Oro y adrenalina

29 El peso de la corona

Rafael

El peligro inminente y la adrenalina acumulada toda la noche actuaron como un detonante. En lugar de amedrentarme, el miedo de perder lo que más quería transformó la tensión en una necesidad animal y posesiva.
​—Ahora deja eso de lado —le siseé contra los labios, con la voz rota y la respiración desbocada—. Antes de ducharme necesito hacer otra cosa.
​No la dejé ni responder. Le devoré la boca con una furia descontrolada. Le sujete la mandíbula con una mano firme, obligándola a sostener el contacto, mientras con la otra la aferraba por detrás del cuello, pegando su cuerpo contra el mío con una brutalidad nacida del instinto de supervivencia. Quería marcarla, sentir que estaba viva, que era mía y que seguía a salvo en esta habitación.
​—Rafael, para... no es el momento —alcanzó a jadear ella entre mis labios, intentando empujarme levemente el pecho con las manos—. Tu padre te está esperando abajo...
​Pero yo no podía parar. Tenía la sangre hirviendo y el cuerpo me exigía una vía de escape salvaje a tanta presión. Ignoré sus débiles protestas, sabiendo que su cuerpo respondía al mismo pulso acelerado que el mío. La arrastré contra la pared del dormitorio, atrapándola entre el frío del tabique y el calor abrasador de mi cuerpo. Bajé una de mis manos con urgencia por su cadera, apartando la tela de su ropa hasta meter los dedos directamente en sus bragas, encontrándola ya húmeda y encendida por la misma adrenalina que nos consumía a los dos.
​Un gemido ahogado se le escapó de la garganta cuando la toqué con brusquedad, deshaciendo cualquier intento de resistencia. No había espacio para la delicadeza; la noche exigía algo duro, rápido y crudo. Me desabroché el pantalón con torpeza, cegado por el deseo, le subí la falda de un tirón y le abrí las piernas con fuerza, obligándola a rodearme la cintura con ellas.
​La penetré de golpe, con una embestida seca y profunda que nos hizo soltar un gruñido unísono en mitad de la penumbra. Valeria arqueó la espalda, clavándome las uñas en los hombros mientras la pared amortiguaba el impacto de nuestros cuerpos. El ritmo se volvió salvaje, rítmico y violento; cada golpe era una forma de descargar la rabia contra el mundo exterior, contra Lucas, contra la banda y contra el hilo del que pendían nuestras vidas.
​El sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, el roce de la piel y los gemidos ahogados que yo mismo me encargaba de ahogar en su cuello llenaron la estancia a oscuras. La sujeté con fuerza de las nalgas, levantándola por completo para enterrarme en ella con más fuerza, buscando ese límite donde el dolor del placer te hace olvidar que fuera te espera el fango. Ella escondió la cara en mi hombro, mordiéndome la piel para no gritar, entregándose a esa locura frenética que nos arrastraba a los dos.
​Fue un estallido rápido y demoledor. Pocos minutos después, sentí cómo su cuerpo se contraía en un espasmo violento alrededor de mí, y esa misma vibración me empujó al abismo. Solté un juramento entre dientes y me corrí dentro de ella con una última embestida brutal, vaciando toda la rabia de la noche en su interior.
​Nos quedamos así unos segundos, jadeando, con los frentes pegadas y el sudor mezclándose en la oscuridad, oyendo únicamente el latido salvaje de nuestros corazones intentando regresar a la realidad.
Cuando nos separamos, el silencio de la habitación volvió a romperse únicamente por el sonido de nuestras respiraciones, que poco a poco iban recuperando el ritmo. Valeria se dejó resbalar de espaldas contra la pared, mirándome en la penumbra con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Sin decir una palabra, empezó a quitarse la ropa que llevaba puesta; tenía que regresar a casa de mi madre en cuanto yo me marchara, y sabía de sobra que la mirada de Alma o de Rocío desenterraría cualquier rastro de lo que acababa de pasar entre nosotros si no se limpiaba antes.
​Me di la vuelta para enfilar el pasillo hacia el cuarto de baño, con el cuerpo todavía revolucionado por la adrenalina. Sin embargo, justo antes de cruzar el umbral, me detuve y miré hacia atrás.
​Valeria estaba de perfil, completamente desnuda en mitad del dormitorio. Un haz plateado de la luz de la luna se colaba con fuerza entre las rendijas de la persiana, bañando la curva de sus caderas y recortando la silueta de sus pechos, que seguían firmes y erectos por el frío y la excitación contenida. La imagen me golpeó directamente en el estómago.
​—No deberías haber hecho eso... —le dije con la voz rota, clavando los ojos en su cuerpo, sintiendo cómo el deseo volvía a prenderse fuego en un segundo.
​—Rafael, dúchate de una puta vez —me soltó ella, intentando sonar firme, aunque el temblor de su pecho la delataba. No sabía si mi padre habría terminado y el tiempo corría en nuestra contra, pero en ese momento el resto del mundo me importaba una mierda.
​En lugar de entrar al baño, me acerqué a la cama y me senté en el borde, quedando justo a su altura. Agarré a Valeria por las caderas con firmeza y tiré de ella hacia mí, obligándola a dar un paso al frente hasta que quedó de pie, atrapada entre mis muslos, con su vientre pegado casi a mi cara.
​La sujeté por la cintura y me enterré en ella. Empecé a lamerle los pechos, recorriendo la piel suave con lentitud, saboreando el rastro de sudor y atrapando sus pezones entre mis labios para mordisquearlos con suavidad. Me recreé en cada rincón durante un buen rato, ignorando las agujas del reloj, escuchando cómo sus dedos se enredaban con fuerza en mi pelo, empujándome hacia su cuerpo mientras soltaba pequeños jadeos ahogados.
​Sin soltarla, fui bajando la cabeza por su abdomen. Me deslicé entre sus muslos, abriéndole paso con las manos hasta encontrar su intimidad. Valeria seguía de pie, temblando, cuando pasé la lengua de abajo arriba, buscando directamente su clítoris. El contacto húmedo y caliente hizo que se le escapara un gemido que resonó en todo el techo.
​Comencé a lamerla con un ritmo constante, intenso, usando la punta de la lengua para desquiciarla. Ella, desbordada por la sensación de estar suspendida en mitad de la habitación, empezó a mover la pelvis de manera instintiva, restregándose contra mi boca con desesperación, buscando más presión. Ese movimiento salvaje y la forma en que se entregaba me volvieron completamente loco.
​La necesidad me golpeó de nuevo en las entrañas con una fuerza brutal. Sin dejar de lamerla, sin apartar la boca de su sexo ni un solo segundo para mantenerla al límite, bajé una de mis manos hacia mis pantalones, me la agarré y empecé a masturbarme allí mismo con rabia y urgencia. El sonido de su respiración desbocada, el roce de mi mano y el compás de sus caderas moviéndose contra mi rostro aceleraron el desenlace en un estallido insoportable de puro placer y peligro.
​Nos metimos juntos bajo el chorro de agua caliente del baño, dejando que el vapor inundara la estancia y que el agua se llevara de golpe todo el rastro de sudor, la adrenalina y el olor rancio que se nos había quedado pegado al cuerpo. Nos duchamos rápido, casi sin hablar, compartiendo caricias rápidas bajo el agua antes de salir. Me sequé a toda prisa y me puse la muda que me había dejado preparada sobre la cama: los vaqueros negros, la camiseta interior y la sudadera oscura. Valeria hizo lo propio, vistiéndose con ropa limpia para volver con mi madre.
​Salimos de casa en silencio y desandamos el camino bajo la lluvia hacia la casa de mis padres. Al cruzar el umbral, entramos al salón, donde ya se estaban reuniendo todos los hombres de la familia a la hora exacta que habíamos acordado.
​Al mirar a mi alrededor, me percaté de un detalle que me hizo arquear una ceja. Ismael, el tío Sergio, Dani... todos se habían cambiado también, pero lo que de verdad delataba la situación era el ambiente. La tensión salvaje y desquiciada que arrastrábamos en la nave horas antes se había disipado notablemente; las mandíbulas ya no estaban tan apretadas y las miradas eran más serenas. Por lo que vi en sus rostros, no hacían faltas palabras para entender que todos, a su manera, habían pasado un último rato a solas con sus mujeres antes de salir a jugarse el tipo en la calle. El instinto de aferrarse a lo que uno quiere antes de la tormenta era el mismo para todos los de nuestra sangre.
​Mi padre echó un vistazo al reloj de pulsera, asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta. Llegaba la hora de marcharme.
​Me giré hacia Valeria para despedirme. La agarré por la cintura, la pegué a mi cuerpo y la besé con una pasión abrasadora, ignorando por completo que estuviéramos delante del resto. Nos besamos con la fuerza del que no sabe qué se va a encontrar ahí fuera. Al separarme un poco, incliné la cabeza y le siseé directamente al oído en un susurro muy bajo:
​—Cuando vuelva a casa, nena, te voy a follar durísimo. Tenlo por seguro.
​Ella no se achicó. Lejos de amedrentarse, se pegó aún más a mí y, con una mirada cargada de provocación que me encendió la sangre al instante, se inclinó hacia mi oído para responderme en un susurro ardiente:
​—Más te vale venir entero entonces, porque tenía pensado comerte la polla en cuanto cruces la puerta.
​Escuchar sus palabras me tensó el cuerpo por completo, sintiendo una descarga directa de electricidad en las entrañas. La miré a los ojos, conteniendo una sonrisa lobuna en mitad de la gravedad de la noche, y le di un azote seco e intenso en el culo que resonó levemente en el pasillo.
​—Tenlo por seguro —le aseguré con voz firme.
​Me di la vuelta sin mirar atrás, abriendo la puerta principal. Salimos todos los hombres de la familia a la calle, abrigados por la oscuridad de la noche y la ropa negra, listos para subir a los coches y terminar de limpiar de una vez por todas el fango en el que nos habían metido.
​El polígono Guadalhorce a esas horas de la madrugada era un cementerio de naves industriales, silencio y charcos de agua sucia que reflejaban la luz parpadeante de las farolas. Aparcamos los coches en batería frente a una explanada de hormigón abandonada, dejando las luces de posición encendidas para recortar las siluetas en mitad de la negrura.
​Dani e Ismael bajaron a Lucas del asiento trasero. Mi primo apenas podía mantener el equilibrio; el suelo parecía faltarle bajo los pies y el tableteo de sus dientes por el frío y el pánico se escuchaba desde un metro. Tenía las manos esposadas a la espalda con una brida de plástico y los ojos fijos en la oscuridad, esperando ver aparecer los faros de sus verdugos en cualquier momento.
​—Cállate ya, Lucas, que pareces un flan —le siseé, colocándome a su lado con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera negra, manteniendo la vista al frente.
​—Rafael... nos van a matar, tío. Nos van a matar a todos... —gimoteó en un susurro ahogado, arrastrando las palabras.
​—Como vuelvas a abrir la boca antes de que te lo manden, te pego un tiro yo mismo para ahorrarles el trabajo —le soltó el tío Sergio desde atrás, con una frialdad que hizo que mi primo se tragara las lágrimas de golpe.
​A los pocos minutos, dos berlinas negras de alta gama aparecieron al final de la recta. Avanzaron despacio, sin prisa, como si fueran dueños del asfalto, hasta detenerse a unos quince metros de nuestra posición. Los motores diésel se quedaron al ralentí, roncando en la noche, y las luces largas nos cegaron por un instante.
​Se abrieron cuatro puertas simultáneamente. De los coches bajaron varios tipos corpulentos, tipos con chaquetas de cuero y mala cara, pero fue el que iba en el asiento del copiloto del primer vehículo el que tomó la delantera. Era un tipo de mediana edad, con el pelo rapado por los lados y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Se llamaba Cortés, un mando intermedio con demasiadas ínfulas que venía representando a la banda afectada.
​Cortés avanzó unos pasos, escoltado por dos de sus gorilas, que mantenían las manos sospechosamente cerca del interior de sus chaquetas. Venían con la arrogancia del que se cree con el sartén por el mango.
​—Vaya, la gran familia al completo —soltó Cortés, escupiendo al suelo con desprecio y deteniendo la mirada en la bolsa de deporte que Dani tenía a los pies—. Traéis el juguete de la rata y a la rata misma. Supongo que sabéis la que habéis liado metiendo las manos donde no debías. En esta ciudad, nadie le quita nada a los nuestros y se va a dormir tranquilo.
​Cortés dio un paso más, inflando el pecho, intentando marcar terreno y usando la amenaza directa para ver si alguno de nosotros pestañeaba.
​—Esto os va a costar la nave, los coches y una disculpa de rodillas si queréis que el chaval siga respirando mañana. La calle ha cambiado, viejos. Ya no mandáis aquí.
​Fue entonces cuando mi padre dio un paso al frente. No llevaba armas a la vista, no llevaba prisa y ni siquiera se molestó en sacar las manos de los bolsillos de su abrigo oscuro. Avanzó despacio, con esa parsimonia que solo tienen los que ya han visto morir a demasiada gente como para asustarse por unos ladridos en un polígono.
​Cuando la luz de la farola le dio de lleno en la cara, los dos gorilas que escoltaban a Cortés se tensaron visiblemente. Uno de ellos dio medio paso atrás de forma instintiva. No era para menos. En todo el litoral, desde Estepona hasta el último rincón de la Axarquía, el nombre de mi padre se escribía con mayúsculas. Él era el jefe de la zona de Málaga; la vieja escuela que había levantado los cimientos del negocio cuando estos chavales aún no sabían lo que era pisar la calle.
​—Cortés —dijo mi padre. Su voz no se elevó ni un solo decibelio, pero sonó con la contundencia de un martillazo en el pecho—. Te estás equivocando de tono, de sitio y de interlocutor.
​Cortés intentó sostenerle la mirada, pero la mandíbula le tembló un milímetro. La fama de mi viejo le precedía: un hombre de palabra, fiel a sus negocios, pero una auténtica bestia negra si alguien osaba faltarle al respeto o amenazar a los suyos en su propio territorio.
​—Hemos venido aquí por cortesía y por respeto a tus jefes, que son los que de verdad cierran los tratos conmigo —continuó mi padre, dándole un paso más hacia él, obligando a Cortés a recular sutilmente—. Ahí tienes tu mercancía, intacta, gramo por gramo. Y ahí tienes al imbécil de mi sobrino, que se va a pasar los próximos seis meses meando sangre por haber tocado lo que no debía. El error está subsanado.
​Mi padre se detuvo a un metro escaso de Cortés. La diferencia de altura y, sobre todo, de presencia, era abismal. Detrás de mi viejo, Ismael, el tío Sergio, Dani y yo nos abrimos ligeramente en abanico, listos para sacar el hierro al menor movimiento de sus hombres. Si las cosas se ponían feas, los que no iban a salir vivos de ese polígono eran ellos, y Cortés lo sabía de sobra. Había cruzado una línea muy peligrosa al intentar amedrentar al dueño de la plaza.
​—Así que ahora vas a coger esa bolsa, te vas a meter en tu coche y le vas a decir a tu jefe que el asunto con la familia está zanjado —le siseó mi padre, con los ojos fijos, fríos como la escarcha, clavados en los del tipo—. Y si vuelves a pronunciar la palabra "rodillas" o a amenazar a mi sangre en Málaga, te juro por la memoria de mis padres que lo siguiente que vas a negociar va a ser el precio de tu propio entierro. ¿Me has entendido bien, o tengo que llamarle a tu superior para explicarle que su chico no sabe comportarse?
​El silencio que siguió a las palabras de mi padre fue absoluto. A Cortés se le desinfló la chulería de golpe; miró de reojo a sus gorilas, que permanecían completamente inmóviles, sabiendo que si se movían un ápice, los del bando negro los acribillaríamos allí mismo antes de que pudieran parpadear. El peso de la corona de Málaga seguía estando en la misma cabeza, y a nadie le convenía cabrear al viejo.
​Cortés se quedó congelado frente a mi padre, con la boca entreabierta y el orgullo tragado a medias, sopesando si dar un paso en falso o envainársela del todo. La tensión se podía cortar con un cuchillo; Dani mantenía la mano firme cerca de la cintura e Ismael ni pestañeaba. Sabíamos que estábamos a un solo gesto de que aquello se convirtiera en una carnicería.
​En ese instante de máxima presión, el teléfono de Cortés empezó a vibrar con insistencia en el bolsillo de su chaqueta de cuero. El sonido rompió el silencio del polígono. El tipo miró a mi padre, pidiéndole permiso con la mirada de forma casi inconsciente antes de sacar el aparato.
​—Es el jefe —masculló Cortés, con la voz notablemente más aguda que antes.
​Deslizó el dedo por la pantalla y se pegó el auricular a la oreja, dándonos la espalda sutilmente.
​—Sí... Sí, jefe, estamos en el punto —comenzó a explicar, intentando mantener la postura, pero la voz le temblaba—. Vamos a ver... el material está aquí, completo. Sí, a la rata también la tenemos retenida... pero hay un contratiempo. Está el viejo en persona. Sí, él... No se achanta, jefe. Dice que la mercancía se devuelve, pero que de acuerdos o de pedir perdón, nada de nada.
​Escuchamos el murmullo de una voz bronca y distorsionada al otro lado de la línea. Cortés cambió de color, pasándose una mano por el pelo rapado mientras asentía con la cabeza como un resorte.
​—Sí, jefe. Entendido. Ahora mismo.
​Cortés se volvió hacia mi padre, tragando saliva con dificultad, y extendió el brazo con el teléfono en la mano.
​—El jefe quiere hablar contigo. Dice que ponga el manos libres.
​Mi padre ni se inmutó. Hizo un leve gesto con la barbilla para que Cortés activara el altavoz. El tipo pulsó la pantalla y la voz del verdadero líder de la banda retumbó con fuerza en mitad de la explanada del polígono.
​—¿Me escuchas, viejo? —preguntó la voz al otro lado, con un tono pausado, el tono de alguien que manejaba muchos hilos pero que sabía perfectamente con quién se estaba jugando los cuartos.
​—Te escucho perfectamente —respondió mi padre, dando un paso hacia el terminal, manteniendo la misma frialdad implacable en el rostro.
​—Me alegra saber de ti, aunque las circunstancias sean una mierda por culpa de tu sobrino —dijo el jefe de la banda—. Mi chico se ha calentado un poco de más, ya sabes cómo son los chavales con las jerarquías. Pero tenemos un problema: mi mercancía ha estado perdida y mi negocio parado. Creo que nos debes una compensación económica por el retraso si queremos seguir conviviendo en la provincia.
​Mi padre soltó una carcajada seca, carente de cualquier tipo de humor. Una risa que cortó el aire fino de la madrugada y que hizo que Cortés diera otro paso atrás de forma instintiva.
​—Escúchame bien porque solo te lo voy a decir una vez —soltó mi padre, inclinándose levemente hacia el teléfono con una actitud puramente amenazante—. A mí me importa tres cojones los problemas de logística que tengan tus chicos. Te estoy devolviendo el material intacto y te estoy entregando en bandeja al imbécil que te lo quitó para que hagas con él lo que te dé la gana, menos cargártelo. Eso ya es más de lo que cualquier otro hombre en toda Andalucía te habría dado.
​La voz al otro lado de la línea guardó silencio, asimilando el golpe. Mi padre no le dio tregua y continuó, dejando claro de una vez por todas quién mandaba en esa plaza.
​—Si crees que vas a sacar un solo euro de mi bolsillo o que vas a venir a mi ciudad a ponerme condiciones, la llevas clara. Sé perfectamente dónde tienes guardado el resto del almacén en el puerto, sé quiénes son tus contactos en la costa y sé a qué colegios van tus lugartenientes. Si quieres iniciar una guerra por el orgullo herido de un niñato como Cortés, adelante. Empezamos esta misma noche y te garantizo que antes de que salga el sol no te queda ni un negocio en pie en toda la provincia de Málaga. Tú decides si prefieres seguir ganando dinero o empezar a contar bajas.
​La amenaza directa y detallada cayó como una bomba a través del altavoz. El silencio que siguió se prolongó durante flemáticos cinco segundos eternos. Cortés miraba el teléfono con auténtico pánico, dándose cuenta de que la reputación del viejo no era exagerada: si lo cabreaban, las cosas para toda su organización se iban a poner muy feas.
​Finalmente, se escuchó un suspiro hondo al otro lado del hilo telefónico. El jefe de la banda entendió perfectamente con quién estaba hablando y que no tenía las de ganar si decidía tensar la cuerda con el dueño de la zona.
​—Está bien, viejo. No hace falta llegar a eso —respondió el jefe, adoptando un tono mucho más sumiso y conciliador—. Tienes razón, el material está de vuelta y el culpable está ahí. No me interesa romper los acuerdos por un malentendido. Dile a Cortés que coja la bolsa. Estamos en paz.
​—Me alegra que mantengas la cabeza fría —zanjó mi padre con desprecio—. Cortés, coge la mierda de tu jefe y lárgate de mi vista antes de que me arrepienta.
​Cortés no se lo pensó dos veces. Agarró la bolsa de deporte del suelo con una velocidad pasmosa, hizo una seña rápida a sus gorilas y los tres se metieron en los coches a toda prisa. Los motores rugieron en la noche y las berlinas salieron del polígono quemando rueda, dejándonos a solas bajo la lluvia con Lucas, que seguía tiritando en el suelo, sabiendo que el peligro real para él acababa de empezar.
​En cuanto los coches de la otra banda desaparecieron dejando las marcas de las ruedas sobre el asfalto mojado, el silencio volvió a adueñarse de la explanada del polígono. Mi padre se giró despacio hacia donde Lucas seguía de rodillas, mirándolo con una mezcla de lástima y profundo asco.
​—Levántalo —le ordenó mi padre al tío Sergio.
​Entre Ismael y el tío Sergio agarraron a Lucas por los sobacos y lo metieron a rastras en el asiento trasero de uno de los coches. Mi primo ni se resistía; era un despojo humano tiritando de miedo y con los ojos desorbitados. Mi padre se acercó a la ventanilla y miró a los dos hombres de la familia.
​—Llevadlo directo al centro de desintoxicación de las afueras —sentenció el viejo con una voz que no admitía réplica—. Habláis con el director de mi parte y pagáis lo que haga falta por adelantado. No le quitéis el ojo de encima y decidles que no lo dejen salir de allí bajo ningún concepto hasta que no esté completamente limpio. Si intenta escapar, me avisáis. A este chaval lo vamos a enderezar a las buenas o a las malas.
​Ismael asintió, arrancó el motor y salieron del polígono con Lucas rumbo a su encierro. Mi padre se volvió entonces hacia Dani viejo y hacia mí, soltando un suspiro cargado con todo el cansancio de la noche. Miró el reloj de pulsera; la luz del amanecer ya empezaba a clarear tímidamente el horizonte.
​—Bueno, ya está bien por hoy —dijo mi viejo, dándome una palmada seca en el hombro—. Cada uno a su casa, que ya va siendo hora de descansar. Mañana será otro día.
​Se subió a su coche con Dani y se marcharon. Me quedé solo en mitad de la noche, subí a mi vehículo y arranqué. El motor rugió y, mientras salía del polígono Guadalhorce con una sensación de alivio brutal recorriéndome el cuerpo, saqué el móvil del bolsillo. Lo primero que hice fue escribirle a Valeria. Tenía la sangre todavía revolucionada por la adrenalina de la negociación y, sobre todo, por la promesa que nos habíamos hecho antes de salir.
​Rafael: Nena, ya ha terminado todo. Estamos limpios y en paz. Vete yendo para casa que voy para allá ya mismo.
​No pasaron ni dos minutos cuando el teléfono vibró sobre el asiento del copiloto. Al desbloquear la pantalla, se me encendió la entrepierna al instante.
​Valeria: Ya estoy en nuestra habitación. Te espero de rodillas en la cama, tal y como te he dicho antes de que te fueras.
​Sonreí para mis adentros, apretando el volante con más fuerza y pisando un poco más el acelerador. La noche iba a terminar exactamente como yo quería.
​Rafael: No te muevas de esa postura. Como llegue y te hayas levantado, te vas a enterar. Te voy a coger con tantas ganas que vas a acabar llorando.
​Valeria: No me voy a mover, tranquilo. Pero date prisa, porque cuanto más tardes, más cosas te voy a hacer cuando cruces la puerta. Tengo la boca esperándote.
​Rafael: Me estás buscando, Valeria. Te vas a tragar hasta la última gota de la rabia que llevo dentro por lo de esta noche. Déjate las bragas quitadas, que no quiero perder ni un segundo en desvestirte.
​Valeria: Hace rato que están en el suelo. Ven ya y hazme lo que quieras, que soy toda tuya.
​Guardé el móvil de un manotazo con el pulso acelerado y el corazón golpeándome el pecho, esta vez por un motivo completamente distinto al de la banda de Cortés. Crucé la autopista a toda velocidad, deseando que el trayecto se esfumara para encerrarme en mi cuarto con ella y devorarla hasta que saliera el sol.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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