Rafael
La cena pasó volando entre brindis, chistes de Dani y la comida, pero para cuando la música empezó a tronar y abrieron la barra libre, la boda dio un giro de ciento ochenta grados. El ambiente se descontroló de la mejor manera. Valeria, que llevaba veinte días en un régimen estricto de reposo y mimos, decidió que ya era hora de soltarse el pelo. Empezó a beber y a bailar con Lucía y mis primas como si no hubiera un mañana. Tenía las mejillas encendidas, una risa floja que me volvía loco y una energía arrolladora que se llevaba todas las miradas de la pista. Yo la observaba desde la barra con una copa en la mano, babeando por completo, sintiéndome el tío más afortunado del lugar.
En un momento de la noche, mientras sonaba un reguetón antiguo, me hizo una seña con el dedo indicándome que se iba un momento al baño. Asentí con la cabeza, pero cuando pasaron quince minutos, luego veinte, y la canción que le encantaba terminó de sonar, empecé a mirar de reojo hacia el pasillo de los aseos.
Preocupado por si le había sentado mal la copa o la comida del banquete, saqué el móvil del bolsillo de la americana y le escribí un mensaje rápido:
Rafael: Nena, ¿estás bien? Estás tardando un montón. ¿Te ha sentado algo mal?
Bloqueé la pantalla, esperando la típica respuesta de "había mucha cola". Pero el móvil vibró a los diez segundos. Cuando abrí el chat, casi me da un síncope.
Valeria: Te advertí esta mañana que no te extrañaras si tardaba. Me estoy tocando. El celibato forzado, ¿recuerdas?
Escupí literalmente el buche de copa que acababa de darle a mi vaso, manchándome los dedos y soltando una carcajada tan limpia que un primo que estaba a mi lado me miró como si me hubiera vuelto loco. Me limpié con una servilleta de papel, partiéndome de risa solo, convencido de que estaba de coña y de que se estaba quedando conmigo desde el baño de mujeres.
"Venga ya, qué tía", pensé. Decidido a seguirle el juego y a comprobar hasta dónde llegaba el farol, caminé hacia los aseos y, al ver que no salía, le mandé otro mensaje de camino.
Rafael: Estoy en la puerta de los baños y aquí no sales. ¿Dónde te has metido, mentirosa?
Me quedé apoyado en la pared del pasillo, sonriendo como un imbécil frente a la pantalla. La respuesta tardó un poco más esta vez, y cuando llegó, me dejó el pulso temblando.
Valeria: Búscame en el coche. Estoy en el asiento de atrás. Date prisa, que nadie me ve por los cristales tintados.
Se me borró la sonrisa de golpe y la risa se me atoró en la garganta. ¿En serio se había ido al coche? Miré hacia la pista de baile, luego hacia la salida, y una mezcla de incredulidad, nervios y pura adrenalina me recorrió la espalda. Me guardé el móvil a toda prisa, me pasé la mano por el pelo y salí de la carpa a paso rápido, cruzando el jardín hacia la zona del parking.
Me costó aguantar la risa mientras caminaba por la grava, pensando en la locura que estábamos a punto de cometer si de verdad estaba allí dentro. Llegué hasta nuestro coche, aparcado en una zona algo apartada y oscura del recinto, y me acerqué despacio a la ventanilla trasera, intentando adivinar su silueta a través de los cristales oscuros.
Abrí la puerta trasera del coche despacio y la luz interior se encendió por un segundo, revelándome una escena que me dejó sin aliento. Valeria estaba allí, con el vestido ligeramente subido y la respiración completamente agitada. Al verme, me miró con los ojos encendidos, empañados por el alcohol y el deseo retenido de tantas semanas.
—Rafael, entra... Te lo juro, no podía más —gimió, con la voz rota, estirando la mano para tirar de mi chaqueta hacia el interior del habitáculo.
Cerré la puerta de golpe tras de mí, dejándonos a oscuras, solo iluminados por los destellos lejanos de las luces de la carpa. La adrenalina me corría por las venas a mil por hora. Me deslicé en el suelo del coche, entre los asientos, sin importarme el traje ni nada que no fuera ella. Aparté la tela de su ropa interior con dedos temblorosos y me colé entre sus piernas.
No hubo preámbulos. La busqué con la boca de inmediato, lamiéndola con una intensidad y un hambre acumulada que la hicieron arquear la espalda al primer contacto. Valeria ahogó un grito contra el respaldo del asiento, agarrándose a mi pelo con una fuerza salvaje. El habitáculo se llenó del sonido de su respiración entrecortada y, en apenas unos instantes, la tensión de estos veinte días estalló en ella. Se corrió con fuerza, sacudida por unos espasmos salvajes que la hicieron temblar de arriba abajo mientras pronunciaba mi nombre en un susurro desesperado.
Antes de que pudiera recuperarse, me incorporé y me senté en el asiento, deshaciéndome de la ropa que me estorbaba. Valeria, con los ojos completamente desorbitados por el placer, no esperó ni un segundo. Se colocó encima de mí, a horcajadas, y se empaló de golpe, soltando un gemido agudo que quedó atrapado entre nuestros labios cuando la arrastré hacia un beso brutal.
Nos volvimos locos. El espacio reducido, el riesgo de que alguien pudiera pasar cerca, el calor asfixiante que empezó a empañar los cristales tintados y las ganas acumuladas durante semanas se convirtieron en un cóctel explosivo. Nos movimos sin control, en un ritmo frenético y salvaje que hacía vibrar el coche, olvidándonos por completo de la boda, de la familia y del mundo entero exterior. Solo existía esa necesidad voraz de poseernos y de recordar, de la forma más física posible, que volvíamos a ser uno solo.
Estábamos los dos jadeando, con la frente apoyada la una en la otra y el pecho subiendo y bajando a mil por hora. El calor dentro del coche era insoportable y los cristales estaban completamente empañados. Poco a poco, la adrenalina empezó a bajar y la realidad de que estábamos en el parking de la boda de mi prima volvió a encenderse en mi cabeza.
La miré. Tenía los labios hinchados, el carmín corrido, el pelo medio deshecho y una mirada entornada que era puro vicio. Estaba increíble, pero se le notaba a leguas lo que acabábamos de hacer.
—Escúchame una cosa —le dije, apartándole un mechón de pelo de la cara mientras intentaba recuperar el aliento—. Nos vamos a casa. Ahora mismo.
Valeria parpadeó, sorprendida, y soltó una pequeña risa floja por el alcohol y el subidón.
—¿Qué? ¿Cómo que nos vamos? Pero si la fiesta acaba de empezar, Rafael...
—Que no, que no —insistí, medio en broma pero medio en serio, abrochándome el pantalón como buenamente podía en el espacio del asiento—. No voy a dejar que volvamos a entrar ahí y que ningún tío de mi familia te vea esa cara de recién follada que llevas ahora mismo. Estás preciosa, pero cantas a un kilómetro. Nos largamos.
Valeria soltó una carcajada limpia, echando la cabeza hacia atrás, y me dio un tortazo flojo en el pecho mientras empezaba a recolocarse el vestido.
—¡Eres un exagerado! —protestó, mirándose en el retrovisor interior para arreglarse el pelo—. Además, no nos podemos ir ya, Rafael. Estaría feísimo irnos así, a mitad de las copas, sin despedirnos de tus padres, ni de Dani, ni de tu prima. Van a pensar que nos ha pasado algo malo... o algo demasiado bueno si ven que faltamos los dos a la vez. Hay que aguantar un rato más, anda.
Me quedé mirándola, sopesando sus palabras. Tenía parte de razón; si desaparecíamos los dos del mapa sin decir ni mu justo después de lo del hospital, mi madre se iba a pegar el susto de su vida o Dani iba a atar cabos enseguida y no me iba a dejar en paz en los próximos seis meses.
Miré de nuevo su rostro, ya un poco más calmado, y solté un suspiro de resignación, sonriendo de lado.
—Está bien, tú ganas —cedí, dándole un beso corto pero intenso en los labios—. Entramos, nos tomamos la última copa, ponemos una excusa creíble de que estás cansada y nos vamos. Pero ni se te ocurra volver a bailarme pegado en la pista, porque no respondo.
Valeria sonrió con picardía, satisfecha con su victoria, y terminó de retocarse el maquillaje antes de que abriéramos las puertas del coche para volver, con el cuerpo encendido, a la luz de la fiesta.