Oro y adrenalina

33 En el banquillo

Rafael

Tres meses. Noventa malditos días desde la noche en que todo saltó por los aires en el recibidor de mi casa. Noventa días desde que Valeria me cruzó la cara y yo decidí que ya no me quedaban más fuerzas para seguir remando contra su desconfianza.
En este tiempo, mi vida se había convertido en un bucle de trabajo en el desguace y silencio. Valeria, tal y como me había ido enterando a regañadientes por Dani, se había independizado gracias a los ahorros de Lucía. Se había alquilado un piso pequeño en el centro. Pero lo que terminó de rematarme —y lo que demostraba que en mi familia estamos todos de la cabeza— fue lo que hizo mi madre. Alma, con ese instinto suyo de proteger a las causas perdidas, decidió que Valeria no podía quedarse desamparada y la contrató en su empresa de confección. Ahora trabajaba de cara al público en la tienda principal de la ciudad, vendiendo los vestidos de mi madre. Un chiste de mal gusto. Sabía perfectamente dónde estaba, pero me había obligado a no pisar esa calle. No había vuelto a verla.
Hasta hoy.
El pasillo de los juzgados de instrucción olía a café de máquina, tabaco rancio y miedo. Iba trajeado, con una corbata que sentía que me asfixiaba y flanqueado por mi padre y por Garrido, que repasaba unos folios con cara de pocos amigos. A unos metros, sentados en un banco de madera, estaban mis suegros. Bueno, mis exsuegros. El viejo mantenía esa postura de víctima digna que tanto asco me daba, y su mujer se secaba unas lágrimas invisibles con un pañuelo de tela.
Y entonces la vi llegar.
Valeria caminaba un paso por detrás de ellos. Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante y un traje de chaqueta sencillo, probablemente de la tienda de mi madre. Estaba más delgada, con unas ojeras tenues que ni el maquillaje lograba tapar. Cuando nuestras miradas se cruzaron en mitad del pasillo, sentí una descarga eléctrica en la boca del estómago. Me sostuvo la mirada solo un segundo antes de apartarla, fría, esquiva. Ya no había fuego entre nosotros. Solo ceniza y un proceso judicial de por medio.
—Rafael, céntrate —me siseó Garrido, dándome un toque en el hombro—. Nos llaman. Al toro.
Entramos a la sala de vistas. El juez, un hombre cincuentón con cara de llevar demasiados años escuchando mentiras, se acomodó las gafas y dio comienzo a la sesión. La acusación particular, el abogado de mis suegros, no tardó en desplegar su veneno. Habló de extorsión, de una familia humilde acosada por "matones de desguace", y de una agresión física respaldada por un parte médico de urgencias de aquella famosa noche. Presentó el asunto como si yo hubiera entrado a su salón a punta de pistola a comprar a su hija.
Cuando me tocó declarar, me senté en el banquillo, apreté los puños debajo de la mesa y miré fijamente al juez.
—Señoría, yo no agredí a nadie —declaré, manteniendo la voz firme, aunque la rabia me quemaba por dentro—. Fuimos a esa casa a terminar con un chantaje. Esos señores se inventaron una deuda de miles de euros, cobrándole a su propia hija cada céntimo de lo que costó criarla, solo para presionarla y alejarla de mí. Les llevé el dinero que pedían en efectivo porque no quería que mi mujer siguiera sufriendo por su culpa. Se lo tiré en la mesa, sí. Pero no toqué a nadie.
El abogado de la acusación se levantó con una sonrisa de suficiencia.
—Muy tierno, señor de la Cruz. ¿Pero cómo justifica usted la procedencia de esa cantidad ingente de dinero negro? ¿Y cómo niega el encuentro violento si mi cliente presentaba contusiones el día siguiente?
Garrido se levantó despacio, ajustándose la chaqueta, con esa tranquilidad que solo tienen los abogados que guardan un as bajo la manga.
—Con la venia, Señoría —intervino Garrido—. Entendemos que el origen del dinero en efectivo es una cuestión que, en todo caso, deberá dirimirse en una inspección de Hacienda posterior, pero no constituye un delito de coacción ni agresión. Sobre todo, cuando los propios demandantes aceptaron el pago de mutuo acuerdo. Y para demostrarlo, aporto el documento del 'recibí' firmado de puño y letra por el señor aquí presente, donde se especifica claramente la liquidación de una 'deuda familiar'. Nadie que está siendo agredido se para a firmar un recibo contable de conformidad, Señoría.
El abogado contrario intentó protestar, pero el juez miró el papel que el ujier le entregó y arqueó las cejas. La firma de mi suegro era inconfundible. Su codicia lo había lapidado.
—Además —continuó Garrido, rematando la jugada—, respecto al supuesto parte de lesiones y la supuesta paliza que el acusado propinó al demandante... solicitamos que se tome declaración a los dos testigos que hemos citado. El dueño y el camarero del restaurante *El Parador*.
Miré de reojo a mi suegro. Se había puesto pálido.
—Aportamos también las grabaciones de seguridad del local de esa misma noche —añadió Garrido, dejando caer los folios sobre el estrado—. Donde se ve al denunciante cenando entre risas, brindando con vino de tres cifras y celebrando con su mujer, apenas dos horas después de la supuesta agresión. No hay ni un rastro de las contusiones que alega el parte médico, el cual, sospechamos, fue falseado al día siguiente. Esto no es una denuncia, Señoría. Esto es una extorsión procesal por pura avaricia.
El juicio quedó visto para sentencia en menos de una hora. El juez no necesitó tomarse días para deliberar; la evidencia de la firma y el vídeo del restaurante eran un insulto a la inteligencia del tribunal. Pidió un receso de diez minutos y volvió a entrar a la sala con el mazo en la mano.
—Procedo a dictar sentencia —declaró el juez, con una voz monótona que hizo que el silencio en la sala se pudiera cortar—. Tras analizar las pruebas documentales y testificales aportadas por la defensa, este tribunal considera plenamente probado que el dinero entregado respondía a una exigencia económica de los demandantes y no a una coacción. Asimismo, las pruebas videográficas desmontan por completo el parte de lesiones presentado, evidenciando una manifiesta falsedad en el testimonio de la acusación.
El juez levantó la vista del papel y clavó una mirada severa en mis suegros.
—Fallo a favor del acusado, Rafael de la Cruz, absolviéndolo de todos los cargos de coacción y agresión. Asimismo, este tribunal decreta la apertura de diligencias de oficio contra los demandantes por un presunto delito de denuncia falsa y estafa procesal. Se levanta la sesión.
*Pum.* El golpe del mazo resonó en mis oídos.
Había ganado. Habíamos tumbado a las víboras. Mi padre me dio una palmada fuerte en la espalda y Garrido empezó a recoger sus papeles con una sonrisa de autosuficiencia. Me giré hacia el fondo de la sala. Mi suegro estaba hundido en la silla, con las manos en la cabeza, mientras su mujer discutía a gritos con su abogado.
Pero a mí me importaban una mierda ellos. Busqué a Valeria.
Estaba de pie, al fondo de la sala, mirando el espectáculo de sus padres con una mezcla de vergüenza y profunda tristeza. Cuando se dio cuenta de que la miraba, se quedó quieta. No se acercó a felicitarnos, ni a pedir perdón, ni a reclamar nada. Dio un paso atrás, se dio la vuelta y salió sola por la puerta de la sala, dejándome libre de la justicia, pero completamente encadenado a su recuerdo.
La noche había caído cerrada y el calor de la playa se mezclaba con el olor a salitre y a alcohol. Estábamos todos en el chiringuito de la cala, el sitio de siempre, celebrando con Dani y la gente de la pandilla que la pesadilla legal había terminado. Había música alta, cubatas rodando por la barra y un ambiente de fiesta que yo necesitaba de verdad para sacudirme los tres meses de tensión y el mal trago del juzgado. Me reía, hablaba con unos y con otros, intentando autoconvencerme de que estaba de puta madre y de que volvía a ser el de antes.
Pero la burbuja se rompió a mitad de la noche.
La vi entrar. Lucía llegó con su grupo de amigas y, caminando un paso por detrás, venía Valeria. El corazón me dio un vuelco salvaje. No me lo esperaba. Supuse que Lucía la habría arrastrado para que se despejara, sin saber que nosotros estaríamos celebrando allí. Valeria se quedó cerca de la entrada de la zona de copas, pidiéndose algo en la barra. Estaba guapísima, con el pelo suelto y ropa de verano, pero mantenía esa distancia rígida, como si supiera que aquel no era su lugar.
Yo me quedé estático en mi mesa, con el vaso en la mano, incapaz de quitarle los ojos de encima. Y fue justo en ese momento cuando apareció la otra.
Era una tía de otra pandilla que andaba por el chiringuito, una de las que siempre buscaban jaleo. Ni corta ni perezosa, se me plantó delante con una sonrisa de suficiencia. Comenzó a bailar pegada a mí, restregándose descaradamente contra mi pecho y subiendo las manos por mis hombros. Se inclinó y empezó a susurrarme cosas al oído con una voz sugerente, intentando provocarme.
Yo me eché a reír, pero no por interés, sino porque me parecía una auténtica descarada.
—Oye, frena un poco, que vas muy rápido —le dije, echando el cuerpo hacia atrás con una sonrisa de medio lado, intentando apartarla con suavidad—. Que no quiero nada, de verdad. Estoy a mis cosas.
—Venga, ya será menos... Un baile no se le niega a nadie, guapo —me soltó ella al oído, volviendo a pegarse a mí y pasándome los dedos por la nuca, buscando llamar la atención de todo el chiringuito.
Por encima del hombro de la chica, busqué la mirada de Valeria. Ella fingía pasar de todo, pero la vi. Siguió bebiendo de su vaso, un trago largo, con la mandíbula tensa y los ojos clavados en la barra para evitar mirarme. Se notaba a leguas que le estaba doliendo la escena, que la rabia y los celos la estaban carcomiendo por dentro, aunque su orgullo no le permitiera montar un número.
Al cabo de unos minutos, la tensión pudo con ellas. Lucía y las demás decidieron que ya era suficiente espectáculo, agarraron a Valeria y se marcharon de la zona de la barra, caminando hacia la arena para ir a sentarse a un tronco grande que había cerca de la orilla de la playa, apartadas del ruido.
Desde mi posición, la veía perfectamente bajo la luz de la luna. Estaba allí sentada, de espaldas al chiringuito, con los hombros caídos. En ese mismo instante, se me quitaron las ganas de reír. Sentí una punzada de asco por mí mismo y por la situación. No quería que esa tía siguiera manoseándome, ni quería utilizar a una cualquiera para darle celos a la mujer que de verdad me importaba, por muy enfadado que estuviera con ella.
Le agarré las manos a la chica de la otra pandilla con firmeza y la aparté de mí de un plumazo, cortando el rollo por lo sano.
—Ya está bien, de verdad. Búscate a otro para bailar —le dije con un tono seco y cortante que no admitía réplica.
Me deshice de ella sin miramientos, dándole la espalda mientras me acababa el cubata de un trago. Me apoyé en la barandilla de madera del chiringuito, clavando los ojos en la silueta de Valeria sentada en aquel tronco junto al mar, maldiciendo internamente la distancia que nosotros mismos habíamos cavado entre los dos.



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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