Rafael
Hay meses que se sienten como una vida entera, y estos últimos veinte días han sido, sin duda, el reflejo de ello. Parece mentira que hace menos de un mes estuviéramos rotos en aquella cala, tocando el fondo más absoluto en una habitación de hospital. Hoy, el desastre se siente lejano, como una tormenta que limpió el aire para dejarnos respirar de verdad.
Ha sido un mes maravilloso. Valeria dejó las prácticas al día siguiente de volver a casa y, desde entonces, el cambio en ella ha sido radical. Verla en casa, sin prisas, dedicándose tiempo a ella misma y a sus hobbies ha sido un regalo. Ha vuelto a pintar, a leer por el puro placer de hacerlo, a pasar horas escuchando música en el salón... En definitiva, está aprendiendo a quererse tal y como es, sin la necesidad de cumplir las expectativas de sus padres ni de nadie. Y ver cómo recuperaba el brillo en los ojos me ha devuelto la vida a mí también.
En todo este tiempo, tal y como nos ordenó el médico, no hemos tenido relaciones. Al principio pensé que sería difícil, pero ha resultado ser todo lo contrario. Estos veinte días se han convertido en un refugio de intimidad absoluta, pero de otra forma. Hemos pasado noches enteras hablando en la cama hasta las tantas, conociéndonos de nuevo, desnudando los miedos y los errores del pasado con una madurez que nunca antes habíamos tenido. Nos hemos abrazado más, nos hemos besado con más ternura y nos hemos respetado cada espacio. Hemos sanado las heridas a base de serenidad.
Pero hoy tocaba volver al mundo real por unas horas. Teníamos la boda de una de mis primas por parte de mi padre; un evento familiar de esos que se alargan hasta altas horas de la madrugada y donde sabía que nos encontraríamos con todo mi entorno.
Yo ya estaba listo en el salón, terminando de ajustarme la corbata frente al espejo y revisando que el traje me quedara bien, aunque admito que los nervios me bailaban un poco en el estómago. Escuché el sonido de la puerta del dormitorio abrirse y el leve repiqueteo de unos tacones sobre el suelo de madera.
Me giré despacio. Y el mundo, simplemente, se detuvo.
Me quedé completamente atónito, con las manos congeladas en el nudo de la corbata y la boca entreabierta, incapaz de articular una sola palabra. Sabía que Valeria era una mujer preciosa, pero lo que vi aparecer por el pasillo me cortó la respiración por completo.
Estaba espectacular. Llevaba un vestido elegante que le sentaba como un guante, realzando cada línea de su cuerpo con una clase increíble. El pelo lo llevaba recogido de una forma sutil que dejaba a la vista su cuello, y el maquillaje, suave pero perfecto, hacía que sus ojos resplandecieran. Pero no era solo la ropa o el peinado; era la seguridad que emanaba al caminar. Ya no tenía esa mirada cansada o tensa de las reuniones familiares del pasado. Se veía radiante, segura de sí misma, pisando fuerte.
Se detuvo a unos pasos de mí, mirándome con una sonrisa pícara al ver la cara de absoluto imbécil que se me había quedado.
—¿Qué pasa? —preguntó, dando una pequeña vuelta sobre sí misma—. ¿Tan mal voy?
—¿Tan mal vas? —repetí, saliendo por fin del trance mientras dejaba caer los brazos a los lados—. Estás jodidamente espectacular, Valeria. No sé si voy a ser capaz de quitarte los ojos de encima en toda la boda.
Me acerqué a ella a paso rápido, incapaz de aguantar más la distancia, y la agarré suavemente de la cintura para pegarla a mí. La besé con ganas, un beso profundo que pretendía ser tierno, pero que rápidamente se nos fue de las manos. Valeria me rodeó el cuello con los brazos y, de repente, empezó a bajar sus labios por mi mandíbula, dejando una hilera de besos lentos y calientes justo en mi cuello, subiéndome las pulsaciones en un segundo.
Se me escapó una carcajada nerviosa ante la emboscada. Con todo el dolor de mi corazón, la separé un poco y le di un azote juguetón en el culo para obligarnos a ponernos en marcha de una vez.
—Venga, nena, vamos —le dije, intentando sonar firme aunque me temblaban las piernas—. Como sigas así no salimos de esta casa y vamos a llegar tarde.
Valeria me miró con los ojos entrecerrados, mordiéndose el labio inferior, y me hizo un gesto con el dedo.
—Venga, uno rapidito... —me tentó con una sonrisa traviesa.
—De eso nada —le respondí, aguantándome la risa y dándole un toque cariñoso en la nariz—. Llevamos veinte días esperando, así que aguantamos unas horas más. Por la noche lo pillaremos con más ganas, así me esperas con ansia durante el banquete.
Valeria soltó un resoplido exagerado y se dio la vuelta para coger su bolso de la mesa, pero antes de enfilar el pasillo, se giró hacia mí con una mirada que era pura malicia.
—Te aviso desde ya: cuando vaya al baño en mitad de la boda, no se te ocurra extrañarte si tardo media hora —soltó con total naturalidad—. Porque igual me encierro a tocarme. Este período de celibato forzado me está pasando una factura tremenda, Rafael.
Me eché a reír a carcajadas, tapándome la cara con la mano. Esta Valeria divertida, descarada y sin filtros me volvía completamente loco.
—¡Pero bueno! ¿Te quieres callar? —le dije muerto de risa.
—Te lo digo en serio, yo creo que tengo hasta fiebre de las ganas —insistió ella, poniendo cara de pobrecita y dándose aire con la mano.
Al escuchar lo de la fiebre, me puse serio por un segundo. El instinto de protección del hospital saltó de golpe y me acerqué a ella, poniéndole la palma de la mano en la frente con auténtica cara de preocupación.
—¿Fiebre? A ver, déjame ver, ¿te encuentras mal de verd...?
No pude ni terminar la frase. En cuanto bajé la guardia, Valeria soltó una carcajada limpia, me agarró de las solapas de la chaqueta y se tiró de nuevo a mi cuello a besarme, partiéndose de risa por lo fácil que había sido tomarme el pelo.
Me abracé a ella, riéndome a pleno pulmón, contagiado por su energía. Dios, cómo la había echado de menos. Nos costó unos minutos calmarnos y retocarse el maquillaje que le había movido, pero por fin, de buen humor y más unidos que nunca, salimos por la puerta de casa listos para enfrentarnos a lo que fuera.