Rafael
Mi madre no daba puntada sin hilo, y lo de que tuviera a Valeria trabajando en su empresa no era solo por caridad; era una estrategia perfectamente calculada. Esa mañana se plantó en el desguace con un paquete envuelto en papel craft y me lo puso sobre la mesa del despacho con esa mirada suya que no admitía réplicas.
—Llévale esto a Valeria a su piso —me ordenó, cruzándose de brazos.
—¿Estás de coña, mamá? —le solté, apartando el paquete como si quemara—. Sabes de sobra que no nos vemos desde el juicio, y no pinto nada yendo a su casa. Que se lo mande un repartidor.
—No es para tanto, Rafael. Ya ha pasado un tiempo y las cosas se han enfriado —respondió Alma con una tranquilidad pasmosa, restándole importancia al asunto.
Pero yo la conocía demasiado bien. Sabía de sobra cuáles eran sus verdaderas intenciones. Quería forzar el encuentro, mover los hilos para ver si lograba coser lo que nosotros mismos habíamos deshecho a lo bruto. Sin embargo, estaba tan cansado de pelear con ella que, a media tarde, agarré el paquete, subí al coche y conduje de mala hostia hacia la dirección que me había apuntado en un papel.
Era un edificio normal en el centro. Subí las escaleras con el estómago hecho un nudo, maldiciendo a mi madre a cada paso. Cuando llegué a su puerta, respiré hondo y llamé dos veces con los nudillos.
Tardó un par de minutos en abrir. Y cuando lo hizo, sentí que todo el suelo bajo mis pies flaqueaba.
Valeria me miró con los ojos de par en par, completamente congelada en el umbral. Estaba recién duchada; el olor a limpio, a su champú de siempre, me golpeó la cara como un vendaval. Llevaba una toalla blanca enrollada al cuerpo, ajustada por encima del pecho, dejando al descubierto sus hombros húmedos, las piernas desnudas y unas gotas de agua que todavía le resbalaban por el cuello. Tenía el pelo empapado, recogido en un turbante con otra toalla.
La imagen me desarmó por completo. En un segundo, la frialdad que me había autoimpuesto durante estos meses se desmoronó, y el recuerdo nítido de la noche en la playa me encendió la sangre.
—Rafael... —consiguió articular, apretando la toalla contra su pecho, visiblemente nerviosa—. ¿Qué haces aquí?
—Mi madre —aclaré con la voz más ronca de lo normal, levantando el paquete para romper la tensión—. Me ha ordenado que te traiga esto. Ya sabes cómo es, no me ha dejado opción.
Valeria miró el paquete y luego se echó un poco hacia un lado, abriendo más la puerta.
—Pasa... no te quedes en el rellano —dijo en voz baja.
Entré en el piso. El salón era pequeño, ordenado y silencioso. El ambiente era completamente distinto al de nuestra antigua casa, pero la presencia de Valeria lo llenaba todo. Me quedé de pie en mitad de la sala, sintiéndome demasiado grande y fuera de lugar, mientras ella dejaba el paquete sobre la mesa.
—Si quieres toma algo... un agua, un café —me ofreció, intentando sonreír, adoptando un tono extrañamente educado—. Sé que no hemos hablado desde lo del juicio, pero... no sé, me gustaría que estuviéramos bien. Que pudieras tomarte algo aquí como un amigo.
Escuchar esa palabra saliendo de su boca me sentó como una patada en el estómago. Me giré hacia ella, clavándole una mirada intensa que la hizo retroceder un paso.
—Eso no va a pasar, Valeria —le dejé claro, con una voz dura, cortando su intento de cordialidad por lo sano—. No voy a sentarme aquí a tomar un café contigo como si fuereis dos viejos compañeros de instituto. No soy tu amigo, nunca lo he sido y no pienso empezar a serlo ahora. No me sale fingir que no ha pasado nada entre nosotros.
Valeria se quedó quieta, mirándome desde el otro lado de la mesa. El tono amigable desapareció de su rostro, reemplazado por una chispa de la Valeria de siempre, la que no se achantaba. Se cruzó de brazos, asegurando el nudo de la toalla sobre su pecho, y me sostuvo la mirada con firmeza.
—Entonces, si no puedes ser mi amigo y tampoco quieres estar cerca de mí... ¿qué es lo que quieres, Rafael? ¿A qué has venido?
Me quedé mirándola fijamente, sintiendo cómo la tensión acumulada durante todos estos meses se concentraba en el espacio que nos separaba. Sus palabras sobre la amistad y el café me parecieron un mal chiste, especialmente teniéndola delante vestida solo con esa toalla húmeda que dejaba al descubierto demasiada piel.
Di un paso al frente, acortando la distancia entre los dos, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Querer, lo que es querer... quiero follarte como un animal, Valeria —le solté sin filtros, con una voz ronca y directa que hizo que el silencio del salón se volviera asfixiante—. Así que no, no creo que eso sea lo que hacen los amigos.
Ella contuvo el aliento, tensándose al instante mientras el nudo de la toalla subía y bajaba con su respiración acelerada. Se quedó callada un segundo, clavándome una mirada intensa, cargada de rabia y de algo más que intentaba ocultar, pero no dio un solo paso atrás. Al contrario, dio un paso hacia mí, desafiante, apretando las manos contra los costados.
—¿Y te crees que vas a venir a mi casa a decirme eso y voy a caer a tus pies, Rafael? —me espetó con la voz temblorosa, pero llena de orgullo—. Tres meses desaparecido, tratándome como a una extraña en el juicio, ¿y ahora entras aquí exigiendo eso?
—Yo no exijo nada, Valeria. Solo te respondo con la verdad —le repliqué, bajando la vista un segundo hacia la toalla antes de volver a sus ojos—. Fuiste tú la que empezó a hablar de cafés y de ser amigos.
—¡Porque intento ser civilizada! —me chilló, dándome un golpe flojo en el pecho, conteniendo las lágrimas—. Intento seguir con mi vida sin volverme loca. Pero está visto que contigo es imposible. O somos todo o nos destruimos.
—Entonces no me pidas que finja —sentencié, atrapándole la mano que tenía apoyada en mi pecho, sintiendo su piel todavía cálida por la ducha—. Porque los dos sabemos perfectamente que lo de la playa no fue cosa de amigos.
Valeria se quedó pálida en un segundo, como si le hubieran quitado toda la sangre del cuerpo de golpe. Sus ojos se abrieron de par en par y dio un paso atrás, soltándose de mi agarre con un movimiento brusco. La seguridad de la que presumía se le desmoronó por completo en la cara.
Me dio la risa, una risa amarga y corta, mientras negaba con la cabeza.
—Ah, claro... pensabas que se me había olvidado, ¿verdad? —le solté, cruzándome de brazos y disfrutando de su desconcierto—. Pensabas que como iba hasta arriba de alcohol no me iba a acordar de lo que pasó en los matorrales. Pues ya ves que no, Valeria. Me acuerdo de cada maldito segundo.
Ella abrió la boca para intentar defenderse, pero no le salieron las palabras. Estaba atrapada.
—Aquí el único sincero soy yo —continué, dándole un paso al frente y acorralándola otra vez con la mirada—. Tú vienes aquí ofreciéndome amistad, haciéndote la civilizada con tu cafelito, cuando la realidad es que estás deseando que te empotre contra esa pared ahora mismo. ¿O me lo vas a negar?
Valeria tragó saliva, mirando el suelo un instante. Pensé que volvería a gritarme, que me echaría de su piso o que se inventaría otra excusa. Pero de repente, levantó la cabeza y sus ojos cambiaron por completo. Se le pasó el susto y apareció una mirada felina, cargada de una honestidad salvaje que no me esperaba.
—¿Y qué si es verdad? —soltó en un susurro, dando un paso directo hacia mí, rompiendo toda la distancia—. ¿Qué pasa si te digo que tienes razón, Rafael? Que me muero de ganas de que me folles. ¿Vas a hacer algo o solo has venido a hablar?
Se pegó a mi pecho, jugando con el borde de mi chaqueta con un dedo, despacio, mientras me miraba fijamente a los labios. El olor a limpio de su piel me dio de lleno en la cara.
El golpe de efecto me cambió el ritmo cardíaco en un milisegundo. Me puse nervioso. La seguridad que yo tenía hace un momento se fue a la mierda; sentir su cuerpo tan cerca, desafiándome con esa madurez repentina y jugando con mis cables, me encendió por dentro. Se me secó la boca y apreté los puños, intentando mantener el control mientras sentía que el suelo volvía a desaparecer bajo mis botas.