Rafael
El trayecto en el coche de vuelta a casa fue el viaje más silencioso y asfixiante de toda mi vida. Valeria iba con la mirada perdida en la ventanilla, arropada en su asiento, y yo ni siquiera me atrevía a poner la radio. Tenía las manos pegadas al volante, tan tensas que me dolían los nudillos. Estaba muerto de miedo. Miedo a romper el silencio, miedo a decir algo que empeorara las cosas, miedo a mí mismo.
Cuando entramos en nuestra casa, el ambiente se sentía espeso, cargado con el eco del golpe de la mañana y el frío del hospital. La ayudé a subir despacio, sin apenas rozarla, manteniendo una distancia prudencial que me quemaba por dentro. Ella me dio las gracias con un hilo de voz y se metió en el dormitorio para tumbarse y descansar.
Yo no sabía qué hacer con mi propio cuerpo. Sentía que mi presencia en las habitaciones la agobiaba, que el aire que yo respiraba le faltaba a ella. Así que, buscando un sitio donde desaparecer, abrí la puerta que daba al patio trasera y salí. Me senté en una de las sillas de mimbre, apoyé los codos en las rodillas y hundí la cabeza entre las manos, mirando fijamente las baldosas antes de levantar la vista hacia el cielo grisáceo de la tarde. El cielo estaba enorme, pesado, completamente ajeno al pedazo de mierda en el que yo me había convertido.
No sé cuánto tiempo pasé allí quieto, hundiéndome en mis propios demonios, hasta que escuché el sutil roce de la puerta corredera al abrirse.
Me tensé de inmediato. Me giré despacio y vi a Valeria. Llevaba una manta fina sobre los hombros y caminaba despacio, con pasos cortos, pero con una firmeza en los ojos que me desarmó. Se acercó a la barandilla del patio y, en lugar de gritarme o ignorarme, me miró y comenzó a hablar con esa voz pausada que me caló hasta los huesos.
—Rafael... esto no es culpa de nadie —dijo, clavando sus ojos en los míos.
Me quedé helado. Esas palabras rebotaron en mi cabeza como un disparo. Yo esperaba que me gritara. Deseaba con todas mis fuerzas que me culpara, que me echara en cara la fiesta de ayer, las mentiras, la discusión de la cala, los nervios, el desmayo... Esperaba que me descargara encima toda la rabia del mundo porque yo sabía, en lo más profundo de mi alma, que si yo no hubiera sido tan cobarde e inútil, su cuerpo no habría pasado por ese límite. Me merecía su desprecio, me merecía sus gritos. Pero no los había. Su mirada era limpia, cansada, pero desprovista de reproche.
Esa falta de castigo me dolió más que cualquier insulto.
—¿Cómo que no es culpa de nadie, Valeria? —solté, y la voz se me quebró por completo antes de poder terminar la frase. El pecho me dio un vuelco salvaje—. Claro que es culpa mía... Es toda mía. Te he presionado, te he fallado, te he hecho pasar por un infierno desde ayer.
Me levanté de la silla de golpe, pero no me acerqué a ella; me quedé de pie, sintiendo cómo las lágrimas retenidas volvían a desbordarse, calientes y furiosas, nublándome la vista.
—No sé hacerte feliz, Valeria... —confesé en mitad de un sollozo ahogado, tapándome la cara con las manos mientras me rompía en mil pedazos otra vez—. Te juro que lo intento, que eres lo más sagrado que tengo en la vida, pero solo sé cagarla. Solo sé hacerte daño, hacerte sufrir y ponerte al límite. No sé cómo cuidarte, no sé cómo ser el hombre que te dé tu lugar... No sé hacerte feliz.
Me apoyé contra la pared del patio, doblando las rodillas, llorando de una forma desconsolada y ruidosa que no podía controlar. Era la impotencia pura, el dolor de saber que había tenido el universo entero en mis manos y que lo había destruido por no saber reaccionar a tiempo.
Se descubrió la cara despacio y me miró fijamente. En sus ojos no había rastro de la fragilidad del hospital; había una fuerza que me obligó a tragarme el llanto de golpe. Dio dos pasos hacia mí, se cruzó de brazos y me habló con una firmeza que me dejó mudo.
—Rafael, basta. Deja de autocompadecerte de una maldita vez —me soltó, con un tono cortante pero lleno de madurez—. He abortado por causas naturales y ya está. No te cargues con culpas que no te corresponden porque el médico ha sido muy claro. Lo que ha pasado, ha pasado.
Se acercó un poco más, rompiendo la distancia que yo tanto miedo tenía de acortar, y me obligó a sostenerle la mirada.
—Lo que sí es nuestra culpa es cómo gestionamos lo nuestro. Debemos empezar a hablar de verdad, a entendernos y a respetarnos, porque si no lo hacemos, esto nunca va a funcionar. No podemos seguir viviendo en esta montaña rusa.
Yo la escuchaba, pero el dolor me tenía el pecho tan cerrado que seguía igual, con la cabeza gacha, incapaz de salir del bucle de culpa y de pena en el que me había hundido. La miraba con los ojos empañados, sintiéndome completamente indigno de lo que estaba haciendo por mí.
Al ver que no reaccionaba y que seguía con la misma cara de desolación, Valeria resopló levemente.
—Que basta ya, pesado —dijo.
Y antes de que yo pudiera parpadear, me agarró de la nuca con una mano y me plantó un beso lleno de pasión. Fue un beso intenso, urgente, de esos que te devuelven a la vida de golpe. Valeria empezó a buscar el roce conmigo, pegando su cuerpo al mío con una necesidad física que me encendió la sangre y me hizo olvidar por un segundo el dolor de las últimas horas. Sus manos bajaron a mi cintura y yo le respondí al beso con la misma fuerza, abrazándola como si se me fuera la vida en ello, necesitando sentir que estaba viva, que estaba ahí conmigo.
Pero la realidad física del hospital me golpeó la cabeza como un jarro de agua fría. Con todo el dolor de mi corazón, la frené suavemente, separando mis labios de los suyos y sujetándola por los hombros, aunque no quería soltarla.
—Nena, para... —le dije con la voz entrecortada, respirando agitado—. No podemos. El médico ha dicho que nada de relaciones en quince días, hasta que estés recuperada del todo.
Valeria se me quedó mirando y, de inmediato, cambió la expresión de la cara. Arrugó la nariz y frunció los labios en un puchero exagerado, mirándome con unos ojos enormes que me resultaron imposibles de esquivar.
—¿Quince días? Pero bueno... ¿Y qué se supone que voy a hacer yo contigo dos semanas metida en la cama sin poder tocarte? —protestó con voz mimosa, dándome un toquecito juguetón en el pecho—. Te recuerdo que el médico ha dicho reposo absoluto, y no se me ocurre mejor forma de descansar que tenerte a ti entretenido. Además, con la cara de pena que tienes, te hace falta un poco de alegría, ¿no crees?
No pude evitarlo. En mitad de toda la mierda de día que llevábamos, verla hacer ese puchero y escuchar sus tonterías para quitarle hierro al asunto me ablandó el corazón. Una pequeña sonrisa, la primera en veinticuatro horas, se me dibujó en la cara mientras le acariciaba la mejilla. Valeria sonrió también al ver que lo había conseguido.
Le rodeé la cintura con los brazos y la pegué a mí, escondiendo la cara en su cuello. Sentir su calor, su respiración y, sobre todo, escucharla bromear después del infierno que acabábamos de pasar, me devolvió la vida.
—Eres increíble, ¿lo sabes? —le susurré, dándole un beso tierno en la mejilla—. Venga, adentro. No quiero que cojas frío aquí fuera.
La llevé de vuelta al salón y me desviví por ella el resto del tarde. Me olvidé del mundo, del teléfono y de todo lo que no fuera Valeria. La instalé en el sofá con el nórdico más suave de la casa, le coloqué los cojines para que estuviera cómoda y me dediqué a mimarla como nunca antes lo había hecho. Pasamos lo que quedaba de día encadenando capítulos de sus series favoritas y devorando todas las guarrerías que encontré por la cocina: patatas fritas, chocolate y los dulces que tanto le gustaban. Cada vez que me miraba o me sonreía de lado con la boca manchada de chocolate, sentía que me quitaban un camión de cemento de encima.
Cuando cayó la noche, la luz de la televisión iluminaba el salón en penumbra. Valeria estaba recostada sobre mi pecho, y yo le acariciaba el pelo con suavidad, disfrutando de una paz que hacía horas me parecía imposible de alcanzar.
De repente, se quedó muy quieta. Dejó de mirar la pantalla, levantó la cabeza y me buscó los ojos. Su mirada ya no tenía el tono juguetón de antes; volvía a ser esa Valeria madura y serena que ponía las cartas sobre la mesa.
—Rafael —me llamó bajito.
—Dime, nena.
—Quiero que lo intentemos de verdad —dijo, y sentí cómo el corazón me daba un vuelco de esperanza, pero sus siguientes palabras me hicieron asentir con total gravedad—. Pero, por favor... te lo pido desde el respeto y la serenidad. No quiero más guerra. No puedo con más gritos, ni más dudas, ni más idas y venidas. Necesito tranquilidad.
Le tomé la cara entre las manos, mirándola con toda la honestidad de la que era capaz. El miedo a perderla seguía ahí, pero ahora tenía claro el camino.
—Te lo prometo, Valeria. No va a haber más guerra —le aseguré, dándole un beso suave en la frente—. Se acabaron las niñerías y los silencios. A partir de ahora, todo lo que hagamos va a ser desde el respeto y cuidándonos el uno al otro. Te lo juro.
Ella suspiró, aliviada, y volvió a esconderse en mi pecho. Nos quedamos así, abrazados en el sofá de nuestra casa, sabiendo que las cicatrices seguían ahí, pero que por primera vez en mucho tiempo, estábamos remando en la misma dirección.