Rafael
Pasaron varios días desde aquella noche de mensajes. Días en los que no pegué ojo, dándole vueltas a la cabeza, cabreado con el mundo y, sobre todo, conmigo mismo. La puta foto del juguete rosa se me había quedado grabada en la retina y me ponía de una mala hostia que no podía ni disimular en el desguace. Tenía la cabeza a mil, debatiéndome entre el orgullo de no dar el brazo a torcer y las ganas enfermas de plantar las botas en su piso y recordarle de quién era.
El viernes por la tarde, justo cuando pensaba tomarme una cerveza y ducharme para mandar el día a la mierda, llamaron a la puerta de mi casa.
Era mi madre.
Entró sin pedir permiso, como hacía siempre, dejando el bolso sobre la mesa del salón y mirándome de arriba abajo con esa expresión suya que parecía leerte los pensamientos. Se cruzó de brazos y me clavó los ojos, directa, sin rodeos de los suyos.
—¿Hasta cuándo vas a seguir así, Rafael? —me soltó a bocajarro.
—¿Así cómo, mamá? —le respondí, intentando sonar desinteresado mientras caminaba hacia la cocina a por una cerveza.
—Haciéndote el duro —dijo, siguiéndome con la mirada—. Pasaron ya varios días desde que te mandé a su piso. Sé perfectamente que os visteis y sé que las cosas siguen igual de tensas. Así que te lo voy a preguntar una sola vez: ¿de verdad quieres perderla o vas a luchar por esa relación de una santa vez?
Me guardé el trago de cerveza en la boca y la miré de reojo, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula.
—No te metas en esto, mamá. Valeria y yo estamos mejor separados, ella misma me ha dicho que ahora es libre —escupí con amargura.
—No me digas gilipolleces —me cortó ella, dando un paso al frente—. Te lo aviso ya, Rafael: Valeria es una chica imponente. Ha aguantado carros y carretas, ha madurado a golpes estos meses y ahora tiene una fuerza que no tenía antes. Está guapísima, tiene su propio sitio y cualquiera que tenga dos dedos de frente estaría más que dispuesto a ocupar ese lugar que tú estás dejando vacío por puro orgullo.
Esas palabras me sentaron como una patada en el estómago. La sola idea de imaginar a otro tío mirando a Valeria, tocándola o entrando en ese piso me revolvió las tripas de una manera salvaje. Sintiéndome acorralado, di un golpe con el botellín en la encimera.
—¡Que te calles, mamá! —le solté, cabreado de verdad, con la voz subida de tono—. ¡Que no tienes ni idea de lo que pasa entre nosotros ni de lo que me ha puesto por teléfono! ¡Nadie va a ocupar ningún lugar!
Pero mi madre ni pestañeó. Estaba acostumbrada a mis salidas de tono y no se iba a achantar ahora. Se me plantó justo delante, con esa superioridad que solo ella sabía tener, dispuesta a seguir hurgando en la herida.
Mi madre se me plantó justo delante, sin inmutarse lo más mínimo por mi grito. Al contrario, me sostuvo la mirada con una frialdad que me obligó a tragarme la rabia. Ella había venido a mi casa con un propósito muy claro, y no iba a marcharse hasta haber hecho exactamente lo que había venido a hacer: ponerme un espejo delante y obligarme a espabilar a base de golpes de realidad.
—Grita todo lo que quieras, Rafael, pero a mí no me vas a asustar —continuó, con esa voz pausada y firme que usaba cuando quería sentenciar algo—. Te crees muy hombre por andar por ahí con esa cara de pocos amigos, pero la realidad es que eres un cobarde. Estás dejando que el orgullo te coma por dentro solo por no reconocer que te mueres de miedo.
—Tú no sabes nada —mascullé, dándole la espalda para apoyarme en la encimera, apretando el botellín de cerveza con tanta fuerza que me dolían los nudillos.
—Lo sé todo —sentenció ella, dándome la vuelta del hombro de un tirón para que la mirara—. Sé que esa chica te quiere como nadie te va a querer en la vida. Y sé que tú estás colgado de ella hasta las trancas. Pero te aviso: el amor propio de una mujer tiene un límite. Valeria ya ha empezado a caminar sola, ya tiene su piso, su trabajo y su vida. Si te crees que se va a quedar sentada en ese sofá esperando a que a ti se te pase la rabieta de turno, vas listo.
Dio un paso atrás, agarró su bolso de la mesa y se caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró una última vez para rematarme.
—El tren está pasando por delante de tu cara, hijo. Así que tú verás si te subes de una puta vez o te quedas en la estación viendo cómo la vida de Valeria avanza con otro que sí tenga los pantalones para hacerla feliz. Luego no vengas a mi casa a lamentarte.
Valeria
El fin de semana con mi compañera de trabajo era exactamente lo que necesitaba para desintoxicar la cabeza. Nos habíamos escapado a una playa bastante conocida, de esas que se llenan hasta arriba de turistas y gente de vacaciones buscando sol y desconexión. Sentada en la arena, con las gafas de sol puestas y el sonido de las olas de fondo, por fin sentía que el aire no me quemaba en los pulmones. Intentaba no mirar el móvil, borrar de mi mente la conversación salvaje con Rafael y la maldita foto del vibrador, y simplemente dejarme llevar.
Estaba tumbada sobre la toalla, sintiendo el calor del sol en la piel, cuando un movimiento entre la multitud de la orilla me llamó la atención. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, un truco del reflejo del sol en el agua, pero enfoqué la vista y me incorporé despacio sobre los codos.
Había alguien caminando por la arena que me resultaba terriblemente familiar.
Me quité las gafas de sol para ver mejor, con el corazón empezando a acelerarse por la pura incredulidad. No podía ser. Pero sí, era él. Mi padre.
Me quedé completamente inmóvil, asombrada de encontrarlo allí, a kilómetros de casa, en una playa turística donde se suponía que no se le había perdido nada. Mi primera reacción fue el miedo de que me hubiera seguido, de que viniera a buscarme para montar otro de sus números o a reprocharme mi nueva vida. Pero en cuanto me fijé bien en su actitud, me di cuenta de que yo era la última persona en la que estaba pensando.
Iba vestido con ropa playera que jamás le había visto, caminando con una soltura y una sonrisa que no recordaba haber presenciado en mi vida. Le seguí con la mirada, conteniendo el aliento, viendo cómo sorteaba las sombrillas de la gente.
Entonces llegó hasta su destino.
Mi padre se detuvo junto a una sombrilla azul donde una mujer espectacular lo esperaba. Era una rubia despampanante, con un cuerpo de infarto y, a ojo, por lo menos veinte años más joven que él. En cuanto él llegó, ella le sonrió con total complicidad, y mi padre, sin ningún tipo de pudor ni vergüenza, se inclinó para darle un beso de lo más cariñoso en los labios antes de sentarse a su lado en la hamaca.
Me quedé flipando. La boca se me abrió sola y sentí un golpe de realidad en todo el cuerpo.
Ahí estaba el hombre que se había pasado meses dándome lecciones de moral, el que me había crucificado por mi relación con Rafael, el que defendía las apariencias y las buenas costumbres de la familia por encima de mi propia felicidad. El rey de la hipocresía tenía una vida oculta con una tía que bien podría ser mi hermana mayor. No podía apartar los ojos de la escena, procesando el asco y la rabia de ver cómo toda la fachada de mi perfecta y recta familia se desmoronaba en un segundo frente a mí, sobre la arena de aquella playa.
El estómago se me revolvió al verlos tan acaramelados. La rabia me quemaba por dentro y la necesidad de desenmascarar toda su hipocresía pudo más que cualquier prudencia. Cuando vi que se levantaban de las hamacas y recogían sus cosas, le di un toque en el brazo a mi compañera.
—Tenemos que seguirlos —le dije con la voz firme, sin apartar los ojos de ellos—. Por favor, acompáñame. Esto no me lo quedo yo sola.
Ella me miró extrañada, pero al ver la seriedad de mi cara, no protestó. Caminamos a una distancia prudencial, camuflándonos entre la gente de la playa. Mi padre y la rubia se desviaron del camino principal y comenzaron a rodear unos acantilados, adentrándose por un sendero estrecho y rocoso. Debían conocer el lugar a la perfección, porque se movían con una soltura increíble por una zona de acceso bastante difícil y escarpado.
Al cabo de unos minutos, llegamos hasta una cala apartada, escondida de las miradas de los turistas por grandes rocas. Nos asomamos con cuidado desde nuestro escondite y me quedé atónita con lo que vi.
Allí estaba él, a plena luz del día, follándose a la rubia contra una de las rocas. Las apariencias, la educación y los valores de los que siempre presumía se habían ido a la mierda. Ella gemía como una oveja, con unos gritos exagerados que resonaban en toda la cala, mientras mi padre la empalaba como una morsa, jadeando y embistiendo de una manera grotesca que me dio un asco infinito.
—Graba esto —le susurré a mi amiga, sacando mi propio móvil.
Encendí la cámara y empecé a filmar la escena mientras salía de mi escondite a paso firme, decidida a interrumpir su numerito. Mi compañera me siguió, apuntando también con el teléfono. Nos paramos a pocos metros de ellos, asegurándome de que el plano captara perfectamente sus caras.
Cuando sintió los pasos y el ruido, mi padre abrió los ojos de golpe. Al verme allí plantada, con el móvil en la mano y una sonrisa de puro desprecio, se quedó paralizado, desinflándose en un segundo. La rubia soltó un chillido y trató de taparse como pudo con su pareo.
—Inmoral de mierda —le solté, con una voz cargada de veneno, disfrutando de ver cómo temblaba de la vergüenza—. Me hacías pensar que Rafael no era suficiente para mí, me diste la espalda y me crucificaste por acostarme con el hombre que quiero, cuando tú eres un puto cerdo que está engañando a su mujer con una cría. ¡Eres un asqueroso!
Mi padre, rojo como un tomate y subiéndose los pantalones a toda prisa con las manos temblorosas, intentó buscar excusas de inmediato.
—Valeria, por favor, baja eso... No es lo que parece —tartamudeó, intentando acercarse a mí con las manos en alto—. Esto... esto es complicado, tu madre y yo ya no estamos bien desde hace tiempo, tú no entiendes las cosas de los adultos. Por favor, borra ese vídeo, no destruyas a la familia por un error.
Al escuchar la palabra «error», la rubia cambió el gesto por completo. Se le pasó el susto del enganchón y se cruzó de brazos, ofendida, tapándose a duras penas con el pareo.
—¡Escúchame una cosa, viejo! ¿Cómo que un error? —chilló ella, con una voz chillona que me taladró los oídos—. ¡De error nada, que bien que me suplicas que venga contigo los fines de semana!
Mi padre, viéndose acorralado entre las dos y perdiendo los papeles por completo, se giró hacia ella con una cara de desesperación absoluta.
—No, no, claro que no, pocholita... —la intentó calmar, poniéndole una mano en el hombro con un tono ridículo que me revolvió las tripas—. Sabes que no lo digo por ti, mi amor. Por supuesto que no eres ningún error.
Escuchar a mi padre, el gran señor respetable, llamar «pocholita» a una tía de mi edad en mitad de una cala mugrienta terminó de desatarme. Solté una carcajada limpia, llena de asco y desprecio, mientras no dejaba de apuntarle con la cámara del móvil.
—Dais una pena increíble los dos —les solté, mirándolos de arriba abajo con toda la superioridad que me daba tener la sartén por el mango—. Tú eres un viejo patético que necesita pagarse una cría para sentirse vivo, y ella una ridícula que se conforma con las migajas de un casado. Hacéis una pareja perfecta de miserables.
Mi padre volvió a mirarme, con los ojos inyectados en pánico puro, dándose cuenta de que sus excusas baratas no iban a servir de nada conmigo.
—Valeria, por lo que más quieras, borra eso... —me suplicó, con la voz rota, dando un paso hacia mí.
—¡Ni se te ocurra dar un paso más! —le frené en seco, levantando el dedo libre—. Escúchame muy bien lo que te voy a decir, porque solo lo voy a decir una vez. A partir de ahora, te vas a olvidar de que existo. Me vas a dejar en paz de una puta vez por todas, no vas a volver a meterte en mi vida, ni a opinar sobre mis decisiones, ni sobre Rafael, ni sobre nada de lo que yo haga. ¿Te queda claro?
Él asintió con la cabeza varias veces, asustado de verdad.
—Sí, sí, lo que quieras, pero borra el vídeo...
—No voy a borrar una mierda —sentencié, guardándome el móvil en el bolsillo del short con una sonrisa triunfal—. Este vídeo se queda conmigo. Y como se te ocurra volver a llamarme, a buscarme o a decir una sola palabra sobre mí a mamá o a quien sea, te juro por Dios que saco este vídeo a relucir y lo ve hasta el último vecino del barrio. Vas a saber lo que es quedarse sin tu preciosa reputación.
Mi padre tragó saliva, completamente hundido y humillado frente a mi compañera de trabajo, que seguía con los ojos de par en par.
—Te lo prometo, Valeria. Te lo prometo —balbuceó, asintiendo desesperado—. No volveré a molestarte. Te dejaré en paz. Te lo juro.
—Me alegro de que nos hayamos entendido —dije, dándome la vuelta sin esperar un segundo más—. Vámonos de aquí, esto huela a podrido.
Caminé de vuelta por el sendero rocoso con la cabeza bien alta y una sensación de liberación que me ensanchaba el pecho. El chantaje de mi padre se había acabado para siempre; por fin era verdaderamente libre.