Rafael
El viaje de vuelta desde la cala fue un auténtico infierno. Valeria se había marchado antes que yo, dejándome allí solo, destrozado y con la arena pegada a las rodillas. Tardé un rato en reaccionar, en recoger los pedazos de mi orgullo y subirme al coche. Conduje de regreso a casa con el alma en vilo, con la vista nublada por las lágrimas que no paraban de salir y un miedo atroz en el pecho que me impedía respirar. El silencio que me había dejado en la playa se me clavaba en los huesos.
Cuando por fin abrí la puerta de casa, el corazón me dio un vuelco al ver sus zapatos en el recibidor. Había vuelto. Entré despacio, arrastrando los pies, sin saber muy bien qué decir o si debía volver a encerrarme en el cuarto de invitados para no agobiarla. El silencio de la casa era espeso, cortante.
Escuché el leve murmullo de sus movimientos en la cocina. Me quedé parado en mitad del pasillo, debatiéndome entre entrar a suplicar de nuevo o darle el espacio que me gritaba con la mirada.
Y entonces, ocurrió.
Un golpe seco, sordo y brutal retumbó en las paredes de la casa, seguido por el tintineo de un vaso haciéndose añicos contra los azulejos. No fue el ruido de algo que se cae de la encimera. Fue un impacto pesado, el sonido de un cuerpo desplomándose por completo contra el suelo.
—¿Valeria? —un escalofrío terrorífico me recorrió la espina dorsal.
El silencio que siguió a ese golpe fue el más espantoso de toda mi vida. No hubo quejidos, no hubo un "estoy bien", no hubo nada.
Perdí el conocimiento de dónde estaba y salí corriendo hacia la cocina como si me fuera la vida en ello. Al doblar la esquina, el aire se me congeló en los pulmones y la sangre se me retiró de la cara. El ruido de antes había sido ella.
Valeria estaba tirada en el suelo, completamente inconsciente, boca abajo sobre el granito frío de la cocina. A pocos centímetros de su mano derecha, los pedazos del vaso roto reflejaban la luz fluorescente del techo. No se movía. No reaccionaba.
—¡Valeria! ¡Valeria, por Dios, mírame! —grité, perdiendo la cabeza por completo.
Me arrojé al suelo a su lado, ignorando los cristales que se me clavaban en las rodillas. La giré con un cuidado extremo, temblando tanto que apenas podía sostenerla. Tenía el rostro pálido, los labios sin color y los ojos completamente cerrados. Le aparté el pelo de la cara con manos torpes, dándole suaves golpecitos en la mejilla mientras el pánico me devoraba vivo.
—Nena, por favor, abre los ojos, no me hagas esto... ¡Valeria, despierta! —le suplicaba, con la voz rota en un grito desgarrador, pegando mi oído a su pecho para buscar desesperadamente los latidos de su corazón.
El corazón me iba a mil por hora, golpeándome el pecho con tanta fuerza que casi no podía escuchar nada más. Pegué mi oreja a su pecho, apretando los dientes, hasta que por fin sentí el latido flojo, pero constante, de su corazón. Respiraba, pero sus respiraciones eran cortas, superficiales.
—Vamos, nena, por favor, reacciona —le imploré, con las lágrimas saltándome de los ojos y cayendo directamente sobre su mejilla pálida.
La cogí en brazos, levantándola del suelo frío de la cocina con un cuidado infinito, como si fuera de cristal. Pesaba tan poco, se sentía tan frágil entre mis brazos que el pánico me atenazó la garganta. La saqué de allí, esquivando los cristales rotos, y la tumbé con suavidad en el sofá del salón. Le elevé un poco las piernas con unos cojines, tal y como había visto hacer alguna vez, y me arrodillé a su lado.
—¡Valeria! ¡Valeria! —le daba pequeños toques en la cara, desesperado—. Mírame, por lo que más quieras, abre los ojos.
No respondía. Tenía las manos heladas. Con los dedos temblándome tanto que apenas podía desbloquear la pantalla, saqué el móvil del bolsillo y marqué el 112.
—¿Hola? Emergencias, por favor, mi mujer se ha desmayado —solté de golpe, con la voz rota, ahogándome en mi propio llanto—. No sé qué le pasa, ha caído desplomada en la cocina... No reacciona, está muy pálida. Por favor, manden a alguien, estamos en...
Le di la dirección de nuestra casa a la operadora mientras le tomaba el pulso a Valeria en la muñeca. La mujer al otro lado de la línea intentaba calmarme, haciéndome preguntas que yo apenas alcanzaba a procesar, pidiéndome que me asegurara de que no se había golpeado la cabeza al caer. Le revisé el cuero cabelludo con manos torpes; no parecía haber sangre, pero el golpe contra el suelo había sido brutal.
Colgué el teléfono cuando la operadora me aseguró que la ambulancia ya iba de camino. Me quedé allí, solo en mitad del salón, agarrado a su mano fría, besándosela una y otra vez mientras las lágrimas me empapaban la cara. Miré su rostro inerte y una culpa aplastante me dobló por la mitad.
Pensé en todo el sufrimiento de las últimas horas, en la discusión del patio, en sus palabras en la cala diciendo que estaba cansada de sufrir, que estaba harta. La había presionado tanto, la había desgastado de tal manera con mi egoísmo y mi inmadurez que su cuerpo simplemente había dicho basta. Yo la había roto.
—Perdóname, nena... Perdóname, mi vida —le susurraba al oído, roto de dolor, pegando mi frente a la suya—. No te vayas, por favor. No me dejes ahora. Te lo juro que cambio, te lo juro por mi madre que no vuelvo a hacerte sufrir, pero no me dejes solo...
A lo lejos, rompiendo el maldito y asfixiante silencio de la casa, empezó a escucharse el sonido estridente de una sirena acercándose a nuestra calle.
El sonido de la sirena se fue haciendo cada vez más fuerte, rompiendo la calma del barrio hasta que se plantó justo abajo, en la puerta de casa. El destello azul de los giros de las luces empezó a rebotar contra las paredes del salón, tiñéndolo todo de una atmósfera de pesadilla que me aceleró el pulso todavía más.
Me levanté del suelo como un resorte, sin soltarle la mano a Valeria hasta el último segundo, y salí corriendo hacia la entrada. Abrí la puerta de golpe, justo cuando los técnicos de emergencias subían los escalones a toda prisa cargando con las mochilas de asistencia y una camilla plegable.
—¡Aquí! ¡Es aquí, por favor, pasen! —les grité, con la voz completamente rota, echándome a un lado para no estorbar.
Dos sanitarios, un hombre y una mujer, entraron al salón con paso rápido pero firme, manteniendo una calma que a mí me resultaba imposible de tener. Se arrodillaron de inmediato junto al sofá donde Valeria seguía tendida, pálida y sin reaccionar.
—¿Cuánto tiempo lleva inconsciente? —me preguntó la sanitaria mientras le abría las pupilas con una pequeña linterna y le colocaba un tensiómetro en el brazo.
—No lo sé... unos diez minutos, quizá quince —contesté, dándome golpes en la frente con la palma de la mano, caminando de un lado a otro del salón como un animal enjaulado—. Yo estaba en el pasillo, escuché un golpe tremendo en la cocina y cuando llegué ya estaba en el suelo. Se le ha caído un vaso... no sé si se ha mareado antes o...
—Tranquilo, chaval, déjanos trabajar —me cortó el otro técnico, colocándole un pulsioxímetro en el dedo mientras le tomaba las constantes—. Tiene la tensión por los suelos, está muy hipotensa y el pulso algo débil. ¿Ha estado sometida a mucho estrés últimamente? ¿Ha comido algo hoy?
Esas preguntas me cayeron como una losa de hormigón encima. Mucho estrés. Dios mío. Toda la noche llorando, la discusión de madrugada, la caminata por la cala a primera hora sin haber desayunado, el sufrimiento acumulado por mi culpa.
—Sí... sí, ha tenido un disgusto muy grande. Ayer y esta mañana. No ha pegado ojo en toda la noche y dudo que haya probado bocado —admití, hundiéndome los dedos en el pelo, sintiendo que la culpa me quemaba la garganta—. Es por mi culpa... todo esto es por mi culpa.
Los sanitarios intercambiaron una mirada rápida. La mujer comenzó a canalizarle una vía en el brazo con una destreza impecable para meterle suero a toda prisa.
—Vamos a trasladarla al hospital para hacerle una analítica completa y valorar si hay algún traumatismo por la caída —me dijo la sanitaria, mirándome con cierta compasión al verme hecho un trapo—. Prepárate, coge sus cosas, el documento de identidad y vente con nosotros en la ambulancia.
Asentí con la cabeza de forma torpe, sintiendo que las piernas me temblaban tanto que en cualquier momento me iba a caer yo también. Fui hacia el mueble del recibidor, cogí su bolso, el mío, mis llaves, y regresé al salón justo cuando la subían a la camilla. Verla así, tan indefensa, rodeada de cables y con el gotero puesto, me terminó de destrozar.
Mientras la sacaban por la puerta de casa, saqué mi móvil con las manos empapadas en sudor frío. Tenía que llamar a mi familia. No podía cargar con este peso yo solo, me estaba volviendo loco. Busqué en la agenda y, con el dedo temblando sobre la pantalla, marqué el número de Dani. Necesitaba a mi madre, necesitaba a mi hermano, a mi amigo, necesitaba que alguien me dijera que Valeria no se iba a morir por culpa de mi estupidez.
El trayecto en la ambulancia fue una neblina de luces de emergencia, el pitido constante del monitor y mi mano apretando la suya, rogándole en silencio que despertara. Al llegar al hospital, todo se volvió caótico. Los celadores se llevaron la camilla a toda prisa hacia la zona de urgencias médicas y a mí me frenaron en seco en la sala de espera.
Estuve más de una hora caminando en círculos, destrozándome las manos, mirando fijamente la puerta doble por la que se la habían llevado. Dani y mi madre llegaron al poco tiempo, pálidos y asustados, pero yo apenas podía articular palabra; solo era capaz de repetir que se había desplomado en la cocina.
Finalmente, la puerta se abrió y un médico con bata verde avanzó hacia nosotros con el rostro serio. Me puse en pie de un salto, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.
—¿Rafael? ¿Eres el marido de Valeria? —preguntó.
—Sí, sí, soy yo. ¿Cómo está? ¿Qué le ha pasado, doctor? —le solté, agarrándole casi de la bata, desesperado.
El médico suspiró levemente, mirándome con una mezcla de gravedad y profesionalidad.
—Ella ya está estable, ha recuperado el conocimiento y le estamos administrando suero y medicación. El desmayo y la bajada tan brusca de tensión han sido provocados por una pérdida severa de sangre. Valeria ha sufrido un aborto espontáneo.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Me quedé completamente congelado, con las palabras flotando en el aire sin poder procesarlas. ¿Un aborto? ¿Mi madre soltó un grito ahogado a mi espalda, pero yo no podía reaccionar.
—¿Un... un aborto? —tartamudeé, sintiendo que la cabeza me daba vueltas—. No... no puede ser. Ella se toma las pastillas anticonceptivas todos los días. Es imposible, doctor, ella no estaba embarazada.
—Los métodos anticonceptivos orales tienen un porcentaje de efectividad muy alto, pero no son infalibles, Rafael —me explicó el médico con voz suave—. Un olvido, un problema estomacal o simplemente un fallo en el ciclo puede hacer que no funcionen. Valeria estaba embarazada de muy pocas semanas, posiblemente ni ella misma lo sabía aún. Su cuerpo, debido al estrés extremo o a una implantación viable que no prosperó, ha terminado por abortar. Lo lamento mucho.
La culpa, que ya me venía carcomiendo desde la noche anterior, se transformó de golpe en un monstruo gigante que me aplastó las costillas. Embarazada. Valeria había estado embarazada de un hijo mío, y yo, con mi egoísmo, mis mentiras, la escena con Samara y la discusión salvaje en la cala, la había sometido a una presión tan insoportable que su cuerpo no lo había resistido. Su cuerpo había abortado en mitad del dolor que yo mismo le había provocado.
Me tapé la cara con las manos, cayendo de rodillas en una de las sillas de la sala de espera, y rompí a llorar con una violencia que me desgarraba la garganta. Dani se agachó de inmediato para abrazarme, mientras mi madre lloraba a nuestro lado, pero no había consuelo posible para mí. Me sentía el ser más maldito de la tierra. Yo no solo había roto nuestra relación; había destruido, sin saberlo, la oportunidad de una vida con la mujer que amaba.