Rafael
El lunes en el desguace arrancó como cualquier otro, pero yo llevaba una tormenta dentro que no me aguantaba ni solo. Tenía las palabras de mi madre grabadas a fuego en la cabeza y la puta foto del vibrador dando vueltas en bucle. Estaba bajo el capó de un coche destrozado, con las manos llenas de grasa y la llave inglesa apretada con demasiada fuerza, intentando canalizar la mala hostia a base de trabajo bruto.
Dani estaba a unos metros, limpiando unas piezas en la mesa de trabajo, hablando de sus cosas con ese tono relajado que a mí ese día me ponía de los nervios. De repente, soltó el bombazo como quien habla del tiempo.
—Pues eso, que Lucía ha quedado hoy para comer con Valeria —comentó sin darle la más mínima importancia, dándole un trago a un botellín de agua—. Como ya ha llegado de su viaje, querían ponerse al día.
Me quedé congelado bajo el capó. Sentí un latigazo directo en el estómago que me obligó a incorporarme de golpe, dándome un viaje en la cabeza contra la chapa que ni sentí. Dejé caer la llave inglesa sobre el motor con un estruendo metálico que hizo que Dani diera un respingo.
Me puse en alerta máxima, con las pulsaciones disparadas en un milisegundo.
—¿Qué puto viaje, Dani? —le solté, dándome la vuelta y clavándole una mirada que lo dejó pálido.
Él se me quedó mirando, extrañado por mi reacción, y se encogió de hombros con total inocencia, avivando el fuego sin darse cuenta.
—Coño, Rafael, no te pongas así. El viaje de este fin de semana. Por lo visto se ha ido con alguien por ahí de vacaciones a la playa... No sé más.
Esas palabras terminaron por enfurecerme del todo. Sentí una oleada de calor salvaje que me subió por el cuello hasta cegarme los ojos de pura rabia. «Con alguien». Mi mente voló directa al mensaje de la libertad, a mi madre diciéndome que cualquiera ocuparía mi lugar, y a la idea de Valeria en una playa con otro tío, tocándola, haciéndole lo mismo que yo le había hecho en esa mesa hacía unos días. Se me nubló la vista.
—¡Me cago en la puta! —bramé, pegándole una patada a una rueda que había suelta por el suelo, haciéndola rodar por todo el taller.
—¡Eh, relaja, tío! ¿Qué te pasa? —gritó Dani, dando un paso atrás.
No le contesté. Me limpié la grasa de las manos de mala manera con un trapo sucio, saqué el móvil del bolsillo de la cazadora y busqué su número con el dedo tembloroso por la adrenalina. No iba a esperar. No iba a gestionar una mierda con calma.
Le di a llamar y me pegué el teléfono a la oreja mientras caminaba hacia la zona de los contenedores para tener algo de intimidad, aunque mis gritos se iban a escuchar en todo el polígono. En cuanto escuché el pitido de conexión y su voz al otro lado diciendo un tímido «¿Sí?», salté como un resorte y le dije de todo.
—¿Se puede saber con quién coño te has ido este fin de semana a la playa, Valeria? —le grité, con la voz rota por la furia, sin dejarla ni respirar—. ¿Esa era tu puta libertad? ¿Irte a zorrear con el primero que pasa para restregármelo? ¡Eres una mentirosa de mierda! ¡Tanto jueguecito con el puto aparato y resulta que ya tenías a un imbécil esperándote para irte de vacaciones! ¡Dímelo a la cara, dime quién coño es!
El pitido de la llamada cortada me pitó en el oído, dejándome con la palabra en la boca y la rabia quemándome la garganta. Volví a marcar como un puto loco. Una, dos, tres veces. Nada. Al cuarto intento ya me desviaba directamente al buzón de voz. Me había apagado el teléfono o me había bloqueado.
Le pegué un puñetazo a uno de los contenedores de chatarra que hizo temblar todo el patio del desguace. Dani ni se asomó; sabía perfectamente que si se cruzaba en mi camino en ese momento, cobraba él también.
Pasé el resto de la jornada laboral que ni me acuerdo de lo que hice. Monté piezas al revés, salté a la mínima con los clientes y la cabeza me iba a tres mil revoluciones por minuto. La puta imagen de Valeria en biquini, riéndose con un tío en la arena, me estaba destrozando el cerebro por dentro.
Esa misma tarde, en cuanto el reloj marcó la hora de acabar el turno, tiré los guantes contra la mesa de trabajo, agarré las llaves de la moto y salí pitando. Fui a mi casa, me metí en la ducha para quitarme la grasa del cuerpo —aunque la mierda que tenía en la cabeza no se quitaba con agua—, me cambié de ropa a toda prisa y salí directo hacia su piso. No iba a dejar que se saliera con la suya. Me iba a escuchar sí o sí.
Aparqué la moto de mala manera sobre la acera, subí los escalones del portal de dos en dos y me planté ante su puerta. No llamé al timbre con educación; le metí tres puñetazos secos a la madera que debieron retumbar en todo el edificio.
—¡Valeria! ¡Abre! —bramé, pegando la frente a la puerta.
Escuché unos pasos vacilantes al otro lado. La cerradura giró despacio y la puerta se abrió apenas unos centímetros, dejando ver su rostro, que pasó de la sorpresa a una frialdad absoluta en un segundo. No llevaba la toalla de la otra vez; vestía ropa de calle, pero seguía estando jodidamente imponente, lo que me encendió todavía más.
No la dejé ni hablar, ni reaccionar, ni intentar cerrarme el paso. Empujé la puerta con el hombro, colándome en su pasillo como un auténtico vendaval, y me planté a un palmo de ella, chillándole con los ojos inyectados en sangre:
—¡Que me digas quién es! —le grité, que el eco de mi voz debió hacer temblar las paredes del salón—. ¡Dime ahora mismo el nombre del puto imbécil con el que te has largado el fin de semana! ¡Dímelo a la cara, Valeria!
Valeria ni se inmutó. No dio un paso atrás ni le tembló la mirada ante mis gritos. Se cruzó de brazos, me sostuvo los ojos con una calma que me pareció una bofetada y me respondió con una voz fría y tajante que me congeló la sangre.
—Yo no te debo ninguna explicación, Rafael. Así que baja la voz y déjame en paz de una puta vez —me soltó, clavándome cada palabra—. Este juego de ahora sí y ahora no, no puede seguir. Yo ya no voy a entrar en tu bucle. Si quieres, seremos amigos, y si ves que no eres capaz de soportarlo, pues intentaremos no volver a vernos más en la vida. Pero tus escenas de celos te las guardas.
Me quedé mirándola, sintiendo que la cabeza me iba a estallar. La sola mención de que no volviéramos a vernos, sumada a la idea del viaje, me terminó de volver loco.
—¿Amigos? Tú estás flipando si te crees que yo voy a aceptar esa mierda —le rugí, dándole un paso al frente y apretando los puños, ciego de rabia—. Te lo digo en serio, Valeria: voy a matar a quien fuera. Como me entere de quién es el tío con el que te has largado, le reviento la cabeza. No me busques.
Valeria arqueó una ceja, mirándome de arriba abajo con una mezcla de lástima y diversión que me descolocó por completo. No había rastro de miedo en su cara.
—Ah, ¿sí? —preguntó, con un tono peligrosamente tranquilo—. ¿Vas a matar a mi compañera de trabajo, Rafael?
Me quedé de piedra. Las palabras se me atascaron en la garganta y la rabia que me nublaba la vista se disipó de golpe, dejándome con una cara de gilipollas que no pude disimular. El asombro me golpeó con tanta fuerza que di un paso atrás, mirándola sin entender absolutamente nada.
—¿Qué...? ¿Cómo que tu compañera de trabajo? —balbuceé, con el cable de los celos cruzado y la guardia completamente baja.