres, pero allí solo quedaban platos sucios y ollas vacías. Volví a salir al patio con el pulso ya desbocado, buscándola desesperadamente entre los corrillos de mis primos, pero no había ni rastro de ella.
Fue entonces cuando mis padres me interceptaron a mitad del camino, cortándome el paso. Tenían los rostros serios, iluminados a medias por las últimas brasas de la hoguera.
—Deja de buscar, Rafael —me dijo mi padre, dándome un toque seco en el pecho con la mano—. Valeria ya no está aquí. Se ha ido hace un buen rato con Dani y con Lucía.
El mundo se me cayó encima. Sentí un frío helador corriéndome por la espalda.
—¿Se ha ido? —acerté a decir, con la voz atascada en la garganta—. ¿Cómo que se ha ido sin decirme nada?
—¿Y tú te extrañas? —soltó mi padre, mirándome con una dureza que me hizo encoger los hombros—. Bastante ha aguantado la muchacha el tipo hoy aquí. Esa no es forma de tratar a tu mujer, Rafael. Un hombre de esta casa no deja que su compañera se sienta de menos ni un solo segundo delante de nadie, y tú hoy la has dejado tirada por lucirte delante de la otra. Ha tenido que venir Dani a traerte el respeto de serie. Espabila, que tienes una mujer que vale un imperio y la estás perdiendo por niñato.
Las palabras de mi padre me dolieron, pero lo que me remató por completo fue girar la cabeza y mirar a mi madre. Alma no me gritó, ni me echó la bronca que me había echado por la tarde fuera de la casa. Simplemente me clavó una mirada llena de una decepción tan profunda, tan amarga, que me rompió por dentro. Ella, que era paya y sabía lo que costaba ganarse el respeto en este mundo, sabía perfectamente el daño invisible que yo le había causado a Valeria al llamarla "novia" frente a Samara. Ese silencio suyo me dolió más que cualquier bofetón.
No pude aguantar más la presión de sus miradas ni el peso de mi propia culpa. Sin despedirme de mis tíos, saqué las llaves del bolsillo, caminé a zancadas hacia la salida, me subí al coche y arranqué pegando un volantazo, saliendo de allí a toda prisa con la mente fija en el viaje de vuelta y el alma en un hilo.
Subí los escalones del porche de dos en dos, con el corazón golpeándome las costillas y las llaves temblándome en la mano. Al abrir la puerta de casa, el silencio me recibió como una bofetada. El olor a limpio y a su gel de baño flotaba en el recibidor, confirmándome que ya llevaba un rato allí.
Caminé hacia el salón y la vi. Valeria ya se había duchado, llevaba puesto un pijama cómodo y estaba sentada en el sofá, con una manta ligera sobre las piernas y los ojos fijos en la televisión, donde se reproducía una serie. Parecía la estampa de una noche cualquiera, de una normalidad absoluta, y eso era precisamente lo que más pánico me daba. No había rastro de lágrimas en su cara, ni de la furia que yo esperaba encontrar.
Me acerqué despacio, sintiéndome el ser más miserable del planeta, y me senté en el borde del sofá, estirando la mano con timidez para rozar su rodilla.
—Valeria, por favor... —susurré, con la voz rota.
—No me toques, Rafael —me cortó al instante, sin apartar los ojos de la pantalla y retirando la pierna con un movimiento limpio y seco.
Esa frialdad me desesperó. Hubiera preferido que me tirara un jarrón a la cabeza, que me destrozara a gritos, lo que fuera. Necesitaba que sacara toda la rabia que llevaba dentro para poder limpiarla.
—¡Por favor, Valeria, te lo suplico, chíllame! —le rogué, poniéndome de rodillas en la alfombra frente a ella, buscando desesperadamente que me mirara—. ¡Dime de todo, vete a la mierda conmigo, discute, pero no me hagas esto! Prefiero tus gritos a este hielo, nena. Saca lo que tienes ahí dentro.
Valeria apartó por fin la vista de la televisión y me clavó esos ojos que tanto amaba, pero que ahora estaban completamente vacíos de brillo. Negó con la cabeza despacio, con una madurez que me heló la sangre.
—No, Rafael. No voy a discutir, ni voy a gritar —dijo, con una voz tan calmada que dolía—. No estoy dispuesta a romperme a mí misma por ti. Ya me dolió bastante por la tarde, no voy a perder mi dignidad montando un drama en mi propia casa. Lo que hiciste, lo hiciste tú solo. La culpa es tuya, no mía, así que no me voy a desgastar.
—¡Sé que la culpa es mía! —exclamé, agarrándome a los brazos del sofá, con las lágrimas asomando ya en mis ojos—. Soy un imbécil, un crío que no sabe lo que tiene. Pero te necesito, Valeria. Te juro por mi vida que te necesito, que sin ti esta casa está vacía, que yo no soy nada si tú te vas. Por favor, déjame arreglarlo, dime qué tengo que hacer.
Ella me miró, y por primera vez en toda la noche, vi una chispa de profunda amargura en su gesto. Soltó un suspiro largo, un suspiro de puro cansancio, y se reclinó en el sofá, mirándome desde arriba.
—Es que ya no hay nada que arreglar, Rafael —soltó, y sus palabras fueron como un puñal directo al centro de mi pecho—. Esta relación no funciona. Es algo evidente. Cada vez que parece que avanzamos, tú te encargas de recordarme que no sabes darme el lugar que me corresponde. No podemos seguir fingiendo que esto va bien cuando se cae a pedazos a la primera de cambio.
Me quedé sin aire, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. La frialdad de sus palabras me golpeó con tanta fuerza que perdí el poco control que me quedaba. Me rompí del todo delante de ella. Las lágrimas empezaron a salirme a borbotones, nublándome la vista, y la respiración se me cortó en un sollozo ahogado que me dolió en el pecho.
Me agarré a sus piernas por encima de la manta, suplicándole, implorándole como un ciego que pide una limosna, completamente arrastrado por la desesperación de ver cómo se me escapaba de las manos.
—No me digas eso, Valeria... ¡No me digas eso, por Dios! —le lloré, con la voz rota y temblorosa, pegando mi frente a sus rodillas—. No me digas que no funciona. Me muero si te pierdo, nena, me muero... Sé que soy un maldito inconsciente, pero no me dejes. Te lo ruego, no me dejes así.
La mezcla de culpa, impotencia y puro pánico a perderla se me subió a la cabeza, y un arranque de posesividad y locura me brotó de la garganta. La miré hacia arriba, con la cara empapada en llanto y los ojos inyectados en sangre.
—No te vas a ir, Valeria —le dije, con un tono que mezclaba la súplica más absoluta con una firmeza desesperada—. Jamás te dejaré marcharse de mi lado, ¿me oyes? Jamás. Así que haz lo que quieras conmigo... Grítame, castígame, no me hables en meses, haz lo que te dé la gana y ponme las condiciones que quieras, pero de esta casa y de mi vida no te vas. No te voy a dejar ir.
Valeria ni se inmutó. No hubo miedo en su mirada, ni reproche, solo una lástima infinita que me dolió más que si me hubiera escupido. Se soltó de mi agarre despacio, retirando las piernas con suavidad, y apartó la manta. Se puso en pie, mirándome desde arriba mientras yo seguía de rodillas en la alfombra, hecho un trapo.
—Es tarde, Rafael. Ya es muy tarde para todo esto —dijo con un hilo de voz cansada.
Se dio la vuelta y caminó con paso lento pero firme hacia el pasillo. Por un segundo, una milésima de segundo, pensé con alivio que se iba a nuestro dormitorio y que, al menos, compartiríamos habitación, pero me equivoqué por completo. Valeria pasó de largo de nuestra puerta, entró en el cuarto de invitados y, sin mirarme, cerró la puerta a sus espaldas con un "clac" seco que retumbó en toda la casa.
Esta vez había sido ella la que se marchaba a otra cama, marcando una distancia real, un muro de hormigón entre los dos.
Me quedé allí mismo, de rodillas en mitad del salón vacío, con las luces de la televisión bailando en las paredes y el llanto quemándome la garganta. Estaba completamente roto, destrozado por mi propia estupidez, sabiendo que el silencio que ahora inundaba la casa era el principio del fin.