Oro y adrenalina

25 ¿Que precio tiene la libertad?

Rafael

​Dos semanas más tarde, la vida en casa se había asentado en una rutina que rozaba la perfección. Aquella locura en la boda de mi prima pareció abrir las compuertas de una complicidad que nunca antes habíamos tenido. Valeria estaba más risueña, pasaba las tardes entusiasmada haciendo sus trabajos manuales de decoración para la casa y el ambiente entre nosotros era de una serenidad absoluta. Nos queríamos bien, nos queríamos tranquilos. Sin embargo, en el fondo de mi mente, siempre había una pequeña alarma encendida: sabíamos que la tregua con sus padres no duraría para siempre. Tardarían en darse cuenta de que no iba a las prácticas, pero se acabarían enterando.
​Y ese día llegó un martes por la mañana.
​Estábamos en la cocina desayunando. Yo me estaba tomando el segundo café de la mañana mientras revisaba unos papeles del trabajo y Valeria, sentada enfrente con un pijama de Mickey Mouse de tres tallas más grande que la suya, untaba mermelada en una tostada mientras tarareaba una canción. Tenía el pelo recogido en un moño deshecho y cara de dormida. Me encantaba verla así.
​De repente, su móvil, apoyado sobre la encimera, empezó a vibrar con una insistencia agresiva. La pantalla se iluminó: Mamá.
​Vi cómo a Valeria se le congelaba la sonrisa de golpe. El cuchillo de la mermelada se quedó a mitad de camino y me miró con los ojos abiertos, tragando saliva.
​—Tranquila —le dije bajito, alargando la mano por encima de la mesa para apretarle los dedos—. Estoy aquí. Cógelo.
​Asintió, respiró hondo y deslizó el dedo por la pantalla, activando el manos libres para que yo pudiera escuchar.
​—¿Sí, mamá? —dijo, intentando mantener la voz serena.
​No hubo un "buenos días", ni un "¿cómo estás?". Lo que salió del altavoz fue una ráfaga de gritos, una voz afilada y cargada de una furia ciega que inundó la cocina en un segundo. Era su madre, pero de fondo se escuchaba perfectamente a su padre, dando golpes en una mesa y maldiciendo. Se habían enterado de todo. De golpe.
​—¡¿Se puede saber qué sinvergonzonería es esta, Valeria?! —chilló su madre, con una voz que destilaba veneno—. ¡He ido a verte a la empresa de las prácticas esta mañana para darte una sorpresa y me dicen que no has aparecido por allí en quince días! ¡Y para colmo llamamos corriendo a la facultad y nos dicen que has pedido una pausa en el curso! ¿Te has vuelto loca? ¡¿Qué coño te pasa en la cabeza?!
​Valeria se quedó pálida, abriendo la boca sin que le salieran las palabras. Yo apreté el puño debajo de la mesa, sintiendo cómo la sangre me empezaba a hervir.
​—Mamá, por favor, déjame explicarte... Necesitaba parar... —intentó defenderse ella con un hilo de voz.
​—¡¿Explicar el qué?! ¡¿Que estás tirando tu futuro a la basura por culpa del muerto de hambre ese con el que vives?! —bramó entonces su padre, acercándose al teléfono para gritar directamente—. ¡Permanecías oculta jugando a las casitas! Pero eso no es lo peor. Nos hemos enterado por una conocida del hospital de lo que hiciste. ¡¿Un aborto, Valeria?! ¡¿Estabas embarazada y ni siquiera tuviste la decencia de decírnoslo?! ¡Has estado destrozando todo el dinero y el esfuerzo que hemos puesto en tu porvenir!
​Las lágrimas empezaron a resbalar por las mejillas de Valeria de inmediato. El ataque era tan desmedido, tan cruel y tan falto de empatía hacia lo que ella había sufrido en ese hospital, que di un paso al frente dispuesto a quitarle el teléfono y mandarlos a la mierda yo mismo, pero Valeria me hizo un gesto desesperado con la mano para que me detuviera. Quería afrontarlo ella.
​—¡Fue un aborto natural! —gritó Valeria, estallando por fin, con la voz rota por el llanto—. ¡Estuve ingresada! ¡Lo pasé fatal y lo único que os importa es la maldita carrera y el qué dirán! ¡Dejé las prácticas porque me estaba ahogando, porque esa vida es vuestra, no mía!
​El silencio al otro lado de la línea duró un segundo, un segundo gélido que precedió a la sentencia final. Fue su padre el que habló, con una frialdad que me puso los pelos de punta.
​—Escúchame muy bien, niñata. Se acabó el juego. Olvídate de tus tonterías de encontrarte a ti misma. Tienes veinticuatro horas para dejar a ese tío, empaquetar tus cosas, volver a casa y pedir el reingreso inmediato en las prácticas y en la facultad.
​—No voy a hacer eso —respondió Valeria, temblando pero con una firmeza que no le conocía.
​—Entonces atente a las consecuencias —sentenció su madre, tomando el relevo con la misma crueldad—. Te vamos a desheredar. No vas a ver un solo céntimo de nuestra familia, ni ahora ni nunca. Nos vas a devolver hasta el último euro de la matrícula que pagamos este año. O dejas a Rafael y encarrilas tu vida ya, o te puedes ir olvidando de que tienes padres. Para nosotros estarás muerta. Elige.
​La llamada se cortó con un pitido seco.
​La cocina se quedó en un silencio sepulcral, solo roto por el llanto ahogado de Valeria, que se tapó la cara con las manos, hundiéndose en el asiento. El golpe había sido brutal. La habían amenazado con lo más sagrado, la habían repudiado por querer respirar.
​Me faltó tiempo para rodear la mesa, arrodillarme a su lado y envolverla con mis brazos, pegando su cabeza a mi pecho mientras ella lloraba desconsoladamente, temblando de rabia y de dolor. La rabia me quemaba por dentro, pero recordé mi promesa: respeto y serenidad. Tenía que ser su roca.
​—Shh... ya está, nena, ya está —le susurré al oído, besándole el pelo con fuerza mientras la estrechaba contra mí—. Déjalos que digan lo que quieran. Que les den por culo a sus amenazas y a su dinero. Me tienes a mí, ¿me oyes? No estás sola. Vamos a salir de esta juntos.
—Me tienes a mí, ¿me oyes? No estás sola. Vamos a salir de esta juntos —le repetí, estrechándola con más fuerza mientras sentía sus lágrimas empapar mi camiseta.
​No podía dejar que esos monstruos, porque no tenían otro nombre, le destrozaran la paz que tanto le había costado construir en estas semanas. La levanté en vilo con suavidad y la llevé en brazos hasta el dormitorio. Necesitaba borrar la ponzoña de esa llamada de su cabeza, desterrar el dolor y recordarle, de la única forma en que las palabras no hacen falta, que su sitio estaba aquí, conmigo.
​Me encargué de hacerle el amor con una ternura y una entrega absolutas. Despacio, recorriendo cada rincón de su piel, adorando su cuerpo y sus miedos, hasta que sus sollozos se transformaron en jadeos y su mente se desconectó del mundo. La llevé al éxtasis una y otra vez, con paciencia, fundiéndome con ella hasta que la vi sonreír entre sábanas, completamente agotada y con los ojos brillantes, habiéndose olvidado por fin de todo el veneno de sus padres.
​A media mañana, el timbre de casa nos devolvió a la realidad. Eran mi madre, Alma, y mi hermana mayor, Rocío. Habían venido de imprevisto con la excusa de arrastrar a Valeria de compras para despejarla. Al ver la cara de Valeria, mi madre olió el ambiente al instante, pero con la sabiduría que la caracteriza, no preguntó nada; simplemente la abrazó y le dijo que se vistiera, que se la llevaban a pasar el día fuera.
​Valeria me miró buscando aprobación y yo le sonreí, dándole un beso en la frente.
—Ve, nena. Te vendrá bien airearte con ellas. Yo tengo cosas que hacer en la nave.
​Mentí. No iba a ir a la nave. Tenía una cuenta pendiente que no podía posponer ni un segundo más.
​En cuanto las mujeres salieron por la puerta, llamé a mi padre. Le conté de cabo a rabo la llamada de teléfono que acabábamos de presenciar en la cocina. Mi padre, que es un hombre de honor y de pocas palabras, no se lo pensó dos veces: "Paso a buscarte en diez minutos. A esa gentuza no vas solo".
​Antes de salir, pasé por la caja fuerte de la empresa. Nuestra familia maneja muchísimo dinero gracias al negocio de la compraventa de coches de alta gama y el mundo de las carreras, así que juntar la cantidad no me supuso el más mínimo esfuerzo. Llené una mochila negra con lo que hacía falta y subí al coche de mi padre. Durante el trayecto, él se mantuvo en silencio, con la mandíbula apretada, demostrándome que, pasara lo que pasara, me cubría las espaldas.
​Aparcamos y llamamos al timbre de la imponente casa. Cuando su padre abrió la puerta y nos vio allí a los dos, su expresión de desprecio se transformó en una sonrisita de suficiencia. Nos hizo pasar al pasillo, llamando a su mujer con tono de victoria.
​—Vaya, vaya... Miren quién está aquí —soltó el tío, cruzándose de brazos—. Por fin has recapacitado, muchacho. Ya decía yo que el orgullo te iba a durar poco y que venías a llegar a un trato para dejar a nuestra hija. Sabíamos perfectamente que la gente como tú tiene un precio. ¿Cuánto quieres para desaparecer de su vida?
​Su madre apareció por el pasillo, mirándome por encima del hombro con una mueca de asco. Pensaban que nos iban a comprar con calderilla.
​Sentí una oleada de frío recorrerme el cuerpo. No me alteré, mantuve una calma tensa que daba miedo. Sonreí de lado, me quité la mochila del hombro y la abrí despacio.
​—Tenéis razón. Todo el mundo tiene un precio —dije con voz gélida.
​Volqué la mochila y la sacudí. Decenas de fajos de billetes de cincuenta y cien euros cayeron al suelo, desparramándose por el lujoso suelo de mármol de su pasillo.
​—Ahí tenéis —les escupí, señalando el dinero con desprecio—. Con eso he pagado los años de universidad de Valeria y os aseguro que hay bastante más de lo que os ha costado su matrícula. Ya no os debe nada. No podéis comprarla, ni chantajearla, porque a partir de hoy, vuestro dinero no vale una mierda para ella. En mi casa entra más dinero del que vais a ver vosotros juntos en lo que os queda de vida.
​Los dos se quedaron lívidos, mirando los fajos en el suelo sin poder creer lo que estaban viendo. La madre reaccionó primero y empezó a gritar como un animal rabioso, insultándome, histérica, mientras el padre daba un paso al frente con la cara roja de pura furia, gritándome que saliera de su propiedad.
​No lo dudé. Antes de que pudiera dar otro paso, me abalancé sobre él. Lo estampé contra la pared del pasillo y lo cogí fuertemente del cuello de la camisa, apretando el puño hasta levantarlo casi del suelo. Su madre soltó un alarido de terror. Mi padre dio un paso al frente, quedándose en guardia por si el viejo intentaba revolverse, pero no hizo falta.
​—Escúchame muy bien, pedazo de cabrón —le siseé a un centímetro de su cara, clavándole los ojos con una violencia que lo hizo temblar—. Como se os ocurra volver a llamar a mi mujer, como vuelva a verla llorar por vuestra culpa, o como os acerquéis a menos de un kilómetro de ella, te juro por mi vida que os hundo. Se acabó. Valeria ya no es vuestra hija. Es mi mujer.
​Lo solté de golpe, dejando que cayera de espaldas contra el suelo, tosiendo y buscando aire, asustado de verdad por primera vez en su vida.
​Me di la vuelta sin mirar atrás, pisando los billetes que ensuciaban el suelo. Mi padre me puso una mano en el hombro, orgulloso, y salimos de esa casa cerrando la puerta de un portazo que hizo temblar los cristales. Valeria era, por fin, jodidamente libre.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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