Rafael
Mi padre giró el coche en la esquina de la calle a dos ruedas, haciendo derrapar los neumáticos contra el asfalto mojado. No le hizo falta ni apagar el motor para que supiéramos que la pesadilla estaba ocurriendo en la puerta de mi propia casa. Las voces desquiciadas de Lucas y los porrazos brutales que le metía a la madera se escuchaban desde mitad de la manzana.
El coche ni siquiera se había detenido del todo cuando abrí la puerta del copiloto y salté a la acera. La furia me nubló la vista por completo. Escuchar a ese miserable gritando barbaridades y amenazando con quemar el sitio donde estaban mi mujer y mi hermana fue suficiente para desatar una violencia en mí que no sabía que contenía.
Crucé el porche delantero a zancadas. Lucas estaba de espaldas, tomando impulso para lanzarse otra vez contra la puerta blindada, cuando lo agarré del cuello de la cazadora con las dos manos. Lo levanté casi en vilo, usando toda mi inercia, y lo empotré de espaldas contra la pared de ladrillo con un impacto seco que le sacó todo el aire de los pulmones.
—¡Hijo de puta! —le siseé directamente en la cara, hundiéndole los antebrazos en el pecho para dejarlo clavado. Tenía los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Si le pasa un solo rasguño a mi familia por tu culpa, juro por Dios que te mato yo mismo antes de que te encuentren los de la calle! ¡Te mato, Lucas!
Él me miró con las pupilas completamente dilatadas, tiritando, con un hilo de baba de los nervios cayéndole por la comisura de los labios. Estaba puesto hasta arriba y el miedo lo tenía completamente anulado. No fue capaz ni de articular palabra; solo soltó un gemido ahogado de puro terror.
Mi padre y Dani llegaron al porche justo detrás de mí. Mi viejo, manteniendo esa sangre fría que lo caracterizaba tras bajarse del volante, apartó a Lucas de un manotazo y lo empujó hacia Dani para que lo retuviera en el suelo. Luego, se acercó a la puerta blindada, dio tres golpecitos suaves con los nudillos y habló en voz alta, con un tono firme pero cargado de calma para transmitir seguridad al interior.
—Rocío, Valeria... Abrid la puerta, hijas. Somos nosotros. Ya estamos aquí.
Se escuchó el mecanismo de los cerrojos girar a toda velocidad y la puerta se abrió de golpe.
Rocío fue la primera en salir. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas y, en cuanto vio a mi padre, se tiró a sus brazos con un sollozo ahogado, escondiendo la cabeza en su pecho. Mi padre la rodeó con fuerza, acariciándole el pelo y susurrándole que todo había terminado.
Yo pasé de largo por el umbral y fui directo hacia Valeria, que seguía de pie en el pasillo, pálida como la cera y con el cuerpo temblando por la adrenalina contenida. La rodeé con mis brazos, pegando su cuerpo con fuerza contra el mío, sintiendo los latidos desbocados de su corazón contra mi pecho. Estaban muertas de miedo, y el simple hecho de pensar en lo que habían pasado por culpa del imbécil de mi primo me hacía hervir la sangre.
—Ya está, nena, ya estoy aquí —le susurré al oído, enterrando la mano en su pelo y apretándola contra mí—. Estás a salvo. No voy a dejar que nadie os toque.
Mantuve a Valeria pegada a mí durante unos segundos que me parecieron eternos, aspirando el aroma de su pelo para convencer a mi propio pulso de que ella estaba bien. Sentía sus manos aferradas con desesperación a mi chaqueta, como si temiera que, si me soltaba, el desquiciado de fuera regresaría a romper la calma.
—Tranquila, ya pasó —le repetí en voz baja, dándole un beso en la sien—. Estoy aquí.
Al girarme sin soltarla por la cintura, vi a mi padre en el umbral. Seguía abrazando a Rocío, manteniendo una mano protectora sobre su espalda, pero sus ojos estaban fijos en el porche, donde la situación requería mano dura. Dani tenía a Lucas retenido contra el suelo; mi primo balbuceaba incoherencias, con la mirada perdida y temblando como un perro mojado, completamente anulado por el pánico.
Mi padre apartó suavemente a mi hermana y se giró hacia mí. Sus ojos reflejaban la veteranía del hombre que sabe perfectamente qué prioridades van primero en una noche de perros como esta.
—Rafael, acompáñalas a mi casa ahora mismo —me ordenó mi padre con voz firme—. Asegúrate de que entran bien con tu madre y cerráis todo por dentro. Dani y yo nos encargamos de este desastre aquí. Moveremos a este imbécil y limpiaremos la mierda antes de que la calle empiece a oler mal. En cuanto las dejes a salvo, vuelve aquí con nosotros.
Valeria me miró, con los ojos todavía empañados pero aliviada por la idea de salir de allí. Sabía perfectamente que lo que mi viejo y Dani iban a hacer con Lucas en los próximos minutos no iba a ser agradable, y lo último que necesitaba era que mi mujer y mi hermana presenciaran más violencia.
—Vamos, nena. Caminando rápido —les dije, agarrando a Valeria de la mano y pasando un brazo por encima de los hombros de Rocío para mantenerlas pegadas a mí.
—Papá, ten cuidado, por favor —alcanzó a decir mi hermana, mirando de reojo a mi padre antes de avanzar.
—Tranquila, hija. Vete con tu hermano —respondió él, dándose ya la vuelta para encarar a la rata de mi primo.
Salimos del porche a paso ligero, cruzando los escasos veinte metros que separaban nuestra casa de la de mis padres. La lluvia fina nos golpeaba la cara, pero yo no apartaba la vista de los portales oscuros, vigilando cada esquina y cada coche aparcado. Llegamos a la puerta de mis padres en un suspiro. Empujé la entrada, las metí dentro y, en cuanto crucé el umbral, pasé el cerrojo con doble vuelta, asegurándome de que mi madre estuviera allí para recibirlas.
—Quedaos aquí. Nadie abre a nadie, ¿entendido? —les dije, dándole un último apretón a la mano de Valeria—. Vuelvo en nada.
Sin esperar a que contestaran, me giré y volví a salir a la lluvia. Mi padre y Dani me esperaban junto al coche, con Lucas ya inmovilizado en el asiento trasero. La noche aún no había terminado, y todavía quedaba mucho que solucionar.
Volvimos a la nave en un silencio sepulcral, escoltando el coche de mi padre donde llevábamos a Lucas encajonado en el asiento de atrás, tiritando y con la mirada perdida. Ismael, el tío Sergio y Dani viejo ya estaban allí esperándonos, paseando por el taller como fieras enjauladas. Cuando bajamos a Lucas a rastras y lo tiramos en una silla en mitad de la nave, la familia entera lo rodeó. La tensión acumulada de toda la noche estaba a punto de estallar, pero antes de que Ismael pudiera ponerle la mano encima, el silencio del taller se rompió por un sonido que nos congeló a todos.
El móvil de mi padre empezó a sonar. Un tono estridente que retumbó en las paredes de hormigón.
Mi padre sacó el teléfono del bolsillo del pantalón, miró la pantalla con los ojos entrecerrados y nos hizo una seña con la mano para que nos calláramos por completo. Nadie respiraba. Deslizó el dedo, activó el altavoz y puso el aparato sobre la mesa de madera.
—Habla —soltó mi viejo, con esa voz de piedra que usaba cuando negociaba con lo más peligroso de la ciudad.
—Vaya, por fin das señales de vida —respondió una voz al otro lado de la línea. Era una voz pausada, demasiado tranquila para la gravedad del asunto, lo que la hacía aún más siniestra. El jefe de la banda a la que Lucas había robado—. Supongo que si me coges el teléfono es porque ya tienes a la rata de tu sobrino localizada.
Miré a Lucas de reojo; al escuchar esa voz, se puso a llorar en silencio, apretando los dientes para no hacer ruido. Mi padre ni se inmutó, mantuvo la vista clavada en el móvil.
—La mercancía está intacta y el chaval está con nosotros —mintió mi padre con una frialdad pasmosa, asegurando el terreno antes de saber qué querían—. En mi familia solucionamos las cosas de frente. ¿Cómo vamos a arreglar esto?
—Me alegra ver que eres un hombre razonable —dijo el tipo al otro lado, y se escuchó una calada de cigarrillo a través del auricular—. Tu sobrino se pasó de listo para impresionar a una cualquiera, y eso en mi negocio cuesta caro. No me interesa la sangre si puedo evitarla, pero mi material ha estado fuera de mis manos y mis clientes han esperado. Quiero mi mercancía de vuelta antes del amanecer, completa, y una compensación por las molestias y el tiempo perdido. Si falta un solo gramo, o si intentáis jugar conmigo, la tregua con vuestra familia se termina esta misma noche. Tú decides dónde nos vemos.
Miré a Ismael y al tío Sergio. Todos los hombres de la familia nos tensamos, cruzando miradas cargadas de adrenalina. Estábamos todos juntos en la nave, acorralados contra la pared por culpa de un imbécil, pero con la fuerza suficiente para defender lo nuestro si la reunión se convertía en una emboscada. La suerte estaba echada y la hora de pagar el pato había llegado.