Oro y adrenalina

27 Consejo de familia

Rafael

​El portón metálico de la nave se cerró a mis espaldas con un estruendo pesado que resonó en todo el taller. El olor a aceite, neumático quemado y gasolina, que normalmente me transmitía paz, esta vez se sentía espeso, cargado de una tensión que se cortaba con un cuchillo.
​Allí estábamos todos. Los hombres de la familia.
​Alrededor de la mesa de madera del despacho del fondo, los rostros reflejaban una gravedad absoluta. Mi hermano Ismael fumaba apoyado en una de las elevadoras; Dani y su padre, Dani viejo, se mantenían cruzados de brazos junto al banco de herramientas. Pero el peso de la habitación recaía en los tres hombres que presidían la mesa: mi padre, mi tío Sergio y el viejo Dani. En nuestra familia las cosas se hacían con orden. Nosotros, los jóvenes, podíamos tener la fuerza y el impulso, pero cuando la situación se ponía verdaderamente peligrosa, eran los mayores quienes tomaban las decisiones. Ellos eran los que tenían las canas, los contactos y la cabeza fría para no cometer errores fatales.
​Mi padre dio un golpe seco sobre la mesa, exigiendo silencio absoluto. Sus ojos, idénticos a los míos pero cargados con la veteranía de mil batallas, me clavaron la mirada.
​—A ver si nos queda claro a todos la gravedad de la situación —arrancó mi padre, con esa voz profunda y autoritaria que hacía que nadie se atreviera a parpadear—. El subnormal de Lucas no ha robado a unos aficionados. Le ha quitado mercancía a gente que no se lo piensa dos veces antes de enterrar a alguien en un descampado. Ha puesto un objetivo en su espalda, pero al ser de los nuestros, nos ha salpicado a todos.
​—Esa gente no juega limpio, Rafael —intervino mi tío Sergio, con el rostro serio y la mandíbula apretada—. No van a buscar solo a Lucas. Si huelen que lo estamos protegiendo o si nos ven vulnerables, las represalias van a ir directamente contra la familia. Contra nuestras mujeres, contra nuestras madres. Y eso no lo voy a tolerar.
​Sentí un viaje de frío en el estómago al pensar en Valeria sola en casa. Me aseguré mentalmente de que hubiera echado el cerrojo antes de salir.
​Mi padre se levantó, apoyando las palmas de las manos sobre el mapa de la zona que habían desplegado. Sus órdenes fueron directas, tajantes y sin derecho a réplica:
​—A partir de este preciso instante, se acabaron las misiones en solitario. Nadie sale a buscar a ese desgraciado por su cuenta. Nos vamos a mover en grupos de tres. Si os cruzáis con los tipos que lo buscan, tenéis que ser una fuerza con la que no se atrevan a negociar a malas. Ismael, tú vas con Sergio y Dani padre. Rafael, tú te llevas a Dani y te vienes conmigo.
​—Papá, podemos dividirme más si vamos de dos en dos para cubrir más terreno —sugerí, con la adrenalina pidiéndome salir a la calle ya mismo.
​—He dicho de tres, Rafael, y no te lo voy a repetir —me cortó mi padre, fulminándome con la mirada—. Tres hombres adultos de esta familia son un muro. Dos es una tentación para que nos tiendan una emboscada. No voy a arriesgar la vida de ninguno de mis hijos por culpa de un yonqui que quería impresionar a una niñata. Lo buscamos, lo encontramos, devolvemos lo que queda y limpiamos el nombre de la empresa. Pero volvemos todos vivos a casa. ¿Ha quedado claro?
​—Claro, papá —asintió Ismael.
​—Entendido —respondí yo, apretando los puños.
​Los mayores ya habían hablado y diseñado la estrategia. Revisamos los teléfonos, cargamos lo que teníamos que cargar en las chaquetas y nos preparamos para salir a las calles oscuras de la ciudad. La caza de Lucas había comenzado, y más nos valía encontrarlo antes de que lo hicieran los otros.
​Llevábamos más de tres horas pateándonos las calles, quemando el asfalto bajo la lluvia fina que había empezado a caer sobre la ciudad. Mi padre conducía el coche con una calma tensa que ponía los pelos de punta, mientras Dani, en el asiento de atrás, no dejaba de vigilar por la ventanilla, pegado al teléfono intentando contactar con alguno de los porteros de los locales donde solía meterse el imbécil de mi primo.
​Peinamos los callejones de la zona baja, los polígonos donde sabíamos que paraban los camellos de medio pelo y los pisos francos que usaban para cortar el material. Nada. No había ni rastro del coche de Lucas, ni de Vanesa, ni de nadie que nos pudiera dar una pista fiable. Parecía que se los hubiera tragado la tierra, y el tiempo corría en nuestra contra. Cada minuto que pasaba era un minuto más para que los tipos a los que había robado lo encontraran primero.
​Sintiéndome impotente, saqué el móvil del bolsillo para revisar si Ismael o el tío Sergio habían tenido más suerte con su grupo. La pantalla se iluminó, pero el mensaje que apareció en las notificaciones era de Valeria.
​Mi corazón dio un vuelco antes de leerlo.
​Valeria: Amor, ya no estoy en casa. Tu padre me ha llamado hace un rato y me ha dicho que recogiera un par de cosas y me fuera directamente para su casa, con Alma, Rocío y Vera. Dice que allí voy a estar más segura con las chicas mientras vosotros solucionáis esto. Ya he llegado, no te preocupes. Ten mucho cuidado, por favor. Te amo.
​Exhalé un suspiro largo, sintiendo cómo se me quitaba un peso tremendo de encima. Miré de reojo a mi viejo, que mantenía las manos firmes en el volante, con la vista clavada en la carretera sombría. El tío no dejaba nada al azar. Mientras nosotros buscábamos a ciegas en el fango, él ya se había asegurado de proteger lo que de verdad importaba. Había replegado a las mujeres de la familia en un solo punto, un fortín donde se cuidarían las unas a las que otras y donde estarían a salvo de cualquier ojo indiscreto si las cosas se ponían feas en el barrio.
​—¿Alguna novedad de tu hermano? —preguntó mi padre, con su voz grave rompiendo el silencio del coche.
​—No, Ismael no sabe nada todavía —respondí, guardando el móvil—. Pero me acaba de escribir Valeria. Me ha dicho que ya está en tu casa con mi madre y las chicas. Gracias por llamarla, papá. Estaba negro pensando que se había quedado sola en nuestra casa.
​Mi padre asintió con un gesto seco de la cabeza, sin apartar los ojos de la calzada.
​—En esta familia nos protegemos el lomo, Rafael. Las guerras se ganan sabiendo dónde tienes la retaguardia —sentenció con dureza—. Ahora que sé que están todas juntas y seguras, podemos centrarnos en lo único que importa: encontrar al jodido Lucas antes de que amanezca.
​—Dale una vuelta a la manzana, jefe —intervino Dani desde atrás, inclinándose entre nuestros asientos y señalando un callejón oscuro al fondo del polígono—. El coche de un colega de Lucas suele parar por ese callejón detrás de la chatarrería. Igual sabe dónde se esconden las ratas cuando tienen miedo.
​Mi padre apretó el acelerador y el motor rugió. Con las mujeres a salvo, la adrenalina volvió a subirme por el pecho. La noche iba a ser muy larga, pero ya no tenía que contenerme por el miedo a lo que dejaba atrás.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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