Rafael
El sol ya estaba en lo más alto cuando conseguimos abrir los ojos. El cansancio acumulado nos había dejado completamente noqueados, pero despertar con el cuerpo de Valeria pegado al mío y la certeza de que el asunto de Lucas estaba zanjado hacía que el día se viera de otra manera. Nos levantamos muy tarde, con esa parsimonia que solo te da saber que no tienes ninguna prisa por comerte el mundo.
Mientras Valeria se metía en la cocina, yo me quedé en el porche con el móvil en la mano. Me tocó hacer varias llamadas de negocios para reorganizar los turnos de la nave, confirmar que todo seguía bajo control en el puerto y asegurar que la rutina de la familia volvía a su cauce tras el susto de la madrugada. La normalidad en nuestro mundillo se construía a base de teléfono y mano firme.
A los mandos de los fogones, Valeria preparó un guiso de carne en salsa de los suyos. El olor a cebolla pochada, laurel y carne tierna empezó a inundar toda la casa, abriéndome el apetito de golpe. Cuando por fin colgué la última llamada, la mesa ya estaba puesta.
Nos sentamos a comer en el comedor, disfrutando del silencio y de la comida caliente. Le di el primer bocado a la carne; estaba tan tierna que casi se deshacía en la boca, con la salsa bien trabada, perfecta para mojar pan. La miré al otro lado de la mesa y no pude evitar sonreír.
—Nena, qué manos tienes para la cocina —le dije, limpiándome los labios con la servilleta—. De verdad te lo digo, este guiso resucita a un muerto.
Ella me sonrió, orgullosa, dándole un sorbo a su copa. Fue en ese momento de tranquilidad cuando un pensamiento que llevaba rondándome la cabeza desde el día anterior me vino a la mente. Dejé los cubiertos sobre el plato y la apunté con el tenedor, medio en broma, medio en serio.
—Por cierto, ahora que me acuerdo... No vuelvas a hablar con mi hermana pequeña de chicos, ¿eh? Que la tienes revolucionada.
Valeria arqueó una ceja, divertida, dejando el vaso en la mesa.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?
—Porque está insoportable —bufé, aunque con una media sonrisa—. Ahora cada vez que mi madre o yo le decimos algo sobre las horas de volver o sobre las compañías, salta con el cuento de que no la comprendemos, que somos unos antiguos y que tú sí que la entiendes. Me tiene la cabeza loca.
Valeria soltó una carcajada limpia y se encogió de hombros con total naturalidad.
—Bueno, Rafael, yo solo le dije la verdad. Las chicas de su edad pasan por esas cosas y a veces solo necesitan que alguien las escuche sin juzgar, no que le caiga una bronca de tres pares de cojones cada vez que mira a un chaval.
La palabra "chaval" y la ligereza con la que defendía el tema me tocaron una fibra sensible. La sonrisa se me borró de la cara en un segundo y sentí cómo una punzada de celos, absurda pero inevitable, me recorría el estómago. Dejé el cuerpo hacia atrás en la silla, cruzándome de brazos, clavándole una mirada mucho más intensa y seria.
—¿La verdad? ¿Y qué sabrás tú de lo que pasa esa niña? —solté, con la voz volviéndose repentinamente más ronca—. A ver si es que tú tenías mucha experiencia a su edad. Porque para hablar con tanta soltura de "chicos", digo yo que habrás tenido unos cuantos detrás.
Valeria se me quedó mirando, sorprendida por el cambio de tono, pero enseguida captó la jugada. Una chispa de diversión brilló en sus ojos al darse cuenta de que me acababa de poner celoso por una soberana tontería del pasado, una debilidad que rara vez mostraba pero que, cuando salía, me ponía de un humor de perros.
Valeria dejó reposar los cubiertos en el plato despacio, sin perder esa sonrisita de suficiencia que tanto me desquiciaba y me gustaba a partes iguales. Se inclinó un poco hacia delante sobre la mesa, apoyando la barbilla en la palma de la mano, mirándome con unos ojos cargados de guasa.
—Ay, Rafael... de verdad, qué tonto te pones cuando te sale el instinto de cavernícola —soltó, soltando una risita floja que me encendió la sangre—. ¿De verdad te vas a poner celoso ahora por lo que hacía yo a los dieciséis años? A ver, tampoco te voy a mentir... El instituto era muy divertido y en Málaga los chicos son muy espabilados. Había un par de ellos en mi clase que, oye, insistían bastante. Uno me escribía hasta cartas de amor en los exámenes de historia.
La vena de la frente me dio un latigazo. La sonrisa se me borró por completo y dejé caer los brazos sobre la mesa, inclinándome hacia ella con la mandíbula tan apretada que me crujieron los dientes.
—¿Cartas de amor? ¿Y a ti te hacía gracia el payaso ese, o qué? —le solté, con la voz volviéndose repentinamente ronca y peligrosa—. A mí no me hace ninguna gracia la bromita, Valeria. Mucho arte tienes tú para esquivar el bulto, pero no me has respondido. Que los niñatos te miraran me da igual, lo que quiero saber es a cuántos de esos les diste bola tú antes de que apareciera yo.
Lejos de achantarse al verme morder el anzuelo, Valeria arqueó una ceja, disfrutando como una enana de tener el control de la situación. Se estiró un poco más, rozando con la punta de sus dedos mi mano sobre la mesa, jugueteando de forma descarada.
—Bueno... el de las cartas no estaba nada mal, las cosas como son. Tenía unos ojos verdes monísimos y jugaba en el equipo de fútbol —continuó, mordiéndose el labio inferior con pura picardía para hacerme rabiar—. Y luego estaba el hijo del mecánico del barrio, que tenía una moto y siempre se ofrecía a llevarme a casa para que no fuera andando... ¿Qué pasa? ¿Te vas a liar a puñetazos ahora con los fantasmas de mi pasado, mi amor?
—Como pille al de la moto o al de los ojitos verdes, te aseguro que se les quitan las ganas de escribir y de conducir para el resto de sus vidas —le siseé, agarrándola de la muñeca con firmeza pero sin apretar, clavándole una mirada cargada de posesión—. No me vaciles con esto, nena, que me pongo de una mala hostia que me cuesta controlarme. Me da igual que fuera hace diez años; pensar en otro tío tocándote o mirándote como te miro yo me revuelve las tripas. Habla claro ya.
Valeria soltó una carcajada limpia, encantada de haberme llevado exactamente a donde quería. Se soltó de mi agarre solo para pasar sus dedos por mi barbilla de unos días, dándome un suave tirón.
—Eres un caso perdido, Rafael. Que no hubo nadie importante, pesado, que el único que me tiene loca de verdad eres tú. Pero hay que ver lo guapo que te pones cuando te entran los celos... me dan ganas de seguir inventándome novios solo para verte la cara de mala leche.
Estaba a punto de agarrarla por la cintura para cobrarme el vacile y quitarle la sonrisita de la boca de un bocado cuando, de repente, el teléfono móvil empezó a tronar sobre la mesa. El sonido estridente rompió la burbuja en la que estábamos metidos.
Solté un juramento entre dientes, apartando la mano de su barbilla con desgana, y miré la pantalla. Era Garrido, el abogado principal de la familia, el que nos sacaba de todos los marrones legales. Si llamaba un sábado a estas horas, no era para dar las buenas tardes.
—Dime, Garrido —solté, descolgando el teléfono y volviendo a mi tono seco habitual, mientras Valeria me miraba atenta, perdiendo el aire de broma al notar mi cambio de cara.
—Rafael, tenemos un problema serio —la voz del abogado sonaba tensa, acelerada—. Me acaban de notificar una entrada en los juzgados de guardia de Málaga. Han interpuesto una denuncia penal bastante fea contra ti.
Me levanté de la silla de un golpe, apartando el plato de guiso hacia un lado. La mandíbula se me volvió a tensar, pero esta vez por puro instinto de alerta.
—¿Una denuncia de qué, Garrido? Habla claro —le siseé, empezando a pasear por el comedor.
—Vienen a por todas, Rafael. Los cargos son por agresión con lesiones graves y por un delito de cohecho, por soborno. En la declaración consta detallado que intentaste comprar a la familia entregándoles una cantidad de dinero en mano a cambio de que te cedieran a la chica, como si fuera una transacción legal o una venta. Alegan coacción y un intento de compra de personas mediante fardos de efectivo.
Sentí un viaje de agua fría en la espalda, seguido de una rabia negra que me nubló la vista. ¿Soborno por el dinero que les solté en la cara para que dejaran en paz a Valeria de una puta vez? Menudos malnacidos. Usar el dinero que se habían tragado con avaricia para intentar meterme a mí entre rejas.
—¿Y se puede saber quién cojones ha sido el valiente que ha ido a comisaría a firmar esa milonga? —pregunté, con la voz pastosa de pura ira, aunque en el fondo de mi estómago ya empezaba a sospechar la respuesta.
Al otro lado de la línea, Garrido guardó un segundo de silencio pesado. Escuché el crujido de los folios antes de que volviera a hablar.
—Tus suegros, Rafael. La denuncia la han puesto los padres de Valeria en persona.
—Escúchame bien, Garrido, porque esa denuncia es una puta mentira de arriba abajo —le solté al abogado, apretando el teléfono contra la oreja con tanta fuerza que casi crujía el plástico—. Yo no he comprado a nadie, ni he agredido a nadie en la calle. Lo que pasó de verdad es que fui a esa casa con mi padre a cerrar una deuda que se inventaron solo para intentar que Valeria me dejara.
Al escuchar mis palabras, Valeria se quedó petrificada en la silla. El cubierto le resbaló de los dedos y cayó sobre el plato con un tintineo seco. Se le borró el color de la cara por completo. Me miró con los ojos de par en par, totalmente descolocada; no tenía ni la más remota idea de que mi padre y yo nos habíamos plantado en el salón de sus padres para callarles la boca de aquella manera.
Ignorando su mirada de impacto por un segundo, seguí dándole los detalles a Garrido por el teléfono, con la voz firme y fría:
—Esos sinvergüenzas se sacaron de la manga una supuesta deuda, diciéndole que nos debía hasta el último céntimo de sus estudios, la carrera y lo que había comido en su casa desde que nació, todo con el único objetivo de asfixiarla para que me dejara. Le exigían una millonada para que ella quedara "libre". Así que mi viejo y yo cogimos una bolsa con cada maldito euro que decían que les debía, nos plantamos allí y, delante de ellos, tiré los fajos de billetes sobre la alfombra del salón.
Me detuve un momento, respirando hondo, y continué explicando la verdad de los hechos:
—Y lo de la agresión es otro invento. El padre se puso farruco cuando vio que les pagábamos, intentó ponerse chulo en su propio salón y yo lo único que hice fue darle una advertencia clara, mirándole a los ojos y diciéndole que se olvidara de nosotros para siempre. No le toqué ni un pelo, Garrido. No hubo ni un golpe, ni una mano encima. Me di la vuelta y me fui con mi padre. Ahora, los muy miserables han cogido el dinero, se lo han quedado, y han ido corriendo al juzgado a denunciarme por soborno diciendo que intenté comprar a su hija como si fuera una mercancía. Búscame las pruebas de que ese dinero era por una deuda que ellos mismos reclamaron, y prepárate para ir a por ellos por denuncia falsa. Esto no se va a quedar así.
—Rafael, escucha —la voz de Garrido al otro lado de la línea se volvió mucho más grave, perdiendo ese tono servil habitual—. No es tan fácil como dices. Me han pasado el informe médico que han presentado: el hombre tiene un parte de lesiones que alega una contusión en el pecho y un esguince cervical por una supuesta "proyección contra la pared". Ese papel, aunque sea un invento, es oficial y está firmado por un médico de urgencias.
Sentí cómo se me calentaba la sangre. Aquel tipo se había debido tirar por las escaleras él solo para fabricar pruebas, el muy miserable. Pero lo que dijo a continuación fue peor.
—Y hay otro problema, y de los gordos —añadió Garrido—. Ese dinero que entregasteis... al ser efectivo y sin declarar, es dinero negro. Si entramos en detalles sobre la procedencia de esos billetes y la naturaleza de la "deuda" en un juzgado, nos van a abrir una investigación por blanqueo de capitales antes de que podamos decir esta boca es mía. Si ellos dicen que fue para sobornarles por la chica, y no hay nada legal que justifique esa transferencia, tenemos todas las de perder.
Colgué el teléfono de un golpe y me quedé mirando la pared del comedor, con la mandíbula tan apretada que me dolía. Valeria seguía inmóvil frente a mí, procesando todavía el hecho de que yo hubiera ido a casa de sus padres a soltarles fajos de billetes.
Agarré el móvil de nuevo y, sin perder un segundo, marqué el número de mi padre.
—Papá —dije en cuanto contestó, ignorando los saludos—. Tenemos un marrón legal gordo. Los padres de Valeria han ido al juzgado de guardia. Dicen que agredí al viejo y que intenté comprar a su hija. Garrido dice que el parte de lesiones y el tema del dinero negro nos mete en un callejón sin salida.
Al otro lado de la línea, la voz de mi padre se volvió de hielo.
—Nos vemos en el despacho de Garrido en veinte minutos. Muévete ya —zanjó antes de colgar.
Guardé el teléfono en el bolsillo y me giré hacia Valeria. Estaba pálida, con los ojos de par en par y las manos apoyadas en la mesa, temblando de pura impotencia.
—¿De qué dinero hablas, Rafael? —me soltó, con la voz rota—. ¿Fuiste a ver a mis padres? ¿Qué cojones ha pasado? Explícame algo, por favor.
—Tú te quedas aquí —le ordené en frío, dándole la espalda para coger las llaves del coche de la encimera—. No te muevas de esta casa hasta que yo vuelva.
—¡De eso nada! —gritó, levantándose de la silla de golpe y plantándose delante de mí, bloqueándome el paso—. ¡Estás hablando de mis padres y de una denuncia en la que salgo yo! ¡Me vas a contar ahora mismo qué hiciste en esa casa y por qué dices que me compraste! ¡Tengo derecho a saberlo!
—¡Que te calles, Valeria! —le rugí, perdiendo los papeles por la presión del momento y dándole un puñetazo a la mesa que hizo temblar los platos—. ¡No te voy a explicar una mierda ahora mismo! Esto es un asunto de mi familia y de nuestros abogados. Mis padres y yo nos encargamos de nuestros negocios, y tú no pintas nada en ese despacho. Te quedas aquí dentro y punto.
—¡Vete a la mierda, Rafael! —me chilló ella con los ojos empañados en lágrimas de rabia, empujándome el pecho con las dos manos—. ¡Eres un cavernícola! Me ocultas que vas a extorsionar a mi familia, me tratas como si fuera un mueble que has pagado y ahora pretendes dejarme aquí encerrada como si fuera un perro. ¡No soy una de tus mercancías!
—¡He dicho que te quedas! —le siseé, agarrándola por los brazos para frenarla, clavándole una mirada que echaba chispas—. No voy a dejar que te metas en medio de esto. Tus padres han cruzado una línea muy peligrosa y esto ya no va de ti, va de que quieren hundirme a mí. Quédate en casa si no quieres que las cosas se pongan peor.
La solté de golpe, dejándola temblando de pura frustración en mitad del comedor, me di la vuelta y salí dando un portazo que hizo retumbar los cristales de la casa. Subí al coche con las pulsaciones a mil, dispuesto a quemar el asfalto hasta el despacho de Garrido.