Oro y adrenalina

26 Fuera de juego

Rafael

​El salón era un auténtico caos de gritos, botes de cerveza vacíos y paquetes de patatas por todas partes. El partido estaba de lo más tenso, y mi padre, mi tío Sergio, Ismael, Dani y su viejo estaban prácticamente pegados a la pantalla, insultando al árbitro cada dos minutos. Yo intentaba concentrarme en la jugada, pero tenía la mente dispersa. Valeria estaba fuera, en el patio, donde se habían acomodado las chicas que acababan de llegar para unirse al plan.
​De pronto, el móvil que tenía guardado en el bolsillo del vaquero empezó a vibrar. Pensé que sería algún aviso del taller o de las carreras, así que lo saqué sin darle mucha importancia.
​Cuando vi el nombre en la pantalla, casi me atraganto con el trago de cerveza que acababa de dar. Valeria.
​Deslicé el dedo para abrir el chat y, en cuestión de segundos, la pantalla se inundó con una ráfaga de mensajes que me cortaron la respiración de golpe. La madre que la parió. No iba de coña con lo que me había dicho en el dormitorio.
​Valeria: ¿A que no adivinas en qué estoy pensando mientras escucho los gritos de tu padre por el gol?
​Valeria: En cómo me tenías agarrada de las caderas hace un rato. Todavía noto los viajes que me dabas, me tienes chorreando aquí fuera.
​Valeria: Me encantaría meterme debajo de la mesa del salón ahora mismo, bajarte los vaqueros con los dientes y rematar lo que empezamos, mientras tú intentas disimular con el partido... 😈
​Sentí una descarga eléctrica recorrer me toda la espina dorsal. Se me encendió la sangre al instante. Cerré los ojos un segundo, tragando saliva, intentando frenar la reacción de mi cuerpo, pero fue completamente inútil: la imagen mental de ella de rodillas debajo de la mesa me empalmó a una velocidad que me dio hasta miedo. El pantalón empezó a apretarme de mala manera.
​—¡Pero muévete, joder! ¡Pásala! —bramó Dani a mi lado, metiéndome un codazo sin querer.
​—Sí, sí... un desastre —alcancé a balbucir, acojonado por si alguno miraba hacia abajo.
​Disimuladamente, cambié de postura y me crucé de piernas con brusquedad, colocando el cojín del sofá justo encima de mi regazo para tapar el bulto que amenazaba con reventar la cremallera. Con el corazón latiéndome en la garganta y la polla como una piedra, empecé a teclear a toda velocidad, mirando de reojo a mi padre para asegurarme de que nadie se fijaba en mi pantalla.
​Rafael: Eres una provocadora y una sinvergüenza. Que está mi padre a dos metros de mí, Valeria. Quédate ahí fuera si no quieres que salga y te meta en el baño de un tirón.
​Valeria: No te atreves... ¿O sí? Me muero de ganas de ver cómo disimulas cuando entres a la cocina a por más hielos. Sé perfectamente cómo te pones cuando te hablo así.
​Rafael: No me busques, nena. Como entres a la cocina y me mires con esa cara que pones, te voy a empotrar contra la nevera y te voy a correr la boca delante de todo el mundo. Me importa tres cojones que esté mi familia en el salón. Avisada estás.
​Valeria: Te espero en la cocina en cinco minutos, mi amor. Trae hielos. 😉
​Bloqueé la pantalla con las manos temblando de puro vicio, respirando hondo para intentar bajar las revoluciones. Miré hacia el ventanal del patio y la vi a través del cristal: estaba sentada de piernas cruzadas, riéndose de algo que decía Rocío mientras le daba un trago a su copa, pero con el móvil bien pegado a los dedos. Sabía perfectamente lo que me estaba haciendo.
​—Rafael, ¿te pasa algo? Estás más rojo que un tomate, tío —soltó Ismael mirándome de arriba abajo.
​—Nada, nada... —dije, aclarándome la garganta mientras me obligaba a mantenerme sentado y cruzado de piernas—. El calor, que esta habitación es un horno. Voy a la cocina a por hielos.
Me levanté del sofá haciendo malabarismos para que el cojín tapara el desastre que tenía entre las piernas hasta que me puse de espaldas a todos. Caminé hacia la cocina con el pulso desbocado, sintiendo cómo la sangre me latía con fuerza en las sienes. En cuanto crucé el umbral, el contraste del silencio de la cocina con los gritos del salón me golpeó, pero la verdadera tensión estaba por llegar.
​Apenas dos segundos después, escuché el roce de la puerta corredera. Se giró sobre sus talones y ahí estaba ella.
​Valeria entró despacio, cerrando la puerta a sus espaldas con un clic sutil que me sonó a gloria bendita. Tenía esa sonrisita de suficiencia plantada en los labios, los ojos brillantes llenos de malicia y las mejillas un poco encendidas por el vino que estaba tomando fuera. Se apoyó contra el mármol de la encimera, cruzándose de brazos, mirándome de arriba abajo con una impunidad que me estaba destrozando los nervios.
​—Vaya, qué rápido has venido a por los hielos, mi amor —me provocó con un hilo de voz, arrastrando las palabras.
​No le di tiempo ni de respirar.
​Di dos zancadas feroces, acortando la distancia entre los dos, y la agarré de la cintura con una fuerza brutal, estampándola de espaldas contra la nevera. El golpe metálico fue amortiguado por su cuerpo, y Valeria soltó un jadeo de sorpresa mezclado con una risita ahogada. Le calcé una mano en la mandíbula, obligándola a mirarme hacia arriba, y le clavé los ojos con una intensidad que pretendía borrarle la sonrisita de golpe.
​—Te estás jugando el pellejo, Valeria —le siseé a un milímetro de su boca, con la voz totalmente rota, grave y cargada de una amenaza real—. ¿Te crees que estoy de coña? Tengo a toda mi familia ahí al lado y tú jugando a ponerme la polla como una roca con esos mensajes.
​—Sé perfectamente que no estás de coña... —susurró ella, sin amedrentarse lo más mínimo. Al contrario, se relamió los labios, arqueando la espalda para pegar su pelvis a la mía, notando perfectamente la erección brutal que me partía el vaquero—. Por eso he venido. A ver si es verdad que tienes tantos huevos de cumplir lo que me has escrito.
​El roce de su cuerpo fue el detonante definitivo. La cordura se me fue a la mierda.
​Le bajé la mano de la cara directo a su muslo, levantándole el vestido de un tirón agresivo. Le abrí las piernas con brusquedad, encajando mi cuerpo entre las suyas para dejarla completamente inmovilizada contra el electrodoméstico frío. Escuchamos un grito unánime desde el salón: un "¡¡UYYYYY!!" gigante de mi padre y mi tío por una ocasión fallida de gol, lo que nos recordó el hilo tan fino del que colgábamos.
​—Como se te ocurra soltar un solo gemido que se escuche en el salón, te juro que no respondo, nena —le advertí, metiéndole los dedos por dentro de la tela húmeda, encontrándola completamente empapada, tal y como había prometido en los mensajes.
​Valeria clavó las uñas en mis hombros, mordiéndose el labio inferior con fuerza mientras contenía el aire, con los ojos abiertos de par en par, asustada y excitada a partes iguales por la brutalidad del momento. Estábamos al límite, jugando con fuego en nuestra propia casa, y a ninguno de los dos nos importaba quemarnos.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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